La afirmación según la cual Colombia ha implementado un modelo neoliberal, habiendo sucedido lo mismo que en Chile, y que en consecuencia debemos esperar la elección de un gobierno similar, puede servir como argumento a pocos meses de la elección, pero no pasa de ser una tautología que, en política, en las sociedades y en el mundo real, no funciona ni tiene antecedentes.
El neoliberalismo, un modelo que pusieron de moda el consenso de Washington y el economista Milton Friedman, caracterizado por la preeminencia del mercado, absolutamente en la asignación de recursos de la sociedad, fue aplicado sin reparos en el Chile de Pinochet. En Colombia, a diferencia de Chile, salvo el proceso de apertura económica, una consecuencia de la ampliación del sistema económico, pero también del progreso tecnológico, es que no se debe hablar de gobiernos sino de políticas de libre mercado, siempre bajo la orientación y la preeminencia del Estado como establece la constitución actual y como lo hizo la de 1886. El termino se utiliza peyorativa y políticamente como estereotipo del “establecimiento”, que lo utilizaría para mantenerse en el poder.
Por su parte la apertura económica, que fue una manera de ajustar la legislación y normas del país a la globalización, no ha sido nunca una decisión optativa, a menos que como Maduro, o los progresistas emperadores de la dinastía Kim, decidiéramos vivir en autarquía y jugar a los Robinson Crusoe, para que la gente muriera -literalmente- de hambre, se fuera del país, como ocurre en Venezuela o se quedara bajo amenaza de muerte, como sucede en Corea del Norte. Ningún país o gobierno estaba, ni está, en condiciones de decretar o prohibir la globalización, la mundialización de la estructura productiva y de comercio, la internacionalización del capital ni la integración de los mercados. Para cualquier gobierno es imposible detener la extensión de la división del trabajo -la globalización- como en su momento lo fue intentar frenar la revolución industrial.
El concepto de mercado abierto hace referencia a la manera como el mercado se ajusta de manera autónoma, mediante oferta y demanda, y cómo una mano invisible orienta los recursos de la sociedad. Pero ni siquiera Adam Smith o David Ricardo, los precursores de la economía moderna y el liberalismo clásico, consideraron que el mercado por sí mismo solucionaría los problemas de la sociedad. Siendo la ganancia individual el catalizador, alguien debe ocuparse de los bienes públicos, los que por sí mismos no generan utilidades. Precisamente Ricardo destacó dos excepciones que siguen aplicando: la protección de la industria incipiente y la seguridad y defensa de las naciones. Cualquiera de esos dos supuestos en los estados liberales explicaría la conducta de los diferentes gobiernos de Colombia desde el siglo XX, a diferencia del Chile de Pinochet.
Con frecuencia escuchamos decir que los gobiernos en Colombia han sido “neoliberales” y su alternativa natural, en el extremo, debería ser un gobierno que haga lo contrario o no califique en sus supuestas características, mientras el que podría llegar y se trata de promover es diferente. En ese concepto cabe lo que cada uno imagina, por lo general una manera de denostar de las ideas de gobierno diferentes a la “suya”. Para muchos representa la antípoda de lo que cada uno desearía, logrando el calificativo una identidad compartida para expresar antipatías comunes. La negación de un “algo” conocido por todos cuya sola enunciación confirma una verdad sabida. En torno a él se justifican posturas, preferencias o vetos.
Una mirada superficial al desempeño real de los gobiernos desmonta fácilmente ese mito.
Los modelos colombianos de salud y educación, resultado de medidas asumidas en diferentes gobiernos, son, con sus inmensos problemas, una evidencia de ello. En Colombia, como destaca el editorial de El Espectador del pasado miércoles: “El sistema de salud, justamente criticado por escándalos de corrupción y de falta de financiación, logró enfrentar la crisis con valentía, resiliencia y conservando principios básicos necesarios, como el bajo coste en todos los tratamientos”. Del mismo modo es injusto, y también es mentira, seguir hablando de neoliberalismo en educación, precisamente, en el año de la matrícula cero, para no hablar de la inmensa intervención que el gobierno “neoliberal” de Duque debió realizar para mantener a flote la economía y los empleos al hacer, exactamente, lo contrario de la receta neoliberal.
Podemos estar en desacuerdo con los gobiernos reales que ha tenido Colombia o pretender que votemos por los candidatos de nuestra particular predilección, pero no es correcto calificarlos como “neoliberales” para inducir que uno alternativo, este sí “salvador”, original y diferente de todos, tenga la oportunidad de gobernar. Para ello no hay que suponer que Colombia es como Chile, o que seguirá obligatoriamente su camino, porqué allí son anticipatorios o muy inteligentes, como intentó explicar algún despistado columnista. Solamente se requiere ganar las elecciones, ojalá sin mentir. Cualquiera pensaría que de la misma manera podrían gobernar.