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Desde que se instauró el régimen Petro - Benedetti (el de los 15.000 millones) el gobierno ha detenido su caída libre con el cuento de la consulta. El globo pone a los ciudadanos a mirar hacia el cielo mientras en tierra la corrupción, la violencia y la ineficiencia campean. Se trata de tapar que Petro dilapidó su oportunidad y que desde que llegó anda buscando la forma de perpetuarse “hasta que el pueblo” se lo permita, como los regímenes de Nicaragua, Cuba y Venezuela. Ahora cree que la consulta se lo facilitará.
Los ciudadanos pueden preguntar a los millones de venezolanos exiliados en Colombia con cuantos cuentos como ese la dictadura ha maniobrado para quedarse -reemplazando un cuento por otro- más de dos décadas. Por cierto, en 2010 esa dictadura también mancilló -al sacarla a pasear con el pretexto de otra mentira- otra copia de la espada de Bolívar.
Siendo un pésimo presidente, Petro es un hábil político respaldado por costosos asesores de talla mundial como el catalán Vendrell. La consulta no se ocupa del bienestar de los colombianos sino de una minoría a la que saben manipular. Una vez más trata de cambiar la agenda pública: tiene al país hablando de la consulta en lugar de su incapacidad manifiesta; de la corrupción asociada a sus más altos funcionarios y familiares cercanos; del desastre de la salud ocasionado por su desgobierno o del fracaso de su “Paz Total”.
Los ataques del presidente a las cortes, al Congreso, a la Organización electoral y a todo el que se atraviese son una estrategia deliberada para poner al país a hablar de ello y ocultar lo que ocurre en su nefasto gobierno. Desde su llegada, venía buscando la oportunidad que la consulta le dio. Primero fueron los supuestos golpes en su contra. Luego, la mentira de reformar una Constitución que entonces no le servía y ahora invoca. Ahora, cuando su gobierno se termina, el trompo de poner, supuestamente, es el Congreso. ¿Será cierto? La exconsejera presidencial, el exdirector de la UNGRD y otros altos funcionarios han presentado y se encuentran presentando pruebas sobre la utilización de recursos públicos para “comprar” congresistas.
La consulta, en sí, es una nueva edición de la fábula de la zanahoria y el burro. Nos preguntan si preferimos ser ricos que pobres. Luego del supuesto sí nos pondrían a reelegir a Petro -o al que diga- para hacer realidad lo que votamos porque con la legislación actual no es posible. Así ocurrió en Venezuela. Electores incautos o interesados -el núcleo de esta propuesta- pueden tardar siglos en reconocer que en la mayoría de los casos no depende ni siquiera de circunstancias sobre las que un país pueda decidir en autarquía. Cada pregunta tiene la intención de movilizar y engañar a una parte del electorado para tratar de reemplazar los sectores de centro que lo acompañaron el 2022 y huyeron espantados.
Pero la propuesta de consulta -contrario a lo que piensan Benedetti y Petro- no es un argumento suficiente para engañar a una mayoría de colombianos y sería fácilmente derrotada si la ciudadanía dispone de información suficiente y garantías como ha reclamado la MOE. Menos de 1,5 millones de trabajadores sindicalizados no tragan entero y no representan a todos los colombianos. Los efectos de su aprobación son más dañinos que beneficiosos y ello es fácilmente demostrable si existe espacio para el debate.
Por eso el Congreso -si es en realidad todavía independiente- debe aprobar tanto la ley presentada por los Liberales como la consulta de manera expedita. Ahora mismo. Es lo que conviene en democracia. No es difícil deshacer una mentira tan evidente en 90 días. Luego de ello el régimen inventará otra narrativa, pero eso será otra historia.
