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No hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, dice un conocido refrán. Debido a la alternancia, al gobierno saliente le llegó la hora de rendir cuentas y al entrante de sustituir los actos de campaña por actos de gobierno. El concepto de alternancia adquiere mayor importancia si consideramos que una buena parte de electores votaron por un cambio de gobierno, independientemente de la campaña o el candidato que lo personificara. En ausencia de partidos sólidos, De La Espriella aglutinó a los sectores de centro-derecha en una coalición tácita que, finalmente, ganó las elecciones.
Pese al esfuerzo del gobierno saliente y su evidente repunte luego del regreso del ministro Benedetti, con medidas como el decretazo del salario mínimo y un notable esfuerzo publicitario, el desgaste y los permanentes escándalos de corrupción le pasaron factura. No fue necesaria una campaña electoral tan resplandeciente para que el presidente De la Espriella superara los votos obtenidos en 2022 por Rodolfo Hernández. El presidente electo debe decantar y aterrizar su victoria. No puede mantenerse en campaña para siempre. Ahora le corresponde gobernar.
Desde esa perspectiva, muchos de sus electores han registrado satisfactoriamente la preeminencia de criterios técnicos sobre los puramente ideológicos o políticos en la selección del nuevo equipo de gobierno. Su composición variopinta no permite calificarlo como de “derechas” pudiéndose reconocer, en la mayoría de los casos, su experticia y conocimiento del entorno político. Luego de un choque de narrativas los últimos cuatro años –y no necesariamente de izquierda vs. derecha– caracterizado por la utilización y manipulación de estereotipos, emociones, sentimientos y estrategias electorales, comenzamos de nuevo a transitar los terrenos del verdadero “qué hacer”. La campaña ganadora mostró sus capacidades para convencer a una mayoría. Ahora le corresponde desde el gobierno demostrar sus capacidades para resolver problemas y cumplir sus compromisos.
Ha estado muy novelada y hasta aburridora la discusión sobre selección del lugar de posesión del nuevo presidente. Coincide con su estrategia de empalmes territoriales, una respuesta al estado de dejación que caracterizó la relación del gobierno saliente con las regiones. Desde esta columna cuestionamos permanentemente no solo su aislamiento con quienes no pensaban como él, sino su divorcio con la realidad y el cumplimiento de objetivos mensurables que trascendieran una supuesta identidad ideológica. La estrategia De la Espriella también corresponde con la necesidad de anticipar la ley de competencias que debe determinar las responsabilidades de municipios y departamentos, haciendo realidad una nueva forma de relación con el Congreso y gobierno nacional. Desde ese punto de vista, se encuentra todo por explorar y construir.
Consignas como la “patria milagro” o la personificación del “Tigre” cumplieron en campaña su cometido. Pero las narrativas encuentran límites. El nuevo gobierno, tan pronto como en el próximo diciembre, tendrá una primera rendición “natural” de cuentas al terminar el año. ¿Cómo irá entonces la recuperación de las Finanzas Públicas? ¿Habrán mejorado o empeorado los indicadores de inseguridad? ¿Los sectores económicos de capa caída habrán recuperado sus niveles de crecimiento? ¿Cuántos nuevos empleos habrá creado la economía? ¿Habremos podido poner en cintura a la inflación? ¿Cuáles serán los resultados de la anunciada lucha contra la corrupción? ¿Cómo le habrá ido con el trámite de proyectos en el congreso y procesos como la elección del nuevo contralor?
El gobierno saliente enfrenta el juicio de sus “resultados” mientras el nuevo debe empezar a producir los suyos. Del dicho al hecho existe un trecho. Los gobiernos son evaluados, más que por sus consignas, por sus logros. El examen de las urnas es sustituido por el de los hechos. Veremos.
@herejesyluis
