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El clima nos cambia

Luis Carvajal Basto

07 de noviembre de 2021 - 11:00 p. m.

La COP 26 —la cumbre sobre cambio climático en Escocia— ha sido un notable ejercicio de gobernanza mundial. De acuerdo con expertos, sin embargo, sus resultados no resuelven las metas fijadas en el acuerdo de París, revelándose insuficientes para garantizar unos mínimos para la supervivencia del planeta. Se trata de decisiones políticas en un periodo en el que la política mundial no cuenta con instrumentos para hacerlas efectivas, y en el que las agendas política y climática se enfrentan, cerrando el paso a transformaciones institucionales.

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El mundo ingresa en un periodo crítico, en cuanto a que “los efectos físicos del cambio climático se intensificarán durante las próximas dos décadas”, de acuerdo con el pronóstico del Concejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, haciendo presumir un aumento de temperatura que afectará mucho más a los países en desarrollo. Mientras, la respuesta institucional es débil y fragmentaría, en ausencia de decisiones globales de carácter terminante. Si no logramos que la tendencia cambie asumiendo medidas efectivas, en lugar de promesas y discursos, además del desastre, tendremos cambios políticos e institucionales de gran alcance.

En el mundo real, la señal enviada por Rusia y China, al no asistir de manera presencial, expresa, cuando menos, sus diferencias. Ello en el contexto en el que los Estados Unidos de Biden retornaron al acuerdo, revelando un planeta aún dividido para afrontar una exigencia global. ¿Cómo implementar decisiones armónicas, consensuadas y uniformes? Las políticas globales pasan por la política interna de los países. El presidente Biden, entusiasta del acuerdo, por ejemplo, afronta problemas de gobernabilidad en su país que no garantizan, más allá del final de su mandato, continuidad en sus decisiones.

¿Cuál es la magnitud del problema y quiénes los principales actores? Se trata de reducir las emisiones de dióxido de carbono, que son 36 gigatoneladas anuales, de las cuales China produce el 30%, Estados Unidos el 14%, y la Unión Europea, e India, cerca del 3% cada uno. Colombia produce un 0,5% del total. Relacionados con las emisiones se encuentran las actuales infraestructuras económicas y millones de empleos en cada país. Todos, sin embrago, conforman y son parte importante de las actuales condiciones de una economía y un comercio mundial que son interdependientes. Si tocas aquí se afecta allá, pero no todos se encuentran dispuestos a poner su parte. ¿Alguien tiene la autoridad para obligarles a acatar la evidencia científica en un mundo carente de liderazgo?

La estrategia de utilizar recursos y políticas públicas por parte de los gobiernos, premiar y penalizar para promover el cambio a energías renovables, se ha revelado eficiente, como en el caso de la industria automotriz y Tesla. Avances tecnológicos que reduzcan los costos de producción de energías alternativas son hoy por hoy, nuestra mayor esperanza.

Colombia, cuya principal fuente de divisas son los combustibles fósiles, no es un gran contaminante, pero tiene mucho para perder si el fenómeno no se detiene. Puede profundizar la amenaza a su biodiversidad, que es una de las más generosas del planeta, así como su seguridad alimentaria y la misma vida de sus habitantes. No es un problema de “otros”. La inclusión de los Objetivos de Desarrollo Sostenible promulgados por la ONU en los planes de desarrollo constituye un buen comienzo, pero todo dependerá de su cumplimiento. Lo mismo ocurre con el proyecto de ley de acción climática aprobado en primer debate en el Congreso hace pocos días. Nuestros proyectos de energías renovables, por su parte, están por ocurrir.

Las decisiones políticas de los gobiernos, hasta ahora, dejan la impresión de intentar ganar tiempo hasta terminar y/o aprovechar al extremo los inventarios de combustibles fósiles. Las presiones de países y sectores interesados son reales. También lo son las movilizaciones cada vez mayores de la ciudadanía dentro de las democracias más poderosas del planeta, que pueden cambiar el curso de la política interna allí, constituyéndose, seguramente, en el argumento que decidirá la postura estratégica de los gobiernos. Por supuesto ello no ocurrirá en el corto o mediano plazo en Rusia y China, pues están en manos de regímenes autoritarios.

La postura y la credibilidad de los dirigentes públicos estarán condicionadas en los próximos años por su actitud y resultados frente al tema, resolviendo diferencias de intereses e incorporando demandas crecientes de la población y acciones a las decisiones de gobierno. No es difícil anticipar profundos cambios.

@herejesyluis

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