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El congreso que llega

Luis Carvajal Basto

14 de marzo de 2022 - 12:00 a. m.

Los congresistas electos deben comprender que la institución a la que pertenecen representa no solo a un partido o movimiento, o a sus propios intereses personales, sino a todos los colombianos y a la misma Constitución. El nuevo congreso tiene la posibilidad de seguir haciendo lo mismo que los anteriores, y continuar desdibujándose como oficio e institución, o esforzarse para recuperar su prestigio y credibilidad.

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El país que encuentra este nuevo congreso no es la Colombia ideal, si alguna vez existió o existirá. Además del desgaste institucional que ha supuesto lidiar con el narcotráfico, la corrupción, el conflicto y la polarización por décadas, el desastre ocasionado por la pandemia es de enorme magnitud y no depende solo de las diferentes maneras de ver la política o del presidente que resulte elegido, quien deberá afrontar sus consecuencias. Existe y debe saldarse, comenzando por la manera como ha golpeado a los sectores más pobres y la clase media. La realidad de pobreza, desempleo e impacto en las finanzas públicas no se solucionará con discursos, acuerdos o, incluso leyes, pero el congreso será un actor decisivo en la recuperación.

Luego de tantas reformas fracasadas ¿Es necesario ajustar las reglas de la política? La explosión social de 2021 tiene todas las respuestas. Sectores muy importantes no se sienten incluidos pese a que la Constitución establece participación e inclusión como principios. Los políticos -necesarios intermediarios en democracia-, periodo tras periodo de gobierno, han aplazado los cambios de fondo por inercia y para no perder sus privilegios e intereses. Cambian de ropaje y de partido, pero no sus costumbres que, cada vez, empeoran. Como consecuencia, a pesar de una participación electoral sostenida en torno al 50%, las encuestas registran una opinión desfavorable del 75% al 80%, la imagen más negativa entre todas las instituciones. Una manera de traducir el mensaje es que el país – las mayorías- les eligen, pero no confían en ellos y les asocian con corrupción. Paulatinamente se ha venido deteriorando el sistema político.

Las diferencias astronómicas entre el salario de los congresistas y el mínimo no ayudan, aunque el problema en el fondo se refiera al encarecimiento de la actividad política. La circunscripción nacional ha propiciado ese fenómeno que, se ha probado, se ha pagado con recursos de contratos públicos en muchos casos dando lugar a una modalidad de carrusel que los ciudadanos identifican plenamente. Su asociación con la política regional corrompió y truncó la descentralización. Estas lamentables formas de hacer política la han desacreditado y encarecido hasta un nivel que solo puede pagarse con la misma corrupción, reproduciéndola.

Además de su propia reforma, el nuevo congreso tiene la enorme responsabilidad de emprender indispensables ajustes en las áreas de salud, laboral, pensional y fiscal. La comisión de expertos en beneficios tributarios puso en evidencia la necesidad de suprimir privilegios, exenciones y subvenciones y ampliar la base fiscal. En términos de salud, sin renunciar a enormes e inocultables logros del sistema -se revela al compararle con los de otros países-, deben sanearse las EPS, sin que terminen pagando su ineficiencia los usuarios de otras EPS hasta ahora financieramente “saludables”. El sistema pensional debe tender a uno más universal y sostenible, en que recursos escasos paguen más que las exageradas pensiones de algunos privilegiados, como ahora ocurre, y en términos laborales es necesario un sinceramiento que permita incorporar a la formalidad al 50% de trabajadores hoy excluidos.

Todas estas tareas requieren de la comprensión y apoyo del nuevo congreso, que pasa por un mínimo de sintonía con sus responsabilidades de Estado y el país real. Necesitamos un congreso en que no gobiernen los más avispados u oportunistas, expertos en triquiñuelas, sino los más solidarios, honestos, serviciales y eficientes. Nos encontramos nuevamente ante la inmensa oportunidad de dignificar ese congreso y saldar sus deudas éticas y morales. Hoy, debe decirse, no constituye un honor ser congresista, un oficio indispensable, convertido en sinónimo de trampa para la mayoría de los colombianos.

@herejesyluis

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