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El efímero poder del populismo

Luis Carvajal Basto

02 de marzo de 2026 - 12:04 a. m.

Nos encontramos en pleno periodo electoral, pero las restricciones, constreñimiento y elevados costos que se han impuesto a la publicación de encuestas ponen limitaciones al análisis que éstas merecen. Fenómenos muy notorios son la consolidación del Pacto Histórico como fuerza política claramente populista, la dispersión de la oposición, la ausencia de un candidato viable que la consolide y la anomía de los sectores del centro voluntariamente divorciados de las maquinarias políticas y, por lo tanto, del acceso al gobierno.

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Puede decirse, sin embargo, que la composición del Congreso será muy similar al anterior, así como la participación electoral, considerando que hasta ahora no tenemos una competencia reñida. Las presidenciales comenzarán, en realidad, el próximo domingo.

Frecuentemente se invoca a la polarización como determinante de nuestro momento político, pero en realidad el Gobierno es dueño exclusivo de la narrativa y la agenda públicas. Un buen ejemplo de ello es que luego de resultar elegido con las normas de la actual Organización Electoral y condenado por violar los topes de la campaña, se olvida de su propio fraude y ahora dice que le quieren hacer uno. Tiene a todo el mundo hablando de ello y no de la agonía de la salud pública, el desastre de la Paz Total o la inminente quiebra del estado. En síntesis, no tiene oposición activa.

Las decisiones electorales, la formación de la opinión, se encuentran más relacionadas con la influencia del proceso de percepción, emociones, sentimientos, estereotipos y el posicionamiento de los candidatos en la mente de los electores que con el deber ser e incluso la comprobación reiterada y empírica de lo que resulta más conveniente para la sociedad. Así lo he podido comprobar desde la cátedra de Comportamiento Electoral hasta el triunfo en una campaña a la alcaldía de Bogotá en la que me desempeñé como director o la derrota en unas presidenciales en la que asumí idéntica función. También lo he comprobado en el análisis de los procesos electorales en las últimas dos décadas desde esta tribuna de opinión.

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Aun así, considero que el conocimiento de la administración pública y la acción de los gobiernos, en la perspectiva de gestionar recursos escasos, incertidumbre alta, macro organizaciones complejas y diversidad de intereses que constituyen la naturaleza de la gestión pública, imponen la obligación de advertir a los lectores sobre lo que ocurre cuando a la conveniencia general y la misma realidad son sustituidas por prenociones y los interesados propietarios de “verdades”. Las aventuras populistas comienzan y terminan prometiendo y disponiendo de más riqueza de la que la sociedad posee o se encuentra en capacidad de crear. A falta de gestión, su final es el mismo: países empeñados y arruinados luego de efímeros ríos de leche y miel. La magia de las ideologías en la mente de sus manipulados electores no logra superar la cruda realidad objetiva. Tarde o temprano encuentra sus límites.

En una fase inicial el populismo se asienta mediante subsidios; transferencias de ahorros e ingresos; incrementos salariales por decreto o reducciones del precio de los combustibles; medidas que elevan artificialmente la demanda y mejoran temporalmente los indicadores de la economía y la imagen de sus dirigentes, como ocurre en Colombia en el momento actual. Sabemos, sin embargo, desde las matemáticas y la contabilidad pública elementales, que cuando el gasto supera la productividad y los ingresos del Estado, inevitablemente llegan el déficit, inflación y recesión.

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El caso argentino resulta aleccionador. Sucesivos gobiernos populistas combinaron aumentos salariales —que pronto sucumbieron ante el aumento de la inflación— con expansión artificial del gasto. Los resultados son conocidos: inflación descontrolada de más de tres dígitos, deterioro del salario real, desinversión y desempleo. La ruta que los trajo hasta Milei.

En Colombia, en vísperas de elecciones de Congreso, nos encontramos en una cresta de ola populista. Ferias y fiestas con el presupuesto público; reducido alcance de la ley de garantías a punta de emergencias; abuso de la contratación directa; alza irresponsable del salario mínimo; reducción del precio de la gasolina y “mejoramiento” de las relaciones con Estados Unidos mientras pasan las elecciones, han sumado sus efectos en la mente de muchos electores.

La gran pregunta consiste en establecer si tanto “encanto”, el efímero poder del populismo, durará hasta las presidenciales. En ausencia de una oposición consistente y con un centro inmovilizado, a la espera de que le lluevan del cielo los votantes, dicho encanto puede ser absurdo e irracional, pero posible.

@herejesyluis

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