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El “veto” al liberalismo

Luis Carvajal Basto

28 de marzo de 2022 - 12:01 a. m.

Los vetos desde el Pacto Histórico y la Coalición de la Esperanza al “liberalismo” parecerían dirigidos a un antagonista más que a un posible aliado y, en el caso de la candidata Márquez, se presentan como una postura de “principios” mientras para Petro no tanto. ¿Están relacionados con la conducta política de algunos de sus miembros, con la conveniencia electoral propia del momento, con la ideología y principios del liberalismo colombiano o con su papel histórico? Convendría precisar.

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Para denostar del liberalismo hace falta desconocer la historia universal y la de nuestro propio país. Ninguna otra forma de organización social y de gobierno ha superado a la democracia liberal y su regla de mayorías en la que descansa la soberanía popular que trata de resolver, de manera racional y pacífica, las diferencias de intereses entre diferentes actores y grupos de la sociedad. Supone, sin embargo, que, sin desconocer a las minorías, evidentemente gobiernan las mayorías, aunque a algunos con talante dictatorial y considerados dueños de “verdad” y “razón”, absolutamente, el sistema, como principio, les pueda molestar. ¿Sería mejor que gobiernen las minorías solo porque crean tener la razón?

Por su parte, cualquier evocación del liberalismo colombiano no puede desconocer su papel en la construcción de nuestras instituciones -incluida una Constitución que, hasta ahora, nadie repara-, su lucha en defensa de libertades y derechos, desde la abolición de la esclavitud pasando por las grandes reformas del siglo XX, cuando Colombia era un país fundamentalmente rural con formas de producción precapitalistas. Para entonces, hace apenas 70 años, las mujeres no podían votar, se usaban más alpargatas que zapatos y el uso de papel higiénico era una exclusividad. La industrialización, como ahora, era una quimera y en el campo existían aún formas feudales de propiedad. Una Colombia diferente a la de hoy después del narcotráfico -en la raíz de nuestros males al que los candidatos, lamentablemente, poco se refieren- y en plena era digital.

Convendría también diferenciar y precisar los conceptos de neoliberalismo de los principios históricos del liberalismo colombiano. El primero referido a la preeminencia del mercado en la asignación de recursos, en abierta contradicción con la concepción del segundo –convertida en principio de la Constitución- que, considerando al mercado privilegia el bienestar de los seres humanos y el equilibrio, económico y social, mediante la gestión del Estado. ¿Será que responsabilizan al liberalismo de la globalización?

Es difícil establecer si los cuestionamientos de los candidatos Márquez y Fajardo se refieren a esos principios o al papel que el partido Liberal ha cumplido en las últimas décadas. Se hace más difícil porque tanto en las filas de la Coalición de la Esperanza, donde ahora militan quienes han sido muy activos miembros del liberalismo hasta hace poco, como Juan Fernando Cristo o Iván Marulanda, como en las del Pacto Histórico, con los Córdoba, Benedetti y muchos otros, se puede constatar esa participación. La estrategia parece consistir, en ese caso, en cambiar con los mismos, desde que “ganemos”. ¿Se santificarían esos políticos del partido “malo” solo con cambiarse al “bueno” o, más bien, de camiseta, ahora que apoyamos o renegamos de los partidos tan olímpicamente? ¿Podrá el caos de tantos “buenos”, aunque sean minoría, gobernar para todos sin convertirse en una dictadura?

Hace apenas unos días el candidato Petro mantuvo conversaciones –y al parecer aún las mantiene- con fuerzas como el mismo partido Liberal y Cambio Radical, un partido ubicado en el otro extremo de su norte político. ¿Un acuerdo electoral a su favor señalaría la diferencia entre la buena y la mala política; la distancia entre el “bien” y el “mal”?

En realidad el liberalismo colombiano -otro damnificado del narcotráfico como todas las instituciones- sigue siendo actor importante en nuestra cultura política. Encuesta tras encuesta, sobreviviendo a sus malos gobiernos, decretados entierros, coyunturas y modas, se reconoce como la fuerza política a la que se sienten pertenecientes aún la mayoría de los colombianos. En la era de su señalado declive muchos añoran sus logros mientras otros intentan seguir viviendo de ellos. La señora Francia y el profesor Fajardo prestarían un gran servicio a la imperfecta democracia colombiana y a sus propios propósitos precisando los alcances de su manifiesta fobia. La postura del candidato Petro, en cambio, parece muy clara: se trata de ganar a cualquier costo.

@herejesyluis

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