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Las lecciones de lo que ocurre en Venezuela no pueden dejar de considerarse en nuestro país. La decisión tomada por Maduro la semana pasada al iniciar la privatización de empresas estatales, entre ellas PDVSA y CANTV, porque “necesita capital” confirma que el viaje iniciado por la dictadura hace 20 años, el “socialismo del siglo 21″, fue uno hacia ninguna parte con enormes costos: pobreza, caos y desempleo; así como la tragedia y el exilio para millones de compatriotas del otro lado del Arauca.
Los resultados del populismo se han notado. El engaño de la escala móvil de salarios y el abuso del gasto público que generó una inflación incontrolable, tuvieron consecuencias. Ante la ruina del Estado y, por añadidura, del gobierno, las empresas nacionalizadas por Chávez y Maduro se quedaron sin recursos ni capacidades de gestión para invertir y mantenerse funcionando. La caída en la producción petrolera y el deterioro en los servicios de comunicaciones ahora requieren, para el régimen, del apoyo privado.
La medida está en la misma línea de transferir a administradores privados el control de sectores y empresas que en su momento fueron confiscadas y nacionalizadas, fundamentalmente en el sector agrícola y de alimentos, pero también en otros como el hotelero, ante el fracaso de su gestión en manos del régimen. Como en su momento ocurrió en Rusia, la administración se transfiere a amigos del gobierno, dando lugar a una clase de nuevos millonarios —del corte de Alex Saab— que aprovecharon la oportunidad y se hicieron ricos muy pronto y con muy poco, a costa del sufrimiento de la gente que el modelo argumentaba “salvar”.
La historia de lo ocurrido en Venezuela es suficientemente conocida. La incapacidad de la dirigencia política para tramitar los problemas de la gente y la corrupción le abrieron el camino a un régimen que llegó para perpetuarse a la brava. Luego de liquidar la iniciativa e inversión privada con las nacionalizaciones que ahora reversa, hizo lo propio con el régimen político, la economía y el Bolívar. Entonces nadie, ni el propio Chávez, sabía exactamente de que trataba el socialismo del siglo 21, más allá de unas vagas ideas que lo presentaban como diferente y novedoso ante el fracaso de la URSS. Ahora tampoco, pero sus consecuencias son bastante conocidas. Podemos preguntar a cualquiera de los más de 2 millones de compatriotas venezolanos que debieron abandonar su territorio para venirse, la mayoría, a malvivir. Con seguridad podrán explicarnos de lo que se trata, al contarnos su experiencia vivida en carne propia.
¿Cómo pudo ocurrir en la “mil veces rica, la riquísima” Venezuela, como la calificó, en su momento, Jorge Zalamea? No es tan difícil establecerlo, y las razones no se encuentran en alguna ideología: en el país con las mayores reservas petroleras del mundo cualquier gobierno podía funcionar con el petróleo rondando los cien dólares. Alcanzaba para la corrupción asociada y repartir algo entre la gente. Pero cuando la propia corrupción y la incompetencia —cualquier ideología debe administrar eficientemente—, redujeron sus posibilidades de exportar, se completó el desastre del que ahora intenta salir.
No es difícil conjeturar sobre la influencia de la presión internacional y la apertura reciente del Gobierno Biden en las privatizaciones, las que coinciden con una eventual reanudación de diálogos con una oposición que continúa dividida. Sin embargo, se trata la derrota en la práctica del proyecto chavista; del reconocimiento, luego de 20 largos años, de que en el mundo de hoy ningún gobierno o país —ni Estados Unidos, Corea del Norte, Rusia, o la alguna vez rica Venezuela—puede vivir y funcionar en autarquía, dependiendo, solamente, de sus “buenas” u originales ideas o recursos. Y, por supuesto, que la gestión de los gobiernos se refiere a administrar buscando bienestar para todos lo que es diferente a hacer promesas incumplibles. El populismo abusa de la facultad de prometer a la gente lo que quiere escuchar para llevarla al desastre.
Las promesas o los buenos deseos encuentran límites en razones objetivas o externalidades, como las estructuras y reglas de la economía y el comercio internacional en el que vivimos y viviremos, una dura lección que está aprendiendo el régimen de Maduro. Esas reglas también determinan la inversión, el crecimiento y el empleo, muy por encima de nuestros deseos. Estrellarse contra ellas es propiciar más hambre y más miseria. Es como si algún avispado nos prometiera que, en su gobierno, con un decreto, todos podremos volar y romper las leyes de la física mientras otro nos propusiera —olvidando los logros de la aviación— que debemos padecerlas sin poder jamás hacerlo. Confiemos en que nuestros candidatos presidenciales, una vez en el gobierno, tomen nota de tan dura lección.
