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Un “globo”, en política, se conoce como una estrategia para distraer a la opinión. La opinión pública se ocupa de temas más bien banales, como los concejales verdes desfilando con flores marchitas en Bogotá, en contravía de la Bogotá reverdecida de Claudia López, y en Medellín el alcalde se escandaliza y trina porque su oposición se reúne. Mientras tanto, el POT de la capital, con reformas profundas en su organización, no solo sobre uso del suelo, está a punto de aprobarse sin un debate de fondo; y los problemas creados en Hidroituango, que afectan a todo el país, siguen sin resolverse.
La preocupación del alcalde Quintero al publicar un video sobre la reunión de un grupo de concejales en el proceso de elegir nueva mesa directiva en el concejo, como si se tratara de un hecho irregular, es en realidad un “globo” que relata el nivel que la pugna ha alcanzado. Pero no se trataba de un cuestionamiento legal, moral o ético sino de una movida política que finalmente rindió frutos: el nuevo presidente del Concejo, de acuerdo con El Colombiano, terminó siendo “cercano al alcalde Quintero”. La sanción a un grupo de concejales del Centro Democrático, solicitada por el propio expresidente Uribe, completa la imagen. Se trata de la misma ciudad que hasta hace poco destacaba por su unidad en asuntos estratégicos, que le permitió construir el metro; plantear y desarrollar proyectos como Hidroituango; y proyectar al país y a la región una empresa como EPM, ejemplo por décadas de buenas prácticas y liderazgo.
En Bogotá, ha sido noticia la actitud de un grupo de concejales verdes en desacuerdo con la postura de la administración de su mismo movimiento sobre el POT. Esa es una discusión que revela falta de comunicación y mecanismos de solución de diferencias a su interior, un lugar común en todos nuestros partidos. Un caso extremo ha sido la denuncia de un concejal -otro globo-, porque, según su afirmación, de la cual se desdijo, le habrían ofrecido participar en la administración, como si se tratara, al igual que lo ocurrido en Medellín de un hecho irregular.
Contrariando un criterio de “pureza política”, que a algunos permite ganar adeptos ingenuos pero que en el mundo real no existe, los equipos de gobierno, en todas partes del mundo, se conforman con miembros de los partidos que ganan las elecciones, como en el caso que nos ocupa, y no de su oposición, por lo que no resulta pecaminoso o extraño el hecho relatado, como sí lo es la manera en la que el Distrito se ha atribuido la capacidad de reformar el Estatuto Orgánico de Bogotá por la vía del POT, en lugar de desarrollarlo.
La Ley 2116 de 2021, promulgada el pasado 29 de julio con la pretensión de reformar el Estatuto Orgánico de Bogotá, dista mucho de estructurar una reforma y apenas esboza una vaga propuesta para aumentar el número de localidades, con el consiguiente aumento de la burocracia, lo que debe tener importancia para algunos políticos en un año electoral. Luego de observar el nuevo POT queda la impresión de que la pretendida reforma del Estatuto Orgánico sea, en realidad, su apéndice, aunque se fundamente en un parágrafo transitorio de su artículo 6, al referirse a las nuevas localidades. Por cierto, contrastan en su extensión las 9 páginas de la Ley con las 463 del POT.
Una reforma como la incluida en el nuevo POT, que es en realidad una del estatuto orgánico por la puerta de atrás -excediendo límites y utilización del suelo-, merecía un debate nacional mucho más profundo e inclusivo que el surtido en el cabildo abierto del pasado 12 de octubre -sobre la marcha- con la participación de “72 mujeres y 98 hombres” en una ciudad de 8 millones de habitantes. ¿No habría valido la pena, mediante una sencilla aplicación, preguntar su opinión a la ciudadanía? Las diferencias con el gobierno nacional, básicamente sobre las áreas mínimas, son producto de esa falta de concertación y consenso. Puede que, finalmente, se apruebe en el Concejo, pero tiene problemas de constitucionalidad que en algún momento se observarán.
En vísperas de las fiestas de Navidad, puede ser comprensible la peligrosa costumbre de lanzar globos para que la gente los observe, distrayéndose de sus verdaderos problemas. Los globos de Medellín y Bogotá tienen más sentido por la proximidad de elecciones, pero no dejan de representar un mal ejemplo sobre lo que debe ser una mejor gestión de nuestras organizaciones de gobierno, a las cuales tenemos derecho.
