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Ahora que se han puesto de moda teorías sobre confabulaciones y golpes, la declarada estrategia del ministro del Interior busca conformar una mayoría en el Congreso silenciando las voces disidentes para superar una emergencia que más que del país es del gobierno. Desconoce el fuero y la autonomía de los partidos al persuadir o “negociar” uno a uno a los congresistas. Como hemos advertido reiteradamente desde esta columna, se trata de un varapalo a nuestra arquitectura institucional y a la Constitución. Lo ocurrido con el director del Fondo Nacional del Ahorro es un botón de muestra. Su silencio frente a sus mismas declaraciones confirma que la estrategia pretende oficializarse. Se busca institucionalizar y convertir en doctrina el clientelismo y el intercambio de favores entre el gobierno y las demás ramas del poder
Una cosa es gobernar con los amigos -las afinidades y lealtades políticas- y otra utilizar los cargos y los presupuestos, además de la autoridad de la que está el gobierno investido, para constreñir la opinión de los demás a cualquier costo. Haciendo pública ostentación de ello y forzando el desequilibrio institucional. El Congreso, para el caso que nos ocupa, debe representar las diferentes fuerzas, intereses y expresiones del país. Un supuesto interés del elector de cada congresista, en particular, no se puede invocar para eludir el control político del Congreso y deslegitimar los instrumentos del sistema en general, es decir los partidos, que, de acuerdo con la Constitución y la ley, los aglutina.
Convertido en una piedra en el zapato por no someterse a las instrucciones del Ejecutivo, el liberalismo ha resistido, hasta ahora, las arremetidas de la nueva doctrina que busca silenciar voces diferentes al gobierno. Al reclamar protección para la autonomía institucional de su partido, el expresidente César Gaviria ha exigido cumplimiento y respeto de básicas garantías constitucionales, las que deben extenderse a todos los partidos. Su declaración ha sucedido luego de los intentos de cooptación al menudeo de los congresistas y, más recientemente, del intento de sanción por parte del Consejo Nacional Electoral como parte de la estrategia de silenciamiento.
Precisamente el mismo Partido Liberal que ahora se cuestiona atravesó largos “desiertos” fuera del poder en el pasado, más recientemente en los gobiernos del expresidente Álvaro Uribe. ¿Sería que entonces eran respetables sus derechos constitucionales, pero no ahora? No se trata de este o aquel partido ni de este o aquel gobierno sino de las reglas; de nuestra Constitución que no se puede invocar a conveniencia, ni siquiera cuando algunos de esos partidos, ahora afectados, son responsables del rumbo que tomó el país; del descrédito de la actividad política que llevó a una mayoría a buscar un “salvador” del que ahora, buena parte de sus electores se arrepiente.
A propósito de “silenciadores”, como el que se intenta aplicar al liberalismo, hace pocos días un columnista de El Espectador decididamente afecto a un gobierno al que algunos empiezan a calificar como “régimen”, al ofrecer una lección para saltarse cualquier contrapeso le animaba a persistir si el Congreso insiste en deliberar y desacatar las instrucciones emitidas desde Palacio. Recordó que el gobierno tiene infinitas herramientas para “persuadirlos” o, lo que es lo mismo, hacerles obedecer, comenzando por una sucesiva declaratoria de emergencias como la que se quiere implementar ahora en la Guajira. En vista de que los factores objetivos no han cambiado, podemos anticipar desastre administrativo, improvisación y corrupción, ahora por decreto. Olvidó señalar que esas mismas herramientas se pueden utilizar y se utilizan para hacer lo propio ante otras expresiones de pluralismo. Desde veladas, y no tan veladas, advertencias a empresarios, como en el caso de la carta a la revista Semana, y al poder judicial, por si no atiende pronto las instrucciones impartidas y se demora deliberando al seleccionar al próximo fiscal general: el actual se ha convertido en otra piedra en los “socialistas” Ferragamo del gobierno.
