La pretensión del Gobierno al promover una narrativa según la cual habría un fraude en elecciones es un reconocimiento tácito de que se sabía y sabe perdedor. A pesar de medidas de populismo barrial como el aumento irracional del mínimo, la cooptación comprobada de sectores del Congreso o la reducción en el precio de la gasolina, sigue siendo una expresión minoritaria en el Congreso. Con 4,4 millones de votos, apenas 21 % de los votos totales, un 10 % del censo electoral, nadie pone presidente. Y eso que el doctor Cepeda apenas empieza a hablar, como lo hizo al referirse a los paisas. ¿Hasta dónde llegarán sus coincidencias con Petro?
Al fracasar la campaña de desprestigio contra la Registraduría y la Organización Electoral luego de las elecciones de Congreso, las cuales han sido avaladas por diferentes veedores nacionales e internacionales, asistimos ahora a la inédita sugerencia para que el Ministerio de las TIC y el Gobierno auditen a la Registraduría en las próximas elecciones, socavando la independencia del poder electoral, como si estuviéramos en la Venezuela de Maduro. El Gobierno no ha guardado la neutralidad que debería y, por el contrario, ha sido actor activo y promotor de la campaña presidencial. Es increíble que ahora se ofrezca para ayudar a contar los votos con el argumento de una descabellada infiltración a la DIAN.
Debe ser muy difícil para un Gobierno vociferante, locuaz, pendenciero y autoritario observar que su periodo se termina cumpliendo una ineludible cita de las democracias. Y no se trata de recibir reciprocidad por los callos que habitualmente los gobiernos pisan. Pese a su capacidad para controlar la agenda pública, deja rastros y dolientes inocultables. Sus problemas con la justicia y los de sus más destacados alfiles; el desastre y los dolientes del sistema de salud; el desastre de gestión que se puede constatar en el crecimiento de la deuda y el déficit fiscal; el desastre en Ecopetrol del que la misma USO ahora se arrepiente, y una larga lista de etcéteras. Al fracasar en las elecciones de Congreso, en las presidenciales se juega sus restos con narrativas como la del fraude.
De los controles y procesos de la democracia, uno de los más temidos por los gobiernos autoritarios es la alternancia. La evaluación ciudadana que restablece balances y controles. El problema mayúsculo para el presidente Petro —aunque en sus huestes nadie lo quiera reconocer— consiste en que, como están las cosas, a la luz de los resultados electorales, la derrota de su candidato —quien poco habla y no participa en debates— es inevitable. Contrario a lo que afirma el ministro o jefe de debate Benedetti, perdieron las elecciones y en Colombia tenemos doble vuelta. Su candidato perdería. ¿mayor radicalización con el recurso de mingas, etc.? No parece un momento propicio, como señaló otro elector arrepentido de Petro, el exministro Hommes, al afirmar: “Es curioso que cuando Cuba está a punto de reventar, la izquierda en Colombia esté pensando en crear aquí otro escenario igual”.
Así que el recurso de denunciar un supuesto fraude, como lo hizo, entre otros, el expresidente Bolsonaro en Brasil, no es inocuo y tiene consecuencias. No se trata de fraude, presidente: es que sus electores siguen siendo una minoría. Y en democracia deciden las mayorías, aunque las amenacen con constituyentes.