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Una cosa es ganar las elecciones y otra muy distinta gobernar. Antes incluso de asumir el cargo, el presidente electo Abelardo de la Espriella-ADLE- sufrió en el Congreso una derrota que, dependiendo de las decisiones que adopte en adelante, podría terminar siendo la última o apenas la primera. Desde la lógica del outsider, derrotar a “los de siempre” tiene un enorme valor simbólico. Sin embargo, conviene recordar que, en 2022, Rodolfo Hernández, sin partido y contra toda la estructura política tradicional, obtuvo diez y medio millones de votos y puso en serios aprietos a Gustavo Petro. En 2026, buena parte de ese mismo voto de opinión respaldó a De la Espriella, nuevamente como una alternativa frente al petrismo.
Los hechos sugieren que ADLE no pretende administrar el uribismo sino reemplazarlo como eje de la centroderecha colombiana. Sus visitas a alcaldes y gobernadores, más que a las fuerzas políticas asentadas en el Congreso, anticipan una estrategia orientada a construir un nuevo liderazgo territorial de cara a la implementación de la Ley de Competencias y, sobre todo, a las elecciones regionales de 2027. Seducir dirigentes locales y consolidar una estructura propia parecería su prioridad política.
La estrategia tiene lógica desde una perspectiva electoral. Si logra convertirse en el principal referente de la centroderecha, el presidente no dependerá del Centro Democrático ni de otros partidos para proyectar su liderazgo hacia el futuro. Pero gobernar es una rama del conocimiento que seguramente desconocen sus expertos y mediáticos asesores. La apuesta de ADLE contiene una paradoja evidente: mientras construye el poder del mañana, puede estar debilitando la gobernabilidad del presente. ¿De qué sirve sentar las bases de una nueva mayoría política si el gobierno pierde la capacidad de producir resultados? Debería, ante todo, ocuparse de ejecutar el mandato de sus electores, restablecer la administración sobre las ideologías, combatir la corrupción y realizar un buen gobierno.
Ese riesgo quedó en evidencia con la elección del nuevo presidente del Senado. Va a resultar difícil que, ante sus propios electores, Uribe y Petro salgan indemnes de esa votación; pero también será complicado explicar a quienes votaron por De la Espriella que la verdadera batalla política no parecía librarse contra el petrismo sino contra el uribismo. Aunque en el fondo de la disputa estén el poder regional y las elecciones de alcaldes y gobernadores, el presidente electo no puede confundir su liderazgo con el de quienes contribuyeron a hacer posible su victoria. Lo sucedido deja la impresión de que para el gobierno entrante resulta más importante consolidar un nuevo liderazgo político que construir una coalición suficiente para gobernar.
Al riesgo de gobernar sin mayorías en el Congreso se suma otro aún más complicado: convertir al Pacto Histórico –para los electores de ADLE el mejor ejemplo de lo que no se debe hacer- en árbitro de las diferencias dentro de la centroderecha, desgastando innecesariamente el capital político del nuevo gobierno. No parece prudente convertir aliados en adversarios antes siquiera de comenzar el mandato. Mientras intenta reemplazar al uribismo, el Gobierno corre el riesgo de perder la mayoría que necesita para sacar adelante sus propuestas.
Si su prioridad termina siendo desplazar al uribismo antes que construir una mayoría para sacar adelante su agenda, la batalla por el liderazgo de la centroderecha podría convertirse, paradójicamente, en la causa de sus mayores dificultades para gobernar.
Posdata: Barranquilla la bella es, merecidamente, sede de la selección; Shakira arrasó en el mundial otra vez y Junior es un flamante bicampeón. El Caribe está de moda. Siempre lo ha estado. Tiene presidente y presidentes de Cámara y Senado, pero no hace mucho sentido cambiar el flemático centralismo bogotano, con su frio y sus chimeneas, como diría el Libertador, por un renovado centralismo Barranquillero. ¿Dónde queda el argumento de la descentralización?
