Las llamadas “líneas rojas”, o límites para un eventual gobierno de Petro si recibe al apoyo del liberalismo, son una forma de aplicar en política la “cláusula Petro”, usada desde hace meses en el mundo del comercio. A diferencia de su utilización en inversiones y negocios, en los que estos se interrumpen sin penalidades para las partes si Petro llega al gobierno, parece más una salvaguarda sobre eventuales hechos que podrían ocurrir. Pero si ello sucede será completamente impracticable e inútil reclamar sobre cláusulas o líneas rojas pactadas. En nuestro país no tenemos un sistema parlamentario para formar gobierno, una manera de garantizar su cumplimiento.
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En medio de una guerra económica mundial ,mientras el país se alista para afrontar la agudización de una coyuntura económica definida por la necesidad de crecer y generar empleos sufriendo la mayor pobreza en décadas, y, simultáneamente, contener la inflación, lo que ha motivado medidas contradictorias y dolorosas como el aumento en las tasas de interés, la política pareciera vivir en otro planeta: el debate en las redes se centra en la utilización de emociones y sentimientos negativos de la gente - los enfrentamientos de Marbelle y Francia Márquez son un buen ejemplo de ello - y las eventuales alianzas que permitirían a los candidatos construir mayorías. Para Petro se trata de ganar en primera vuelta, conocedor de sus dificultades para hacerlo en la segunda.
“El liberalismo tiene las llaves de la presidencia”, anticipábamos en un análisis desde esta columna hace unos meses, una afirmación que se ha venido confirmando con la proximidad de la fecha de la elección. Aunque no se trata solamente del apoyo parlamentario -en una elección presidencial el papel de las maquinarias es reducido- el solo eco de una decisión en ese sentido puede ser suficiente para lograr su objetivo, aunque la mayoría de los liberales rasos sean proclives a apoyar a Petro, como han informado las encuestas.
La incertidumbre electoral ha llevado a muchos empresarios a “blindar” sus negocios ante un eventual gobierno Petro dado lo ocurrido en países como Venezuela, Nicaragua o El Salvador. Las líneas rojas del liberalismo se refieren a lo mismo: la expectativa de una reelección sin límites, la revocatoria, en la práctica, de la Constitución, y la pérdida de autonomía del Banco de la República pueden ser los aspectos más significativos.
Pero hay que ser inexperto e inocente en asuntos públicos– y con seguridad el presidente Gaviria no lo es-, para pretender que cualquier acuerdo firmado antes de llegar al gobierno, por parte de cualquier candidato, será cumplido con alguna seguridad: una regla no escrita para cualquier gobierno o sociedad se refiere a las respuestas que ofrecerán a la incertidumbre o al cambio de circunstancias que siempre podrán ocurrir o invocar. Para ejemplos recientes vale recordar las reformas tributarias en el gobierno Santos, pese a que, como candidato, se comprometió a todo lo contrario cuando aseguró que: “Puedo firmar sobre piedra o mármol que no voy a incrementar las tarifas de los impuestos durante mi gobierno”. Ello ocurrió antes de hacer tres aumentos.
Ante la evidente agudización de la polarización en los últimos meses, buena parte de los congresistas liberales han asumido ya alguna postura. Se dice en el congreso que la mayoría de los senadores respaldan al candidato Gutiérrez, mientras en la Cámara las opiniones se encuentran divididas. Algo parecido ocurre en la opinión. La fórmula “salomónica” y realista para un liberalismo sin candidato, la de más probable ocurrencia a pesar de tanto tinto y almuerzos, sería, en ausencia de candidato propio, dejar a congresistas y simpatizantes en libertad para protocolizar lo que ya ha ocurrido, confirmando que la “clausula Petro”, las líneas rojas del liberalismo para sus alianzas, es además una advertencia innecesaria e inútil.