El rápido desencanto de la ciudadanía con los recientemente elegidos gobiernos de Chile y Perú confirma, en tiempo real, que el escenario de la administración pública es diferente al de las campañas electorales. Buenos candidatos no son, necesariamente, eficientes gobernantes.
Los presidentes Boric y Castillo ganaron sus respectivas elecciones ofreciendo enormes cambios, pero la insatisfacción de sus electorados ha certificado que estos siguen sin lograrse o excedían sus capacidades y las de sus gobiernos, un escenario diferente al de las promesas electorales. Boric perdió ya un tercio de sus apoyos mientras Castillo tiene una desaprobación cercana al 80% en un breve periodo de tiempo. Los dos intentan ahora poner el foco de la opinión, la agenda pública, en una reforma constitucional que “ahora sí” solucionará los problemas de la gente. Un proceso similar ha vivido Venezuela, donde Chávez cambió la constitución ofreciendo la permutación de normas como solución milagrosa. Lo ocurrido después, por el contrario, fue el exilio de millones de venezolanos, el incremento de los problemas sociales y la destrucción de la economía.
Cuando argumentos como el “espejo retrovisor” —responsabilizar a los gobiernos anteriores de todos los problemas existentes― o el “enemigo externo” no resultan suficientes, malos gobernantes tratan de culpar a los marcos legales de sus propias incapacidades y desaciertos. La fórmula ya es conocida: Se reforman las constituciones y de ser posible se ajusta, de paso, la posibilidad de reelegirse, como ha ocurrido en Nicaragua, Venezuela o la misma Rusia. La reelección, en esos casos, se convierte en norma de supervivencia ante la inminencia de una rendición de cuentas. Así las democracias, aún imperfectas, se transforman en dictaduras. El cambio llega, para empeorar.
¿Existe perfidia en el exceso de optimismo de buenos candidatos devenidos en malos presidentes? Nadie tiene la intención de convertir, el propio, en un gobierno desacertado o nefasto. Por lo general “los caminos al infierno están plagados de buenas intenciones”. Como candidatos el objetivo se reduce a “ganar”, a veces, a cualquier costo. Se han preparado para desempeñar sus candidaturas eficientemente y por ello logran la victoria, pero las más de las veces quieren imponer sus visiones sobre la realidad que, una vez en el gobierno, los supera. Los cambios prometidos desconocen realidades objetivas que exceden sus propias posibilidades y las de cualquier gobierno.
¿Puede un gobierno hacer magia y convertir la pobreza en riqueza, de la noche a la mañana, sin crecimiento, educación ni trabajo? ¿Sin propiciar cambios culturales? ¿Sin generar confianza entre sus conciudadanos ni unidad? ¿Sin considerar lo que ocurra en el mundo con el que estamos interconectados? La voluntad de los gobernantes no es suficiente, a pesar de disponer de recursos económicos y jurídicos inmensos que convierten o pueden convertir en políticas públicas. Su capacidad de ejecución siempre será limitada. Mientras para un exitoso candidato el conocimiento de los procesos de formación de la opinión y el comportamiento electoral pueden ser suficientes para ganar, hacer un buen gobierno es un asunto mucho más complejo, como están descubriendo Boric y Castillo.
En una sociedad global variables como la superación de la pobreza y el empleo exceden el campo de acción de cualquier gobierno. Prometer cambios drásticos en esas áreas sin considerar los escenarios externos supera al optimismo y se convierte en engaño, como están señalando ahora peruanos y chilenos que hace apenas hace unos meses marchaban contra el gobierno existente y ahora lo hacen contra el que eligieron. Denunciar problemas es diferente a solucionarlos y criticar siempre será más sencillo que construir. Aunque la historia suele repetirse, esperemos que aquí no nos ocurra ahora que vamos a elegir un nuevo presidente.