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¿En realidad quiere el presidente Trump producir el colapso de la economía mundial? No creo, pero negocia con esa amenaza para obtener dividendos anticipados. La imposición de aranceles a sus socios y a quien pueda parece más una estrategia de negociación que la renuncia frontal al orden construido en la posguerra o el inicio de una guerra comercial. Trump, aun con su inmenso poder, no controla todas las variables y lo sabe.
Su amplio triunfo electoral, el control del Congreso y una mayoría en la Corte Suprema han hecho pensar al presidente que, si había un momento para satisfacer a sus electores más extremos —la llamada derecha radical de su país—, era este, poniendo en segundo plano a quienes no votaron por él y al resto del mundo.
El aumento de aranceles, en teoría, cumple la doble función de aumentar los ingresos del Estado y hacer posible su promesa de reducir impuestos, promoviendo la industria nacional y nuevos empleos. No se recuerda, en la era del GATT y la OMC, la utilización de criterios “políticos”, como la lucha contra el fentanilo o la inmigración, para justificar cambios económicos tan significativos como los que nos llevarían al desastre de una guerra comercial.
En el origen del argumento se encuentra el déficit de la balanza comercial, pero, si lo observamos en una perspectiva histórica, con déficit comercial el PIB de los Estados Unidos pudo incrementarse cuatro veces en dólares corrientes desde 1990 hasta 2021 (Banco Mundial). En el mismo periodo, el índice de términos de intercambio —la relación entre los precios de sus exportaciones y los de sus importaciones— se ha mantenido (base 2015), pasando de 103 en 1990 a 105 en 2021. No se puede afirmar que una balanza comercial deficitaria en un periodo determinado, e incluso estructuralmente, signifique necesariamente pérdidas para la economía de un país.
La interconexión física y digital, las actuales cadenas de suministros, el desarrollo tecnológico y, próximamente, la inteligencia artificial general —la que reemplazará absolutamente cualquier trabajo humano digital— hacen imposible para cualquier país desarrollar su economía en autarquía. Resultarían insuficientes todo tipo de muros, tanto físicos como arancelarios. Por otra parte, la misma situación creada y la automatización llaman la atención acerca del papel del Estado en el equilibrio de la economía. Si la propuesta del señor Musk de reemplazar la burocracia puede llevarse al extremo y aplicarse integralmente, ¿quién demandará los bienes y servicios producidos por las empresas y con qué ingresos se pagarán?
Ese principio es aplicable al comercio mundial. No se trata solamente de aprovechar las ventajas de un país de manera absoluta sobre los demás. Supongamos que alguno logra especializarse al punto de concentrar la producción de bienes y servicios para todos. ¿Con qué le pagarán quienes no tienen bienes para ofrecer en el mercado mundial? Ese no es el principio, sino el final del capitalismo y el libre comercio. No es una política comercial sostenible. En el corto plazo, una guerra comercial significaría ruina para todos, comenzando con los ciudadanos estadounidenses, que verán incrementar los precios y a su economía encaminarse a la recesión por el fortalecimiento del dólar y el consecuente encarecimiento de sus exportaciones.
Es innegable que los Estados Unidos han perdido competitividad en el sector manufacturero. Sus empresarios han preferido invertir en otros sectores y países, buscando y encontrando mayores utilidades y una dura competencia. Como estrategia de negociación o amenaza, la imposición de aranceles a un avezado comerciante como lo es el presidente Trump le puede funcionar, pero, como política de Estado, puede ser su fracaso y el colapso de todas las economías al poner una recesión en el horizonte.
