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Las elecciones y la inteligencia artificial

Nada quedará como antes luego de la IA. Ninguna de las revoluciones tecnológicas anteriores ha tenido sus mismos alcances, también, en la política. ¿Será que en nuestro país algún sector tiene ventajas, por su utilización, de cara a las elecciones regionales como se empieza a advertir?

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El encanto de la tecnología a veces nos distrae de los verdaderos propósitos de la democracia. La semana anterior un congresista presumía, ingenuamente, de la ventaja que su partido tenía como consecuencia de la utilización de la IA mientras los demás se habían quedado “en el pasado”. De acuerdo con su criterio, por ello serán más factibles los triunfos de sus candidatos en las próximas elecciones regionales. ¿Será cierto?

Seguramente no consideró que, si todos los sectores políticos utilizan la IA, como está ocurriendo, esta puede convertirse en la infraestructura del quehacer político, pero, por sí misma, no concede ventajas a nadie, como tampoco lo hacen las matemáticas que todos utilizamos para sumar y restar.

Luego de los cambios que las redes introdujeron en las presidenciales de 2022 al permitir identificar y motivar emociones y sentimientos a partir de las conductas de los electores en el ciberespacio, la campaña presidencial de 2026 fue la primera en la que la IA estuvo al alcance de los candidatos. Además de reducir tiempos y costos de las piezas publicitarias, la IA puede analizar millones de datos, identificar tendencias, reconocer preocupaciones ciudadanas, comparando territorios en tiempo real. Permite establecer qué le preocupa a la gente y qué teme; qué temas ganan importancia y cuáles la pierden y, lo que es más importante, dónde y cómo se modifican las percepciones sobre los candidatos.

Antes de la IA ya sabíamos que el posicionamiento ocurre en la mente de los electores lo que se convirtió, para algunos, en su especialidad al lado del análisis de emociones estereotipos y sentimientos. Para ellos se trataba y trata de un asunto de psicología social o publicitario. A propósito, hace unos años El Espectador invitó al doctor Carlos Suarez, exitoso estratega del presidente De la Espriella, y a este columnista, a compartir opiniones sobre el tema durante la campaña presidencial de entonces, en la que el doctor Suarez, al revelar su interés y experticia en el análisis de redes, consideraba que su estudio podría resultar más revelador que las propias encuestas para medir el clima de opinión, una versión con la que este columnista estaba y está en desacuerdo, al considerar que se trata de herramientas diferentes y complementarias . Hoy, con la irrupción de la IA, ambas se han potenciado de manera exponencial.

Debe registrarse que la misma tecnología que permite conocer las preocupaciones de los ciudadanos puede utilizarse para explotarlas. Si la IA identifica temores, frustraciones, resentimientos y expectativas de millones de personas, también puede diseñar mensajes cada vez más precisos para movilizar emociones y electores. Una campaña puede dejar de preguntarse qué propuesta necesita el país para preguntarse simplemente qué mensaje, desde esa perspectiva, es más conveniente.

Pero una cosa es utilizar la tecnología para conocer a los ciudadanos y otra utilizar ese conocimiento para manipularlos. La política puede terminar convertida en una gigantesca operación de investigación de operaciones e ingeniería de emociones. ¿Terminará la democracia, y la política democrática, convertida en una competencia por obtener respuestas emocionales? ¿Qué ocurrirá con la razón, las ciencias y los principios humanos, éticos y morales de las sociedades? La IA puede ayudar a conocer las preferencias de los electores, pero no debería convertirse en una máquina para fabricarlas.

Los límites en que todo esto transcurre los establecen, no la tecnología, sino el Estado de derecho y los fundamentos de la democracia. Tenemos, en nuestra legislación, “control” de encuestas, pero casi nada acerca de la utilización de la IA. Sin embargo, tenemos una Constitución. Ningún algoritmo puede decidir cuál es el deber ser del Estado y, mucho menos, escoger a nuestros gobernantes. La IA puede proporcionar mejores instrumentos para hacer política, pero no proporciona por sí misma una mejor política. Eso nos corresponde a los ciudadanos.

@herejesyluis

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