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El Gobierno Petro debe definir, con urgencia y responsabilidad, el alcance de su política ambiental y energética; dimensionar sus efectos en el tiempo; poner en blanco y negro, de manera clara y precisa, si en los cuatro años de su gobierno se va a suspender la exploración de nuevas fuentes; y programar la transición anunciada y plasmarla en un objetivo de política concreto. Anuncios como el de la ministra Vélez, según el cual podríamos, en algún momento, importar gas de Venezuela, una renuncia explícita a la soberanía energética, aumentan la incertidumbre y hacen daño a la economía.
Desde que, Al Gore, fallido candidato a la presidencia de los Estados Unidos, puso sobre la mesa la relación entre calentamiento global y emisiones de dióxido de carbono, el asunto no ha parado de crecer en la agenda internacional. La evidencia científica es contundente, llevando al mundo hasta el Acuerdo de París. La ONU se ha fijado unos Objetivos de Desarrollo Sostenible que todos debemos cumplir. Los planes de desarrollo de los diferentes países ―y Colombia lo ha venido haciendo juiciosamente― deben incluirlos como supuesto de sus propios objetivos nacionales y locales. Se trata de frenar el calentamiento global y un apocalípsis pronosticado.
Difícilmente el objetivo de reducir emisiones en un 45% para 2030 se alcanzará. Afortunadamente tecnología y conocimiento avanzan, permitiendo la sustitución de energías contaminantes. En eso está el mundo entero en un proceso en que el partido y los gobiernos demócratas en Estados Unidos han ejercido liderazgo a nivel mundial. Por el momento el cambio no es más abrupto debido a los costos, pero es previsible que el desarrollo tecnológico, como ocurre con todas las tecnologías, con el tiempo los hará disminuir.
Precisamente la semana pasada el gobierno Biden debió convertir en medidas concretas sus propuestas contra el cambio climático al presentar un proyecto de ley sobre el asunto. Pero no prohíbe la explotación de petróleo o gas, ni las grava, de manera absurda. Ubicado en el mundo real está centrado en estimular la producción y utilización de energías alternativas. Subsidios más que prohibiciones o impuestos. Mas zanahoria que garrote, al decir de nuestro admirado nobel Paul Krugman, reconocido adalid de la causa. No por ello menos eficaz.
Estamos advertidos. Si seguimos con las emisiones el mundo, como lo conocemos, se puede acabar. Sin embargo, todavía existe y dentro de él personas con expectativas y necesidades. Una sociedad que funciona con las tecnologías y recursos existentes y no con los que quisiéramos tener. Tenemos responsabilidades, también, con los que viven aquí y ahora. Desde el punto de vista económico, en el largo plazo, la producción de ese tipo de energías en algún momento dejará de ser rentable, pero un punto de ruptura, un cambio extremo de la estructura de demanda, no se observa antes de 2050. Entre tanto países y personas deben sobrevivir y trabajar.
La sustitución de la estructura de nuestras exportaciones, “el modelo” basado en petróleo se debe cambiar considerando que se trata de un activo con tendencia a perder valor. Además del cómo, la pregunta es cuándo. Ningún momento o periodo peor que el actual para anunciarlo o hacerlo. En 2022, el petróleo representa el 55% de nuestras exportaciones. Con ellas pagamos desde el trigo con que se elabora el pan hasta los bienes de capital y los servicios que requerimos, pasando por materias primas fundamentales para la incipiente industria que pretendemos hacer competitiva, lograr su crecimiento y ―más allá de cualquier discurso o promesa― sustituir las exportaciones de petróleo.
Otro ángulo del asunto tiene que ver con la autonomía o soberanía energética. Es ingenuo pensar ―tratándose de un problema global― que la explotación de gas en Venezuela contamina menos que el producido en Colombia, sin olvidar los efectos que tendría en el consumo de los hogares al multiplicar por 5 las facturas que hoy pagamos. Nos quejamos por el déficit del fondo de los combustibles, olvidando que, de alguna manera, se paga con los mismos ingresos petroleros.
¿Qué ocurriría si este proceso no se desarrolla con el debido cuidado? ¿Con más supuestos científicos, administrativos y económicos y menos ideología? Siguiendo el modelo Biden, mejor un plan concreto con más estímulos que impuestos o prohibiciones. Desde el gobierno no conviene generar incertidumbre, espantar las posibilidades de inversión, ni terminar con los ingresos que hacen posible el funcionamiento del mismo gobierno y la economía.
