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9 May 2022 - 5:00 a. m.

Manipulación y elecciones en la era digital

Ya se convirtieron en coro las voces de alarma por el bajo nivel del debate presidencial. Con razones se señala la falta de argumentos y programas realizables. Infortunadamente, en la era digital, las razones no eligen presidentes, si es que alguna vez lo hicieron.

Desde hace décadas las investigaciones sobre comportamiento y conductas electorales han centrado la atención en la manera como se alimenta la mente de los electores al tomar decisiones de compra, en el caso de mercadeo de productos, o de voto en el mundo político, conduciéndonos al universo interior de cada elector y no a alguna especie de razón objetiva. La influencia de emociones, sentimientos, estereotipos y otros factores que determinan su decisión, se ha probado científicamente. Suelen ser más importantes que los programas, la capacidad de cumplimiento de promesas e incluso el “bolsillo” —la economía— del elector. El proceso de percepción es más significativo que la realidad “objetiva” al decidir por quién votar.

La influencia de la publicidad, una herramienta para informar sobre productos y candidatos, se encuentra desde hace mucho demostrada, siendo el placer que produce, al ahorrar tiempo y esfuerzos para informarse y construir la opinión, su mejor argumento. En la sociedad digital la publicidad no es la misma de hace 50 años y tampoco los medios que utiliza, pero, desafortunadamente, sí lo son nuestras normas y procesos electorales.

Para comunicarse con sus electores los candidatos ya no requieren de partidos, como en teoría establece el marco institucional y legal. Son mucho más eficientes las redes, que establecen un contacto cercano entre candidatos y electores, con un importante elemento adicional: las mismas redes permiten establecer, mediante el uso de algoritmos, los objetivos precisos de los mensajes, aunque no se discuta —en el proceso no existe responsabilidad ni supervisión editorial— la verdad o falsedad, realidad o especulación, de su contenido. Si la comunicación vivió un temblor que la cambió con la aparición, en su momento, de los periódicos, la radio y la televisión, el cambio en la era digital ha sido y es un terremoto.

Ello nos puede explicar la pobreza de los debates en la elección presidencial pero también la manera como está desapareciendo la influencia de los partidos, una de cuyas consecuencias ha sido lo que hemos llamado la “farandulización” de la política. ¿Estaba más capacitado Trump que Clinton para gobernar” ¿Sus razones eran “mejores”? Probablemente no, pero manejaba los hilos de esta nueva realidad, aunque se burlaran de él, sindicándole de gobernar por Twitter. Como resultado, hoy en día el partido Republicano parece un apéndice del expresidente Trump, como si la democracia fuera un espectáculo de televisión ahora en las redes, pudiendo concluir que, si no lo es, por estos días se parece mucho.

En Colombia la política electoral y la pérdida de influencia de los partidos no escapan a estas nuevas reglas y no pueden explicarse por razones subjetivas —basadas en el análisis convencional— como la falta de liderazgo. Las nuevas formas de comunicar hacen a los partidos prescindibles, hasta cierto punto, lo que, paradójicamente, atenta contra una democracia que no puede sobrevivir, formal y legalmente, sin ellos. Hoy, para ganar una elección, pueden ser más eficientes que partidos, programas o posibilidades reales de realización de sus propuestas los cometarios, chismes o supuestos enfrentamientos extendidos en las redes, que generan emociones y sentimientos encontrados, despertando mayor interés público. Electores apasionados, adecuadamente motivados en las redes, se comportan como fanáticos —barras bravas— de un equipo de futbol.

Si consideramos lo que ocurre, y con la lucha contra la corrupción —una necesidad vital para los colombianos— convertida en lugar común y “paisaje”, no parece tan extraño que nos ocupemos más de propuestas como construir un puente intercontinental que de las reales posibilidades y los recursos para hacerlo o de que tan viable es suprimir nuestras exportaciones de petróleo, pese a advertencias como la del expresidente Lula quien, con su experiencia, no lo ve posible, o de quien acusa a quien de qué, en lugar de preguntarnos por las reales garantías que ofrece la entidad que contará los votos luego de la nefasta experiencia de las parlamentarias.

Pero estas son las reglas con las que se juega este debate presidencial, y hasta que Elon Musk no empiece a cobrar por los servicios de Twitter —lo que puede ocurrir antes que el cambio de registrador—, como ya ha anunciado, estas formas de comunicación política que deforman la realidad y la democracia se seguirán practicando de manera “gratuita”. Tendremos que convivir con “verdades” y debates presidenciales alternativos que eligen, a pesar del conocimiento, la razón y cualquier evidencia en sentido contrario, gobiernos reales que, prometiendo sueños, se convierten en pesadillas colectivas sin que los mismos electores se percaten, aunque “ocho” días después de elegir un gobierno salgan a marchar contra él, como ocurre en Chile y en Perú ahora mismo.

@herejesyluis

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