El Gobierno cada vez sorprende por su desorden e “inocencia”. Se muestra sorprendido, como si pidiera disculpas anticipadas por promesas que no cumplirá. La afirmación del presidente según la cual “estamos perdiendo tiempo, tiempo que yo no tengo” es rigurosamente cierta. Los gobiernos nacen con fecha de caducidad, pero eso el presidente y sus asesores lo conocían. Lo advertimos, reiteradamente, desde esta columna cada vez que prometía en campaña objetivos que excedían sus posibilidades. Por ello extraña que, en todas las áreas, el Gobierno siga “descubriendo” y prometiendo. Más que prometer o denunciar, el rol que le corresponde es el de administrar. El país requiere más hechos que discursos.
Sí pero no. Por donde se mire, el Gobierno transmite inseguridad y ambigüedad en un momento en que las circunstancias reclaman certidumbre y unidad. Por ejemplo, una parte de él ha llamado a suspender toda exploración mientras otra, más aterrizada, reconoce que esto no es factible ni deseable. Como señaló un editorial de El Espectador (ver aquí), el ministro Ocampo parece el adulto responsable, al punto que, desempeñando su rol, la semana pasada se interpretó que el “enemigo interno” al que hacía referencia el presidente era el propio ministro, por lo que debió aclararlo y volverlo a aclarar con uno y otro trino. Valdría la pena conocer la postura del ministro y del propio presidente ante propuestas como controlar los precios por decreto, indexar los salarios, o seguir lamentando la independencia de la junta del Banco de la República. ¿Será esa independencia- un logro incuestionable de la Constitución - el enemigo interno?
Además de controversias innecesarias e inconvenientes al interior del propio Gobierno, no es comprensible que se reconozcan, desde una posición que representa- o debe representar- la unidad de la nación, “enemigos internos”. Menos que se califique como tales a quienes recuerdan que existen normas, tiempos y procedimientos que, de acuerdo con la Constitución, deben ser acatados. Cuando las normas y los tiempos le quedan estrechos a cualquier Gobierno es momento de empezar a preocuparnos, aunque, debe reconocerse, obra en “favor” del Gobierno, pero en detrimento de la democracia, que no tenga oposición o que esté incapacitada ética y políticamente.
Una vez más debemos recordar que gobernar se trata de administrar y que en aras de ningún principio filosófico se puede pasar por encima de las leyes y los principios probados de la administración y la ciencia, los cuales el mismo Gobierno puede utilizar y maximizar en lugar de quejarse para ganar audiencia. Hasta ahora casi todos sus proyectos se encuentran por estructurar y no conocemos, en sus diferentes propuestas, aspectos elementales del tipo: ¿De dónde saldrán los recursos? ¿Qué variables son determinantes, los articulan o desarticulan? ¿Cuánto valen? ¿Cuáles son sus tiempos de planeación y ejecución? Seguimos en el gaseoso terreno de las promesas y los discursos. Las necesidades y problemas de la gente, por otra parte, también siguen ahí, justo donde se encontraban, mientras el tiempo, tan escaso, transcurre imparable.
Ello aplica, por ejemplo, para el acuerdo de tierras: una excelente propuesta, pero no tenemos plan, flujo de caja ni hemos estimado su evolución en el tiempo. Lo mismo ocurre con la descarbonización y, en general, con todas las “ideas” del Gobierno que requieren, urgentemente, sumergirse en un baño de realidad y administración. Se trata, sencillamente, de planificar ejecutar y controlar adecuadamente utilizando las herramientas e innovación de que la gestión pública hoy dispone. Nada más. Debemos pasar de las palabras y discursos a los hechos, para que no nos llegue el 7 de agosto de 2026 y aún nos estemos quejando y sorprendiendo con una realidad que el Gobierno ofreció transformar, al parecer, sin conocerla.
Posdata. A Dios lo de Dios y al césar lo del césar: el país debe rodear al Gobierno y a la Fiscalía en el caso de la SAE en el que, todo indica, políticos ladrones se hicieron, otra vez, irregularmente, a activos del estado. Un caso de corrupción, pero, también de administración y desgreño. El uso de una sencilla aplicación para que los poseedores de bienes, dentro de un término perentorio, reporten posesión y sus condiciones, ayudaría más que discursos