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Frente a la situación de Venezuela no caben ambigüedades. El argumento según el cual los gobiernos de Colombia, Brasil y México se abstuvieron en la reunión de la OEA de exigirle a la dictadura que soporte con pruebas su nueva “reelección”, para cumplir un papel de intermediación más eficiente, no puede ser menos que absurdo. También lo es la justificación según la cual debemos abstenernos de defender los principios democráticos porque puede empezar una invasión -diferente a una guerra- como la de Putin a Ucrania en el Caribe. Si tenemos que soportar otros 25 años a Maduro porque nos amenaza con “baños de sangre”, pronto América se plagará de dictadores.
La declaración de los presidentes Lula, López Obrador y Petro no puede entenderse sino como evidencia de que no pudieron ponerse de acuerdo más que sobre generalidades. Es contradictoria al solicitar una salida “institucional” en un país en que ya no quedan instituciones. Hemos observado cómo funciona las del régimen.
Luego de 25 años de desgobierno, durante los cuales ideologías y políticas caducas lograron arruinar a Venezuela “la rica, la mil veces rica, la riquísima”; después de miles de presos políticos; de 8 millones de expatriados que no pudieron soportar la tiranía; puesto en evidencia el más grande fraude electoral que América recuerde, no deberían necesitarse más razones. El régimen se encuentra ante la disyuntiva de negociar su salida o esperar a que su pueblo, con el apoyo de la comunidad internacional y sectores democráticos de las Fuerzas Armadas, lo expulsen. Entre tanto involucionará desde una dictadura que intenta legitimarse a una más descarada.
La amenaza de abrir la puerta a la influencia de potencias exógenas y gobiernos autoritarios -China, Rusia- Irán- no será suficiente para detener lo que debe ser la solidaridad de los países americanos. Esa puerta se encuentra abierta hace rato, desde la crisis de los misiles en Cuba. Los actores han cambiado -Rusia ya no es la misma y Estados Unidos tampoco-, pero las élites corruptas persisten. Lo que se encuentra en juego en la OEA no es un futuro decoroso para la dictadura. Se trata de los derechos humanos y la democracia.
La perspectiva de lograr, con la intermediación de México, Brasil y Colombia, una solución pacífica debe tener una oportunidad, pero no explica lo ocurrido en la OEA la semana pasada. Los argumentos del embajador de Colombia –según los cuales Venezuela no estaba y no se podían tomar decisiones en su ausencia, o que el embajador no logró comunicarse con el canciller- son francamente ridículos e inaceptables. No representan a la mayoría de los colombianos. Quedó mal un gobierno que por la mañana solicitó las actas y una auditoría a las elecciones, y por la tarde no quiso firmar una declaración que lo demandaba. Menos el argumento según el cual la OEA no es el lugar para encontrar una salida a la situación. Y si no es allí, ¿dónde?
La estrategia de la oposición para contribuir a una salida pacífica considera que los tiempos de Maduro en la presidencia se deben cumplir, dando un espacio a la transición hasta enero. Pero ella no llegará sola. Los gobiernos democráticos no pueden tardar en aplicar a fondo todas las sanciones morales, económica y políticas a una dictadura agonizante. A los cabecillas de una mafia instalada en el poder y sus socios en las Fuerzas Armadas. No se trata de declaraciones. La presión mundial efectiva hará posible la “mejor” salida. Como expresó el canciller del Perú: “somos demócratas o no lo somos”. Tampoco podemos ser medio pendejos o fingir que lo somos pasando agachados ante la barbarie.
