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La devaluación del peso no es atribuible a variables estrictamente económicas, como consideran algunos técnicos. Tampoco, de manera exclusiva o preeminente, al complejo entorno internacional. Factores políticos y psicológicos son determinantes. El gobierno debe reconsiderar los efectos de sus comunicaciones y acciones.
La tasa de cambio, en un mercado abierto como el nuestro, es una síntesis de diferentes variables, siendo la inflación comparada y la oferta y demanda cruzada de divisas las más importantes. A su vez, ese mercado, se encuentra influenciado por factores como expectativas, confianza y certidumbre.
La influencia de las percepciones en economía es determinante, como lo son, también, en la política, un área en que el gobierno cuenta con excelentes asesores, como se comprobó en la reciente elección. Podrían, ahora, ayudar desde el gobierno en sus estrategias de comunicación. En el ambiente se comienza a afianzar una enorme desconfianza sobre el futuro de nuestro país. Esa desconfianza se puede constatar, a nivel internacional, en el aumento de la prima de riesgo que pagamos, pero también en las calles, como lo señala, claramente, la más reciente encuesta de Invamer en la que la desaprobación del presidente se duplicó desde la última medición, sin que pueda adjudicarse, por ejemplo, a los Estados Unidos que, públicamente, le han tendido la mano a su gobierno.
Las declaraciones del ministro Ocampo, según las cuales “el gobierno tiene una política macroeconómica responsable” son apenas obvias y el país no puede esperar menos de un economista de su experiencia y condiciones en quien, la mayoría, confiamos. Han sido necesarias, sin embargo, para intentar restablecer un clima de confianza que, debe reconocerse, se ha venido deteriorando por externalidades de la economía -la invasión de Putin; la inflación mundial Etc. – pero también por la incertidumbre generada desde el mismo gobierno, infravalorada por notas como la publicada en El Espectador (Ver aquí). La eventualidad de unas políticas públicas encaminadas a restringir los sectores de la economía, como el minero- energético, que proporcionan, hoy por hoy, la mayor parte de ingresos de divisas son claramente, responsables en lo que ocurre.
Si realizamos una comparación entre la devaluación del peso con otras monedas durante periodo podremos medir la influencia de esas externalidades. Desde el 8 de junio hasta ahora pagamos un 30% más por cada dólar, mientras otras monedas latinoamericanas, aún con problemas internos, han tenido una pérdida considerablemente inferior: el sol peruano se ha devaluado un 1.5%; el real brasileño un 18% mientras el peso chileno, con el que coincidimos en el cambio de gobierno, pero no ha hablado de políticas para vetar sectores rentables de la economía, se ha devaluado un 14%, la mitad de nuestro peso. Digámoslo claramente: la incertidumbre asociada a tantas declaraciones encontradas desde el gobierno, así como las malas expectativas sobre sus decisiones han determinado buena parte de la devaluación, una confirmación de lo que algunos calificaron, en su momento, como “el efecto Petro” que ahora se confirma.
Además de dudas sobre el futuro del sector energético, la falta de claridad sobre el destino de los nuevos recursos y la ruta y los tiempos hacia el equilibrio fiscal, un dólar a 5.000 supera la situación de desconfianza acercándonos al pánico, en un proceso en que no puede descartarse la especulación. Si fuera cierto que la responsabilidad es de los “Estados Unidos”, al aumentar sus tasas de interés; de la invasión rusa o de la pandemia, se trata, en todo caso, de variables sobre las que no podemos actuar. Por el contrario, es responsabilidad del gobierno propiciar y mantener un clima de certidumbre y confianza en nuestra economía al que declaraciones altisonantes, encontradas y despistadas no contribuyen, aunque suenen bien en algunos sectores de la galería que lo eligieron.
Es cuestión de percepción, pero también, de responsabilidad. Petro debe recordar que ahora es el presidente de todos y expresarlo claramente. De lo contrario las cosas, como ocurre siempre que van mal, pueden, aún, empeorar. Estamos, ante un cruce de caminos, uno de ellos sin retorno, como lo estuviera en su momento Venezuela.
