El próximo presidente no enfrentará problemas aislados, sino un verdadero nudo gordiano caracterizado por un sistema de salud en crisis; un déficit fiscal muy alto; escasa inversión; bajas tasas de crecimiento; empleo de mala calidad; altas tasas de interés y debilidad del sector externo. Al igual que en la leyenda solo un gobernante apto y disciplinado lo podrá desatar.
Colombia se encuentra a días de cambiar de presidente, pero no observamos, entre los candidatos, debates en profundidad sobre sus problemas y soluciones. A cambio de análisis, balances y estrategias se escuchan insultos y consignas altisonantes útiles para movilizar las redes entre una ciudadanía apasionada pero escasamente informada. Academia, instituciones y medios no pueden abandonar ese espacio a la más básica manipulación de emociones y sentimientos debiendo poner sobre la mesa un nivel, digamos, más responsable de tratamiento y análisis.
No se trata del futuro, tres noticias de la semana pasada merecerían mejores respuestas por parte de los candidatos: las víctimas semanales del desastre en la salud; la cifra de inflación, mucho más alta de lo esperado y la baja en la calificación de Standard & Poor’s. Se trata de tres noticias que condensan buena parte de problemas actuales. No los van a solucionar ni víctimas ni victimarios de las guerras del pasado. Tampoco quienes viven de ellos. No se solucionan con más cuentos y telenovelas sobre los narcos o la paz.
¿Qué nos proponen para que la gente no siga muriendo por falta de atención o medicamentos? El sistema se encuentra tan postrado que necesitará un enorme esfuerzo fiscal, operativo y de gestión que debe comenzar por su saneamiento. No se soluciona con la consigna efectista y simplista de “cambiar el modelo” que perdió su oportunidad. La recuperación de la confianza y el pago de una deuda acumulada equivalente a la reforma tributaria aprobada al actual gobierno. El asunto es de plata. ¿De dónde saldrá?
Desde el punto de vista fiscal el margen de maniobra del próximo gobierno será, cada vez, menor. En los últimos cuatro años Colombia ha pasado de ser un país considerado como “estable”-con una deuda inferior al 60 % del PIB– a uno en riesgo fiscal, con una deuda que se acerca al 70 %. El pago de intereses ya representa el 40 % del servicio de la deuda. El país ya no solo se endeuda para invertir. Se endeuda para pagar intereses de la deuda pasada.
La baja en la calificación crediticia genera un mayor costo, aún, de endeudamiento por el aumento de la prima de riesgo. Se ha calculado que su impacto será del 1 % al 2 %. Gastar sin responsabilidad pasa factura. En el gobierno Petro Colombia pasó de tener una deuda manejable, con intereses estables, a un estado de credibilidad deteriorada e intereses altos. Ya no se trata de cuánto debe nuestro país, sino de cuánto le cuesta deber. Colombia dejó de endeudarse para crecer e invertir y empezó a endeudarse para sostener su propia deuda.
En cuanto a la inflación, la cifra de 5,56 % con tendencia ascendente ya está corroyendo el aumento del mínimo que benefició a 2,4 millones de colombianos. A los 11,4 millones que ganan menos del mínimo les afecta mucho más. El gasto desbordado del gobierno no deja otro camino que restringir la demanda por la vía de las tasas de interés. Parte del nudo gordiano.
El próximo presidente no podrá darse el lujo de administrar este nudo: tendrá que cortarlo con decisiones difíciles, técnicas y políticamente costosas. No habrá espacio para improvisaciones ni para relatos que sustituyan la aritmética. Resolver la crisis de la salud, recuperar la sostenibilidad fiscal, contener la inflación y reactivar el crecimiento, más que discursos, exige disciplina. La realidad no admite más disquisiciones filosofales.