Lo ocurrido en el Congreso, con la parálisis de los proyectos del gobierno, pero también en la opinión, luego de observar encuestas, marchas y contramarchas, solo se puede interpretar como un inocultable fracaso en su gestión y un llamado a reflexionar antes de proponer una nueva coalición que haga posible su gobernabilidad. Le corresponde hacer las paces con buena parte del Congreso y de sus electores, hoy desertados de sus filas, pero, sobre todo, con el país y el mundo real.
Si el objetivo de los gobiernos consistiera en promover la polarización podríamos reconocer que, en esto, ha tenido éxito, luego de observar las marchas de la oposición y las que anuncia. Administrativa y políticamente el gobierno no funciona, con la notoria excepción de los ministros de Hacienda quienes han procurado mantener la estabilidad fiscal para atenuar la incertidumbre generada por el mismo Petro y otros miembros de su gabinete. El presidente debe pasar del negacionismo sobre sus errores a proponer, de manera constructiva, una nueva coalición. Nuevamente se encuentra ante la disyuntiva de seguir atendiendo al núcleo duro de sus electores o gobernar para todos los colombianos.
La estrategia de cooptar a los congresistas liberales con el nombramiento del ministro Velasco no le ha dado los resultados esperados, una tarea que seguirá intentando antes del inicio del nuevo periodo legislativo. En la recta de unas elecciones regionales en las que, todo indica, el gobierno recibirá más mensajes contundentes, la reconstrucción de la coalición debe pasar por un consenso claro y preciso sobre sus alcances y viabilidad. ¿Luego del fracaso de las reformas será Velasco el gestor apropiado? Dependerá de la capacidad autocrítica del mismo Petro y la orientación que resuelva dar a su gobierno: la búsqueda de consensos o una ruptura total. De su decisión de avanzar hacia unas reformas que el país necesita para resolver en armonía problemas de todos, con la participación de todos, o de continuar en la perspectiva de la confrontación. En el primer caso Velasco ya habría tenido su oportunidad.
Si, como muchos proponen, tuviésemos un régimen parlamentario las cosas serían diferentes. Sin mayorías parlamentarias Petro no habría alcanzado jamás la presidencia lo que no significa, por analogía, que, en nuestro régimen presidencialista democrático, se pueda gobernar haciendo abstracción del congreso, de la libertad de prensa o del poder judicial. Le corresponde buscar acuerdos, consensuar. Un rasgo de su talante que, infortunadamente, no hemos observado.
“Esto no es a las malas. Esto es con acuerdos”, reconoció su exministra Cecilia López. Las reformas, insistimos, deben tomar en cuenta la opinión de los diferentes actores. Habiendo ninguneado los análisis presentados por gremios, academia y tanques de pensamiento, resulta increíble que el gobierno no hubiese mostrado un estudio sobre el grado de satisfacción de los usuarios del sistema de salud. O que no conozcamos sus propios estudios sobre los empleos que se ganarían o perderían con la reforma laboral y su impacto sobre salarios, utilidades e impuestos. Sus costos y beneficios en lugar de sofismas del tipo “la salud es un derecho no un negocio” como único argumento.
¿Tendrán en cuenta las reformas los efectos de la disminución en la actividad económica que se empieza a observar? Una nueva coalición puede tener como referente los principios ideológicos o políticos del gobierno, pero debe reconocer otros puntos de vista; el sistema legal y de ninguna manera desconocer los principios de la ciencia, la economía, la administración y la misma realidad. No puede seguir privilegiando supuestas lealtades o razones puramente políticas sobre probados criterios técnicos.
Antes de intentar la conocida ruta sin regreso del populismo autoritario –supuesta representación del pueblo ad infinitum y cooptación o silenciamiento de los contrapesos-, esperamos que a Petro le vaya mejor con su nueva coalición. Si insiste en su estrategia de lidiar, en su imaginación, con espejismos de golpes y molinos de viento, útiles solamente para excusar el fracaso en su gestión o justificarla, corremos el riesgo de que luego de los tres años que le quedan no debamos reconstruir alguna coalición sino nuestro país.