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¿Pena moral o amarillismo político?

Luis Carvajal Basto

03 de octubre de 2008 - 05:46 p. m.

Lo ocurrido en Chía no describe nuestra realidad. Pero la reacción de muchos oportunistas que convirtieron  esta tragedia en materia prima de sus aspiraciones políticas, tampoco. El principio de “todo se vale” pudo llevar al asesino a cometer el crimen, pero es inaceptable e intolerable el protagonismo de muchos “dirigentes” que parecen aplicarlo.

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¿A qué horas las gentes trabajadoras y apacibles de Chía se convirtieron en actores de un insuceso tan cruel y terrible? Ese municipio ha sido sinónimo de almojábanas y masato; de juego del tejo o turmequé; de parranda pacífica y de fábulas de dioses y diosas ancestrales, pero no de asesinatos.

Pues fue a la misma hora que en Colombia nos familiarizamos con la barbarie, la corrupción y el crimen sin que los “políticos”, de nueva y vieja estirpe, que ahora se rasgan las vestiduras, movieran un dedo para impedir el deterioro de nuestros valores y convivieran tan tranquilos con una “cultura” detestable en que matar sin recibir castigo se volvió parte del juego.

Fue en el mismo periodo que muchos de ellos” pasaron de agache” las masacres de narcotraficantes con overol de guerrilleros o paramilitares. En el que se corrompieron muchas Instituciones, en el que se ha perdido el temor a Dios y a la Ley. En el mismo periodo en que “políticos” que pretenden no parecerlo, han propuesto confrontar una violencia enquistada en nuestras costumbres, a punta de consejos y símbolos, al estilo Mokcus y cía.

Si alguna lección puede dejar un crimen como el de Chía, es que la pena que debe recibir el asesino y la pena moral que sentimos todos, no disminuye el castigo que debe recibir una sociedad que ha dejado hacer a los criminales y ha convivido con ellos.

La Ley es el resultado de un acuerdo entre todos los ciudadanos en el que cada uno cede parte de sus Libertades en aras de la convivencia en común. Para que el sistema funcione se imponen penas. Mayores o menores, estas deben ser respetadas. El asunto no consiste en la gradualidad de las penas sino en la perdida de los valores, la extemporaneidad de la Justicia y la carencia de alcances de una autoridad que debe garantizar las Libertades.

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Por eso no procede el discurso genérico que a veces nos recetan desde  sociedades que han tenido procesos de evolución bien diferentes como las europeas. Persuasión y dialogo no excluyen fuertes sanciones y penas hasta que  equilibrio y orden sean restablecidos.

No es disminuyendo sino aumentando la capacidad de regulación de las Instituciones y el Estado como podremos salir de la situación de deterioro en que nos encontramos. Y mucho menos, como lo hacen políticos expertos en acaballarse sobre temas sensibles para adquirir protagonismo, cada vez que pueden. Eso es amarillismo político  de la clase peor. ¿Será su naturaleza? Qué asco.

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