El nombramiento de José Antonio Ocampo en el ministerio de Hacienda es prenda de garantía. Será el polo a tierra en el acelerado tránsito del Petro candidato al Petro presidente. ¿Se harán realidad las promesas ofrecidas a sus electores? Ocampo conoce las respuestas mejor que nadie. Las posibilidades reales; su dimensión y límites.
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La columna del nuevo ministro de Hacienda en El Espectador, titulada de manera premonitoria “Las perspectivas de la economía colombiana bajo la administración Petro” el pasado 26 de junio, antes de su nombramiento (ver aquí), es una radiografía de la situación de nuestra economía y de sus retos más importantes. También se puede considerar como el marco mínimo, realista y necesario. Una hoja de ruta para la gestión del entrante gobierno que, en verdad, no tenía. Allí explica y describe particularidades, referentes y antecedentes históricos de nuestra economía, aunque parezca más un programa de gobierno, seguramente, por el momento en que se escribió. ¿Comprendemos los límites precisos entre política —por supuesto gobierno— y economía? Ocampo los conoce como pocos. Conoce también sus líneas rojas y puntos de fusión.
Ocampo, en un momento de gran incertidumbre, arroja luces y certezas indispensables: Reducción de la desigualdad, equilibrio fiscal y reforma tributaria, sin asfixiar la economía. Reforma agraria utilizando la legislación vigente. En sus planteamientos es evidente el reconocimiento de los avances en universalización de la salud y educación de gobiernos anteriores, rectificando, con justicia, postulados de la campaña, según los cuales todo estaba por hacer. También reconoce la manera como nuestra economía ha reaccionado frente a la pandemia y su evidente dinámica de crecimiento, así como la mejora coyuntural de la situación fiscal. Sin embargo, una indispensable reforma pensional no queda clara y tampoco la manera como mejoraremos los niveles de eficiencia en la gestión pública sin un plan concreto contra la corrupción que el gobierno Petro entra debiendo. Inexplicablemente hace abstracción de las promesas suicidas de ir parando exportaciones e ingresos de carbón y petróleo.
En vista de que nada ha cambiado tanto la última semana, como economista puedo suponer que tales principios y postulados se mantienen por parte de Ocampo ahora como ministro. Pero, ¿su visión y propuestas serán las de Petro? Los dos debieron tener, antes de aceptar el cargo, un natural proceso de conciliación, o deben tenerlo antes de su posesión. Será, en términos prácticos, el aterrizaje de Petro. El blanco y negro entre lo que prometió y lo que se puede hacer considerando las realidades de las finanzas públicas y de la economía nacional y mundial. Como tantas veces hemos insistido desde esta columna, a candidatos y gobernantes debe recordarse que el mundo real existe y “buenas ideas” no son suficientes para pasar, olímpicamente, por encima de leyes objetivas — comenzando por la Ley de gravedad— a riesgo de lamentar graves estropicios.
Ocampo, a quien debemos reconocer su conocimiento y experticia, se ha caracterizado a lo largo de su vida académica y profesional, por una visión holística e histórica al explicar hechos y sucesos económicos y formular políticas. Su mirada de mediano y largo plazo no le lleva a desconocer la realidad que vivimos; sus causas y consecuencias. Los faros del automóvil del gobierno iluminando el horizonte, pero los neumáticos sobre el piso. Ese reconocimiento debería ser suficiente para reducir la incertidumbre, alentar la inversión y exorcizar demonios atribuidos —básicamente por las irrealizables promesas de campaña— al primer gobierno “de izquierdas” que tenemos en mucho tiempo, pero…
Todo debe decirse. Gobernar, a diferencia de prometer, se trata de administrar recursos escasos y necesidades ilimitadas en un escenario de turbulencias imprevistas y diversidad de intereses que deben ser conciliados buscando el interés general y el bien común. Ya se escuchan voces, desde sus propias huestes, cuestionando duramente sus incipientes movidas en busca de una gobernabilidad, que necesita en el mundo real del que ahora se ocupa. Ahora Petro será el presidente de todos los colombianos, aunque no le ayuden sus antecedentes: Cinco meses después de posesionado como alcalde de Bogotá, 12 miembros de su equipo de gobierno le habían renunciado y al cumplir 24 meses, 24 funcionarios de primer nivel —uno por mes— hicieron lo propio.
Para tranquilidad de inversionistas y empresarios; de los 11 millones de ciudadanos que no votaron por él y por el bienestar de todos, cabe esperar que este Petro modelo 2022 resulte más estadista y menos eficaz agitador de masas; que no repita ambigüedades, arrebatos —como con las basuras— y errores. Por el bien de Colombia esperemos que funcionarios de la talla de Ocampo, al aceptar prestar un servicio a Petro y al país, duren hasta que renuncien, siempre después de un aterrizaje que desde ya se le empieza a complicar, claro.