Es ingenuo poner en discusión si Putin quiere invadir a Ucrania o si se trata de una guerra de información. Si lo dejan las circunstancias, la OTAN y los Estados Unidos, con seguridad lo hará, si le conviene. La situación creada en Ucrania y el mundo por la inminente invasión confirma la fragilidad institucional del multilateralismo y la obsolescencia de las instituciones creadas en la posguerra. En la era de la información, la desinformación, la inteligencia artificial, el metaverso y los satélites, como en el medioevo, los conflictos externos se siguen utilizando para perpetuarse en el poder.
Pareciera que para el presidente Putin, atornillado al poder desde 1999, los derechos, pero no las deudas con la historia y la humanidad, de la Unión Soviética estuvieran vigentes, y con ellos los antiguos límites de la cortina de hierro. El antecedente de la anexión de Crimea hizo recordar el paso de los ejércitos soviéticos que, automáticamente, convirtieron a países como Rumania, Checoeslovaquia y Hungría en supuestas repúblicas socialistas. Igual que en Crimea, no se trata de Ucrania sino de Rusia, y más exactamente de mantenerse en el poder a cualquier costo, como hacen los dictadores, aunque tenga al mundo con los nervios de punta ante la inminencia de una guerra. Para Putin la mejor garantía de que Ucrania no se una a la OTAN puede ser invadirla, aunque diga otra cosa.
Luego de veintitantos años ejerciendo un gobierno omnímodo en Rusia, es un sofisma discutir si sus verdades lo son o si lo suyo se trata de una dictadura. Desde ese punto de vista lleva larga ventaja a los países de la OTAN y Occidente: mientras ellos cambian de funcionarios, políticas y gobiernos, el suyo tiene continuidad y permanece. Conoce a la perfección fortalezas y debilidades. El líder, en este caso el caudillo, a diferencia de lo que pasa en los países democráticos, se encuentra por encima de las instituciones.
¿Y cómo lo ha hecho? Con la formula conocida de modificar instituciones y reglas a conveniencia para convertir su régimen en una dictadura legal – diferente a legítima- incorporando el derecho de encarcelar o desaparecer a quien se le oponga. Al cándido Navalni lo envenenaron y luego lo pusieron preso, como a muchos otros en ese país, en Cuba, Nicaragua o Venezuela, sus asociados. Somos demócratas, mas no imbéciles como para no registrar una patente que con la excusa de defender sus intereses encarcela, exilia o desaparece.
¿A quién enfrenta? No se trata de la OTAN, sino de la democracia, enemiga natural de las tiranías. Como ocurre en los países libres, existen opiniones diferentes, incluso dentro de la misma Unión Europea, sometida ahora a una verdadera prueba. Ante el poder militar, económico y el gas de Putin, el maravilloso experimento europeo puede consolidarse o resquebrajarse, considerando lo ocurrido con el Brexit, donde muchos vieron su largo brazo extendido a las elecciones catalanas y estadounidenses.
Los Estados Unidos de Biden, como corresponde, han sido solidarios y, hoy por hoy, son el único contrapeso que Putin considera. El liderazgo democrático estadounidense quedó convaleciente luego del aislacionismo mercantilista de Trump, amigo y aliado del caudillo ruso y también de Bolsonaro, quien precisamente lo visitó en el momento en que la duma rusa le “pidió” aceptar la independencia de sus también amigos, los separatistas ucranianos.
Biden, observado con lupa en su propio país por su política exterior luego del retiro de Afganistán, se juega mucho en las elecciones de noviembre en las que se renovará un decisivo tercio del senado. La horda trumpista sigue al acecho, y luego de la pandemia y sus efectos no se puede equivocar. Tampoco puede olvidar la reconocida amistad entre Putin y Trump.
Para Putin, como lo fue para Stalin o Hitler, la añoranza de una patria inmensa sigue funcionando como señuelo que atrapa ingenuos dispuestos a sacrificarse por un pretendido “bien mayor”. En ausencia de unos mínimos en el orden mundial con capacidad coercitiva, y de razones, la fuerza de su poder militar es, para él, el único argumento a considerar. Aunque su desafío a un occidente democrático que institucionalmente no existe pueda devenir en un conflicto que no sabemos cómo ni cuándo empieza y mucho menos cuándo termina.