La propuesta del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, para reemplazar a la OEA, que pasó desapercibida en Colombia, intenta canalizar un difícil periodo para las instituciones en América Latina, pero no logra superar la retórica propia de los candidatos en un momento en que, más que promesas, la región requiere unidad y lo mejor de sus gobernantes. El afán de recuperar el liderazgo que le acaba de ser negado en su propio país le ha llevado a intentar convertirse en mediador en una región con fisuras, pero no dividida.
“La propuesta es, ni más ni menos, construir algo semejante a la Unión Europea, pero apegado a nuestra historia, nuestra realidad y a nuestras identidades. En ese espíritu, no debe descartarse la sustitución de la OEA por un organismo verdaderamente autónomo, no lacayo de nadie”, fueron sus palabras, con las que intenta recoger un espíritu independentista, expresado en su momento por el mismo Libertador, pero luego explotado por muchos otros para justificar sus dictaduras -para las que la OEA se convirtió en obstáculo-, entre quienes se destacan Fidel Castro, Hugo Chávez y, más recientemente, Maduro y Ortega, todos aferrados al poder en nombre de sus conveniencias y “verdades”.
Se extraña en esta propuesta al López que, luego de mucha ideología, negoció pragmática y amistosamente con quien abanderó un muro en la frontera de su propio país, el entonces presidente Trump, a quien también visitó fraternalmente en lo más álgido de las elecciones en Estados Unidos, lo que se entendió por muchos como una muestra de respaldo a su frustrada reelección. El nuevo tratado entre México, Estados Unidos y Canadá o T-MEC, sucesor del NAFTA, una promesa de campaña de Trump y un mercado indispensable para México, pudo más que los históricos y manifiestos recatos del presidente López Obrador y su retórica antiyanqui.
¿Estará dispuesto a renunciar al T-MEC, para refundar o construir otra OEA con Ortega, Maduro y eventualmente el presidente Castillo? No parece, a pesar de sus discursos, tan proclive a ello. Las ideologías, además de insumos en campañas electorales en las que se convirtió en experto, suelen contrastarse en algún momento con el mundo “real”, sin que se pueda afirmar que el ejemplo por él citado, la Unión Europea, sea una muestra de materialización de propuestas ideológicas, siendo más bien uno de hechos prácticos que comenzó con la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, mediante el cual el aprovechamiento de un mercado ampliado y economías de escala hizo posible un mejor nivel de vida a los ciudadanos europeos, mucho antes de transformarse en un proyecto de unidad política, lugar por donde propone comenzar el presidente López Obrador.
La deficiente inserción de las economías latinoamericanas en la globalización, su disfuncionalidad con los Estados nacionales y el régimen político, ha tenido efectos negativos en las instituciones y la democracia, permitiendo la reaparición de expresiones populistas, como la representada por López Obrador, en la región y el mundo.
Pruebas de esta hipótesis se pueden encontrar en estudios como el Latinobarómetro, un análisis plural realizado por múltiples entidades prestigiosas de los diferentes países, según el cual a medida que la satisfacción con la economía en la región cayó en el periodo 2010-2018 a la mitad, desde 30% hasta 16%, otros indicadores fundamentales también lo hicieron: el apoyo a la democracia, desde 61% hasta 48%; la aprobación de los gobiernos, desde 60% en 2009 hasta 32% en 2018; la confianza en los partidos, desde 24% en 2009 hasta 13% en 2018, y la confianza en los gobiernos, desde 45% en 2009 hasta 22% en 2018. Nos encontramos pisando un terreno propicio para los discursos de salvadores y redentores con ideas mágicas, como terminar con la OEA, argumento que López no recordó en la era Trump.
Más razonable podría ser una propuesta para integrar las demás economías latinoamericanas a ese mercado ampliado del que su país hace parte, el T-MEC, contando con una inmensa demanda que las dinamizaría, aunque no suene tan rimbombante y eventualmente nos transformemos en sus competidores. Es más fácil contar cuentos y vender ilusiones que convencer con argumentos probados desde teorías complejas y aburridas, como la de las ventajas comparativas de David Ricardo, quien hace dos siglos demostró la conveniencia para todos de la integración económica y la ampliación de mercados. Sobre la futilidad de discursos efectistas, luego de tantos fracasos y demagogia, deberíamos estar curados en América Latina.