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Ninguno de los factores que motivaron la cuarentena ha cambiado tanto como para pensar en levantarla, completamente, con responsabilidad. La enfermedad no es tan diferente, que sepamos. Tampoco la exploración en búsqueda de remedios que puedan combatirla con eficiencia. Añoramos la vacuna, pero no avanzamos. La estrategia de aislamiento para contenerla y prepararnos sigue siendo la única medida efectiva y disponible. A un altísimo costo, corresponde mantenerla.
Sin duda hemos avanzado en la preparación del sistema de salud para la emergencia, pero, por ejemplo, como consecuencia del insuficiente número de pruebas desconocemos los verdaderos alcances de la propagación en el país, sustento de cualquier estrategia diferente al aislamiento. Hasta el pasado jueves habíamos realizado, aproximadamente, una prueba por cada 1.000 habitantes. Ese mismo día Italia había realizado 18.9; Corea del Sur, 10.3; Turquía, 5.7 y Ecuador, 1.5. Como consecuencia de las medidas de confinamiento decretadas por el Gobierno y la expansión “tardía”, la tasa de decesos por millón de habitantes demuestra que, hasta ahora, hemos logrado contenerla: mientras en Colombia llegábamos a 2.9, en Ecuador era de 23.6, en Estados Unidos de 105.9 y en España de 413. Las cifras revelan que estos logros se deben defender aunque tenemos trabajo por hacer y para consolidar lo realizado debemos lograr seguimiento detallado de las personas afectadas.
¿Está “listo” el sistema de salud? Ni este ni ninguno en el mundo lo estaba y difícilmente lo estará. Un levantamiento indiscriminado de la cuarentena lo desbordará haciendo perder el escaso control que tenemos sobre la evolución de la enfermedad. El Gobierno, sin embargo, debe propender por una economía funcionando a un nivel básico, para lo cual debe alargar los alcances de su intervención. Toca “financiar” la cuarentena, como lo ha venido haciendo, pero en mucha mayor profundidad, llegando a los más necesitados y a las empresas que sostienen los empleos.
La lógica económica con que el mundo venía funcionando, en la emergencia y por fuerza de los hechos, se está modificando. Es temprano aún para un inventario de daños, pero la financiación de la crisis desde los gobiernos ya supera el 10% del PIB mundial, una cifra que no estaba en ningún presupuesto. ¿Nos vamos a endeudar? Por supuesto. ¿Eventualmente tendremos que disponer de las reservas? Se trata, precisamente, de “reservas” para emergencias como la que estamos afrontando. Solo el gobierno conoce el momento en que necesitará echar mano de esas y otras fuentes de recursos, pero ya debe tener el cálculo de lo que costará mantener los ingresos de la gente y el monto que, en cada momento, necesitará.
El respaldo y la unidad nacional en torno al Gobierno, tácita hasta ahora, debe mantenerse y solidificarse. Le ha permitido actuar como se debía y contener la enfermedad. Los resultados se observan en nuestras cifras a diferencia de lo que ocurre en España e Italia y Estados Unidos, donde hordas de ciudadanos protestan contra el aislamiento decretado por las autoridades estatales y locales en un año electoral que ha definido la actitud ambivalente del gobierno federal ante el virus. Mala política con consecuencias.
El mundo, los organismos de crédito y los inversionistas deberán encontrar fórmulas para atenuar los efectos de la crisis en los países más afectados. Los criterios de las calificadoras de riesgo, una de nuestras principales fuentes de preocupación, deberán, necesariamente, ajustarse a este nuevo e imprevisto escenario. Hasta ahora, está planteado que nuestro PIB caerá entre 2 y 3% y el déficit fiscal ascenderá hasta el 5%. Estas cifras, sin embargo, dependerán de las acciones del Gobierno, sus niveles y capacidad de inversión y gasto. También del acompañamiento de la ciudadanía y de un marco propicio para la inversión privada, lo que se puede lograr otorgando garantías en proyectos futuros.
La cuarentena no puede terminarse, pero corresponde matizarla, financiarla, y nadie más que el Estado puede hacerlo. Corresponde comprender y ayudar. No es momento para sensacionalismo ni politiquería.
