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Pasado un mes de iniciadas las movilizaciones hemos confirmado, día por día, la vigencia de la ley de Murphy según la cual toda mala situación es susceptible de empeorar. La economía, la credibilidad en las instituciones y hasta nuestras graves condiciones de pobreza, se han deteriorado y no es difícil prever que la incertidumbre, un factor determinante en las decisiones económicas y en nuestro devenir, se mantendrá cuando menos hasta las presidenciales. Pese a ello la mala política, gran responsable de lo que ocurre, también puede empeorar.
Sin desconocer los intereses electorales detrás del paro ni la influencia de organizaciones criminales que han usufructuado el descontento para desestabilizar, el dedo acusador de la opinión y el de la historia señalan a un liderazgo político que ha convivido y promovido corrupción y exclusión durante décadas. Una clase política que desaprovechó “todas” las oportunidades de auto reformarse incrementando su divorcio con sectores de la población liderados ahora por los jóvenes –históricamente expresión del descontento y promotores de cambio, pero no necesariamente garantía de buenos gobiernos– que han salido a marchar.
El reconocimiento de sus expectativas y necesidades, las de otros sectores que se sienten excluidos del sistema, así como sus demandas, afortunadamente, se encuentran respaldadas por una Constitución también joven aún por desarrollar. No podemos decir lo mismo del liderazgo político que debe interpretar el sentimiento expresado por los jóvenes como indudable señal de su caducidad. En nuestro país, a diferencia de Chile, por ejemplo, el problema no está en las leyes sino en ese liderazgo político convertido en lastre del progreso social.
Luego de observar lo sucedido es tan estúpido pensar que en Colombia no pasa ni pasará nada, como creer que, destruyendo las instituciones, los bienes públicos y privados, la economía y los empleos, resolveremos algo. “A veces es necesario que esas cosas ocurran”, dijo un simpatizante de las manifestaciones convertidas en caos, reproduciendo una frase de Bakunin, santo patrono de la causa anarquista, según la cual “la pasión de la destrucción es, también, una pasión creadora”. Un poco de ello hay detrás de los sectores políticos que se consideran “nuevos” y pretenden destruir todo lo que existe con tal de ganar: las instituciones, el mobiliario público, la confianza en nosotros mismos para, supuestamente, crear otros “superiores” en su tierra prometida.
Existen referentes obligados para eventuales “acuerdos” que no pueden ser negociados. Inamovibles como el imperio del Estado de derecho, la Constitución y los Objetivos de Desarrollo Sostenible promulgados por la ONU. Más difusa y plural, la historia real, con innumerables lecciones como las de Chile y Venezuela, para citar casos recientes y conocidos. En nuestra hermana Venezuela el agotamiento del sistema político promovido por malos políticos, como ocurre aquí, desembocó en el caos del que no logra salir, mientras en Chile una política de exclusión ideologizada tuvo como resultado una dictadura cuya herencia hasta ahora comienza a recomponer. ¿Repetiremos esos viajes hacia el desastre en Colombia o seremos capaces de encontrar una salida sensata ante la polarización? Todavía depende de nosotros.
Muchos de los hechos y actitudes observados en Chile, por cuenta de las redes se reproducen ahora en Colombia como si se tratara de un modelo o ejemplo para seguir. Allí han encontrado como salida una nueva Constitución. A diferencia de Chile, sin embargo, nuestra Constitución es reconocida mundialmente como una Constitución progresista y “de avanzada”, aunque le falte sincronía con la revolución digital. Aquí las consecuencias pueden ser más graves. A diferencia de Chile tenemos antecedentes de conflictos desde la creación de la República, durante gran parte del siglo XIX, pasando por la violencia y el conflicto con las Farc, distorsionados negativa y decisivamente por el narcotráfico, como sigue ocurriendo también en el paro.
Haríamos muy mal en desconocer que nuestro modelo político, caracterizado por una sistemática e irracional exclusión y debilitamiento de fuerzas políticas y partidos, se encuentra en crisis. Pero no deseamos sustituirlo por la anarquía o, como ocurrió en Venezuela, por un régimen aún peor.
