Mientras los mensajes del mundo real se multiplican, rechazando buena parte de sus reformas, en lugar de lograr consensos sube las apuestas y aumenta la incertidumbre al amenazar con “la calle” o la desinstitucionalización promoviendo el lentejismo. El hundimiento de la reforma política y lo que empieza a ocurrir con las demás obligan al gobierno a replantear la coalición y a definir una nueva hoja de ruta, ojalá armonizada con el país real.
La negociación con congresistas al menudeo y una campaña que ya comenzó contra “el Estado de opinión” -no tiene oposición, pero está logrando una- hacen parte de la nueva estrategia, pero sus problemas de gobernabilidad apenas comienzan en el Congreso. El llamado de atención de los gobernadores, la multiplicación de bloqueos -incluida la debacle aérea ante la cual apenas reacciona- y el deterioro del orden público lo invitan a reflexionar sobre su falta de sintonía con el país y los ajustes que necesitarán sus propuestas de “paz total”, en un momento en que los Estados Unidos le comienzan a pedir más resultados que discursos en la erradicación.
La coalición, en la práctica, se rompió y no se sabe cómo hará Petro para recomponerla o si tendrá genuino interés en conseguirlo. Que hubiese presentado la reforma a la salud sin tomar en cuenta las propuestas de sus socios de coalición resulta incomprensible. La reacción del mismo Petro, del presidente del Congreso y de la ministra de Trabajo, amenazando con la calle para forzar al Congreso, anticipan lo que sería un tremendo error de su parte. Ahora está llamado a mantener el orden en lugar de alterarlo y le queda difícil responsabilizar a los demás de lo que, siguiendo las reglas de la democracia, no puede lograr. Incitar a la radicalización, en las actuales circunstancias, más que ayudarle lo perjudicará.
El autismo que se observa en el gobierno no llevará al actual ni a ningún ministro del Interior a conseguir mayorías, ni siquiera aumentando las dosis de mermelada. Frente a la reforma a la salud, por ejemplo, no ha escuchado múltiples estudios, ni a los miembros de la coalición ni el sentir unánime de la opinión en todas las encuestas. Tampoco las voces de sus ministros con mayor experiencia. Petro sigue encerrado en sus discursos, sustentados en realidades del siglo pasado, como se observa en la proyectada reforma laboral que ignora las nuevas realidades y los nuevos trabajos en la sociedad digital.
La postura de los gobernadores, una invocación básica a principios constitucionales -Libertad y orden-, no son expresiones de “la derecha” como se han querido presentar. Recogen el sentir de la gente en las regiones y reflejan el clima de desgobierno que se vive, con las autoridades maniatadas esperando la “paz total”. Es de tal magnitud el problema que los políticos de oficio, siempre atentos, ya comenzaron a proponer la bandera de la federalización como si el fracaso y la corrupción asociadas a nuestra fracasada descentralización no fuera suficiente lección. ¿Dejaremos de ser una república unitaria en el actual gobierno? ¿Nos desbarataremos como nación?
Ningún colombiano medianamente sensato puede dejar de advertir que las confusas propuestas del presidente necesitarían décadas para materializarse, así como cambios profundos en la realidad económica y geopolítica mundial que no dependen de nuestro gobierno. Su mandato es limitado a nuestro país; es de solo cuatro años y ya va completando el primero. Sus caprichos encuentran en las elecciones de octubre un duro escollo: a los políticos les queda difícil complacer a Petro contra el interés general y la voluntad popular. Los congresistas -que no tienen vocación suicida- harán sumas y restas entre los réditos de la mermelada y el desprestigio. La ley de bancadas, excepcionalmente, les puede ayudar a decidir.