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29 Aug 2022 - 5:00 a. m.

Un nuevo Plan Colombia para una “Paz total”

La consigna presidencial, en sí misma, puede significar el reconocimiento de que los acuerdos de 2016 fracasaron o, cuando menos, presentan muchos pendientes. La paz no ha sido total luego de los gobiernos del expresidente Santos. No por la ausencia del Eln o por falta de cumplimiento de los acuerdos de parte del gobierno Duque. Se trata, claramente, del narcotráfico que, como en 2016, permanece imperturbable. Mientras el consumo sea ilegal, traficar drogas seguirá siendo rentable, generando violencia. ¿Es hora de despenalizar?

Es complejo establecer si el conflicto en Colombia impulsó el cultivo y producción de droga; si sucedió al contrario o concurrieron ambos fenómenos. También puede ser inútil establecerlo. Se trata de lo que podemos hacer en las condiciones existentes. Luego de medio siglo de declarada la guerra contra las drogas, los hechos están allí. Su fracaso no puede ser más evidente. Por las mismas razones, utilizadas frecuentemente como pretexto político, en el gobierno de Petro se siguen asesinando líderes sociales, ciudadanos inermes y miembros de la fuerza pública. Se trata del narcotráfico, igual que ayer.

Nadie puede incomodarse porque los gobiernos de Estados Unidos y Colombia exploren soluciones diferentes en vista del fracaso de las estrategias del pasado. Mientras en Colombia aumentan el consumo y la violencia, en Estados Unidos clínicas y morgues siguen congestionadas por abusos de drogas. De acuerdo con el más reciente informe mundial de drogas de la ONU, en los últimos 10 años la demanda creció un 26%. Se trata de 284 millones de consumidores, un 5,6% de la población mundial. La guerra sigue fracasando.

El informe también tiene hallazgos de gran utilidad para el diseño y ejecución de políticas diferentes: en las regiones en que se legalizó el consumo de marihuana, si bien aumentó el número de personas que la usaban, disminuyó la violencia asociada y las hospitalizaciones. La erradicación voluntaria de cultivos muestra, por mucho, resultados más duraderos y exitosos que la erradicación forzada. Los presupuestos de prevención, en los países de menor desarrollo, siguen siendo empíricos y escasos. Un reflejo de lo que vemos aquí.

Los gobiernos de Colombia y Estados Unidos parecen coincidir en que la guerra ha fracasado. Una agenda que comparten con sus preocupaciones sobre el medio ambiente y redistribución del ingreso. Ello no significa que tengan consensos en sus países ni definida una política pública alternativa. Las declaraciones del señor Gupta, director de la Oficina de Política de Control de Drogas de la Casa Blanca, según la cuales “se está impulsando una nueva era sobre la política de drogas que es holística, basada en ciencias compasivas y enfocada en las personas” son convenientes, pero abstractas e insuficientes. Su llamado al departamento de justicia de su país para coordinar una nueva estrategia con el gobierno de Colombia confirma que se encuentran en una fase exploratoria, como el gobierno de Petro.

Mientras tanto, los problemas ocasionados por las drogas siguen vigentes y los padecemos diariamente como parte de nuestras vidas. Las medidas asumidas por el ministro de Defensa, otro paso hacia la “paz total”, reflejan el talante del nuevo gobierno, pero no una política consistente ni con recursos suficientes. Sin que tengamos claridad sobre la nueva política contra las drogas se está desmontando la existente. Solo a los narcotraficantes les conviene este periodo de ambigüedad.

Si se tratara de sintonía o buenas ideas, ningún momento mejor que el actual para cambiar la fracasada estrategia en la guerra contra las drogas. Un nuevo plan Colombia, financiado por los Estados Unidos y la Unión Europea, con énfasis en los temas ambientales para financiar la sustitución y compra de cultivos alternativos, le daría a la “paz total” una consistencia que hoy no tiene. Estando probada la ineficacia y costos de prohibir el consumo y permitir, en la práctica, el comercio de drogas, están dadas las condiciones para intentar otras opciones que en todo caso pasan por los filtros de la política real: las próximas elecciones de Congreso en Estados Unidos, en las que Biden se juega su futuro —y con él cualquier acuerdo con Colombia—, así como el llamado acuerdo nacional, que en Colombia está pegado con “babas” y es más expectativa que realidad.

@herejesyluis

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