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El Gobierno de Gustavo Petro nos recuerda la fábula del rey desnudo, quien “vestido” con telas invisibles que le fabricaron sus asesores salió a las calles desnudo, convencido de que eran visibles, solamente, para una minoría de iluminados. Las reformas que de manera tozuda propone, sustentado en sus deseos, poder y autoridad, avanzan en sentido contrario a lo que la ciencia y el conocimiento disponible aconsejan. Contra la opinión mayoritaria y buena parte de sus propios electores.
Al confirmar la advertencia de este columnista sobre un presidente errático y, cuando menos, despistado, una justificación, según la cual los derechos de las minorías que dice representar, no logra explicar su desprecio por las opiniones contrarias, las múltiples voces disidentes, y los intereses de grupos políticos, gremiales, profesionales y sociales, convertidos por sus vetos en silenciosas mayorías.
Las constantes metidas de pata y reversas del gobierno ya no se pueden considerar hechos aislados. Revelan un problema más de fondo; un hilo conductor. Se encuentra peleado con la realidad, pero, cada vez que esta se le revela, caprichosamente, persiste en sus difusos e inacabadas ideas, como si tal. Gobierna como en su trino sobre los niños desaparecidos. Actúa precipitadamente, utilizando supuestos y fuentes no confiables mediadas tan solo por sus propios deseos. Así ocurrió con la política planteada por la ministra de Minas, en su momento reafirmada por el presidente y el nuevo presidente de Ecopetrol, pero recientemente reversada, parcialmente, por este último. Ocurre con la “paz total”, objetivo de su campaña y su gobierno, de la que ahora se desdice al afirmar: “no es que lo tengamos claro en la cabeza, una perspectiva de paz, la prensa le llamó «paz total», a mí el nombre me gusta, pero ese ya es el nombre con que quedó”. Viene ocurriendo con la reforma a la salud, objetada por las asociaciones científicas y una mayoría de los usuarios del sistema, y más recientemente con las proyectadas reformas laboral y pensional, cuyos nocivos efectos han sido advertidos por el mismo Banco de la República y todos los estudios conocidos de prestigiosas entidades nacionales e internacionales.
Va quedando claro que el presidente obedece solo a sus caprichos; a una particular verdad que solamente él y sus iluminados suponen, frente a la cual han estado y están dispuestos a pasar por encima de los intereses y voluntad, incluso, de quienes dicen representar. Ello les permite amenazar con “la calle” al Congreso si no se aprueban sus reformas; desvirtuar los partidos para negociar al detal con cada congresista; calificar como intento de “golpe” o amenazar con la CIDH las manifestaciones de disenso, y más recientemente presionar a la Corte Suprema con el supuesto de una conspiración, también invisible, para no dejarlo ternar fiscal. Con sus advertencias sin fundamento, en realidad pretende deshabilitar el ejercicio de cualquier contrapeso.
No deja de parecer extraño que el presidente de la “paz total”, como cualquier rey desnudo; en este caso, desnudado por la evidencia, quien debe representar la unidad de la nación, sea el mismo que diariamente, a través de sus mensajes, promueve su polarización y división. Que frecuentemente amenaza y busca pleitos en lugar de armonizar los intereses de sus gobernados. La oportunidad para unas reformas necesarias se está diluyendo en medio de un debate alimentado no por las experiencias y la ciencia, sino basado en supuestos falsos; al amparo de la mala política; los antojos personales y los egos desbordados, como en su momento hicieron quienes negaron el holocausto o condenaron a quien se atrevió a afirmar que la tierra era redonda.
