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En vísperas del mundial y emocionados como estamos con la selección de fútbol, no podemos confundirnos: necesitamos más electores conscientes que fanáticos y más ciudadanos responsables que barras bravas electorales, como parecen creerlo algunas de las campañas. Los colombianos debemos considerar razones más que pasiones al momento de votar. El domingo definiremos el futuro de nuestro país.
Hace décadas sabemos que el posicionamiento de productos y candidatos sucede en la mente de los electores, como lo explicaron entonces Al Ries y Jack Trout. También sabemos, desde el estudio del Comportamiento Electoral y la psicología política, que en términos electorales son más influyentes las emociones y los sentimientos que los programas de los candidatos. El proceso de percepción de cada quien puede reemplazar, para estos efectos, a la realidad objetiva. Pero también han evolucionado, con las redes y la Inteligencia Artificial, las formas de manipulación que no han encontrado límites éticos ni legales. Infortunadamente, nuestra legislación electoral –entretenida satanizando herramientas de análisis científico, como las encuestas– no ha tenido tiempo de ocuparse de ello. En estas elecciones se ha notado.
A los candidatos más opcionados los electores los reconocen por aspectos diferentes a sus capacidades y experiencia. A falta de debates, apenas los imaginan y los retos que deberán afrontar serán enormes. Colombia necesita empleo de verdad, inversión y estabilidad. Un análisis técnico de la gestión pública y fiscal del gobierno actual nos ha enseñado a separar los hechos verificables de las simpatías o antipatías ideológicas. Es innegable el deterioro de las finanzas públicas, los graves problemas de ejecución administrativa, los múltiples escándalos de corrupción, los choques institucionales convertidos en regla y una brecha enorme entre las promesas y los resultados.
Quien finalmente gane las elecciones deberá afrontar, de manera inmediata, la grave situación en que se encuentra el sistema de salud. Se trata de eficiencia y recursos no de discursos. Resulta difícil de entender que la mayor EPS del país, administrada por el gobierno, no tenga estados financieros publicados de los últimos años. No conocemos su patrimonio, sus pérdidas ni sus ganancias. Resultó más sencillo repetir consignas sofísticas del tipo “la salud es un derecho, no un negocio” que sumar y restar partidas multimillonarias administradas a dedo por delegados del gobierno sobre las que no rinden cuentas.
Necesitamos menos consignas y mejor criterio. Tratándose de administrar recursos, los colombianos seguimos confiando más en unas EPS perfectibles que en dirigentes políticos cuestionados. ¿Alguien se creyó el cuento de que los políticos –de izquierda o derecha– son mejores administradores o menos ladrones?
La crisis fiscal será otro de los graves problemas que quien resulte elegido tendrá que acometer. El Gobierno sobreestimó ingresos tributarios y mantuvo niveles de gasto incompatibles con los límites fiscales. El país se encuentra hipotecado en razón de que sus gastos son superiores a sus ingresos. El exceso de gasto en que ha incurrido, sin preocuparse de mejorar sus ingresos, ha hecho que los intereses de la deuda cada vez nos cuesten más. Debemos recuperar la confianza, crecer y generar empleos productivos. Dinamizar sectores estratégicos de la economía y despejar la incertidumbre energética. No se trata de tareas para contadores de cuentos, como tampoco lo será recuperar la seguridad pública.
Elijamos a quien nos parezca más capaz para realizar las tareas y no a algún justiciero de película o vengador imaginado. En los últimos años han tratado de convencernos de que cualquier debate técnico –sumas y restas– puede reducirse a alguna consigna emocional. Así fue como terminamos debatiendo más sobre relatos políticos que sobre balances financieros, indicadores de gestión o resultados reales.
