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El que nada debe…

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Luis Eduardo Garzón
29 de mayo de 2008 - 01:41 a. m.
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EN 1997 DORMÍ  CON EL PARAMILITAR Ernesto Báez cuando aún no se había desmovilizado. Aclaro que no fue ni en la misma cama ni en el mismo cuarto. En esa misma situación estaban, entre otros, los empresarios Juan Sebastián Betancourt, J. Mario Aristizábal y Manuel José Carvajal; el ex ministro Eduardo Pizano, el padre Javier Sanín y la directora de El Colombiano, Ana Mercedes Gómez. Compartíamos lo que se llamó “construcción de escenarios para la salida a la crisis del país”. Ahí, disfruté de uno de los pocos actos de reconciliación  de esta maldita guerra, pues se conformó un trío compuesto por Caicedo, dirigente comunista, el general Salcedo Lora y Báez, con un repertorio que incluía desde el Barcino hasta tangos. ¡Qué serenata y qué armonía!

Conocí Frankfurt y Ginebra por cuenta de conversaciones con el Eln. Observé el flema de Jorge Humberto Botero, ex ministro de Uribe; la reintensidad de Pacho Santos; las poses entre seminarista y profesor del guerrillero Pablo Beltrán; la sabiduría jurídica del procurador de ese entonces Jaime Bernal Cuéllar y los descuidos de Antonio Navarro, quien perdió su billetera y luego la recuperó, qué ironía, gracias al preso de ese entonces Pacho Galán, quien la encontró, intacta, con la plata y los papeles completos. Con este último pudimos, tiempo después, degustar con los ex gobernantes Fajardo, Aníbal Gaviria y Angelino los deliciosos fríjoles que aprendieron a hacer los presos en la cárcel de Itagüí, que sirvieron de marco para que el circunspecto dirigente eleno Antonio García anunciara el inicio de conversaciones con el presidente Uribe.

Y en el Caguán fui testigo de cuando, la hoy presidenta del Congreso, Nancy Patricia, compartía merienda con el extinto Raúl Reyes, sin que se le notara la más mínima preocupación por una eventual intoxicación. Pude, días después, en una reunión de representantes de partidos, ver la ojeriza de Tiro Fijo al Partido Liberal y su extraordinaria amabilidad con los godos. Mientras a Serpa lo recibió con dos piedras en la mano, echándole la culpa de todos los males del país en los últimos cuarenta años, al hoy detenido Ciro Ramírez lo trató como si fuese copartidario. De ahí deduzco por qué las Farc prefieren hacer acuerdos con gobiernos conservadores. Meses después, tuve el privilegio de compartir escenario con Íngrid Betancourt, ambos como candidatos presidenciales, donde ella tuvo el coraje de decirles en su cara lo que pensaba de los desmanes de las Farc, siendo más enfática en los destrozos morales que produce el secuestro. Creo que esa verticalidad la está pagando con creces.

¡Ah!... Y se me olvidaba. Finalizando mi gobierno como alcalde estuve un fin de semana en Caracas discutiendo con el Eln. No hice inmigración, me pagaron el pasaje aéreo y el hotel, sólo que todas esas garantías fueron gracias a mi acompañante en ese viaje, el alto comisionado, Luis Carlos Restrepo.

En fin, parte de mi vida ha sido como la del personaje de Sábados Felices, Pacífico Cabrera, el de la cabra, buscando un certificado de paz. Sin importar si mis interlocutores son ‘paras’ o guerrilla. El acuerdo de Paramillo, las audiencias del Caguán, más lo que he contado en el  libro de entrevista con Julio Sánchez, darían para que en la eventualidad de que se esté juzgando el trabajo por la paz, como mínimo, yo, termine en Cómbita.

Pero estoy seguro de que la Corte Suprema y la Fiscalía no están matando las iniciativas de paz y menos las humanitarias. Hay conmigo cantidad de persistentes por la paz. El que nada debe, nada teme. El que se reunió o hizo acuerdos para escalar la guerra no importando su origen político, pues que lleve. El que lo hizo ayer, hoy o mañana por la paz, debe seguir haciéndolo, pues nada más subversivo que desarmar la guerra.

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