LA CRISIS DEL CONGRESO DE LA República se parece a la de una discoteca incendiándose, con todos sus ocupantes tratando de salvarse, dependiendo de sus intereses. Ni siquiera cuentan con oxígeno o primeros auxilios.
Los conservadores se defienden con el argumento de que son una obra antiquísima, a mi modo de ver, más en la vía de hacer parte del Museo Nacional que de la vida política. A los de La U, su propio padre les manda a decir que los declara hijos ilegítimos sin derecho alguno. En Cambio Radical andan buscando jefe, pues en medio de esta crisis el que parió la criatura abandonó el puesto. Los liberales parecen un carro con las direccionales enloquecidas; cuando anuncia que van para la derecha, van en sentido contrario, o viceversa, y los del Polo se esconden en el baño, creyendo que, ahí, las llamas no los van a alcanzar.
El Polo, con la posibilidad de tener la mayor iniciativa política —por la autoridad que le da no tener ni una sola persona procesada por la parapolítica, haber contribuido a la congelación del TLC y haber evitado las implicaciones nefastas de Carimagua—, se ha quedado petrificado, dejando la sensación de que importa más sostener las curules de sus parlamentarios que apostarles a iniciativas realistas y posibles que le den salida a la crisis. Estoy seguro de que para la mayoría de parlamentarios esa lógica es la que funciona.
Me dirán que no es cierto y que han propuesto una asamblea constituyente, acompañada de la revocatoria del mandato del presidente Uribe. Si en este incendio el cuento de la silla y el umbral ha parecido más una cortina de humo para negar el calado del escándalo, esta actitud del Polo parece más de lo mismo. ¿Una constituyente sobre qué? ¿Una nueva Constitución negando la que ha hecho posible que existamos, como es la del 91? ¿Promover reformas para echar atrás las contrarreformas que le han hecho a ésta durante los últimos diecisiete años? ¿Tumbando a Uribe, el espacio que se abre es el de una asamblea constituyente que se convierte en un escenario de reconciliación nacional?
Ni Uribe va a renunciar —salvo que sea para reelegirse proponiendo un nuevo Congreso, su nueva coalición y haciendo su propia constituyente, consignando en ella el estado comunitario como principio rector— ni la guerrilla, con su impresionante impopularidad está para liderar procesos insurreccionales.
Mientras el país se derrumba, el Polo ni siquiera está de rumba. Se opone a la circunscripción regional para elegir senadores y al aumento del umbral, siempre con el criterio de bonsái: chiquito y delicado. Pasan de agache frente a la andanada de Uribe contra Petro, Iván Cepeda y León Valencia. Sus dirigentes deliberan con la velocidad de aquel que para morirse de repente dura seis meses. Establecen unos retenes para el ingreso de nuevas expresiones políticas de la vida nacional propias de un laboratorio clínico y terminan echándoles la culpa a los demás de sus dudas, como sucedió en la marcha contra las Farc del 4 de febrero.
Los partidos son absolutamente necesarios para acabar mesianismos y para constituirse en receptores de las expectativas ciudadanas. Pero tienen que estar sintonizados con la gente, pues de lo contrario pueden disolverse por orden presidencial o por ineficaces. Para no ser ineficaces, para que no cunda el desconcierto y para que la coyuntura no nos mande a saltos al vacío, se requiere un acuerdo nacional liderado por los Gaviria —César y Carlos—, con el presidente Uribe, éste a nombre de su maltrecha coalición, para que de manera constitucional y extraparlamentaria propongan una reforma política de fondo. Para ello, Carlos Gaviria tiene que perder el miedo de acordar con el contradictor principal y Uribe tiene que desistir de su reelección.