La ceguera de muchos de nuestros líderes nos ha sumido en una crisis sin precedentes que solo puede conducir al populismo y al caos.
En 1995, el famoso escritor José Saramago escribió una obra que parece clarividente frente a lo que está ocurriendo en Colombia. Algunos de sus párrafos parecen proféticos: “Estuvimos internados desde que empezó la ceguera. Ah, sí, en cuarentena, no ha servido de nada. Por qué dice eso. Los han dejado salir. Hubo un incendio y entonces nos dimos cuenta de que los soldados que nos vigilaban habían desaparecido. Y salieron. Sí. Vuestros soldados serían los últimos en quedarse ciegos, todo el mundo está ciego. Todos, la ciudad entera, todo el país. Si alguien ve, no lo dice, se lo calla”.
En el Ensayo sobre la ceguera se narra cómo una pandemia se extiende en toda la población y el Gobierno ordena sucesivas cuarentenas mientras miles de personas mueren de hambre, hasta que la gente comienza a recuperar la visión para darse cuenta del terrible Estado de la sociedad. Al parecer la crisis de la COVID 19 tuvo un efecto similar en nuestros gobernantes y en algunos sectores que piensan que la bomba social que se ha gestado en los últimos tres años solamente puede resolverse con represión y cuarentenas subsidiadas.
En los últimos tres años el porcentaje de personas que se encuentran en la pobreza aumentó del 32,3 al 42,4 %, el número de masacres se ha duplicado y en el último año se han cerrado más de 509.000 empresas en todo el país. La crisis está afectando de manera especial a varios grupos de la población que tienen todo el derecho a manifestarse pacíficamente: 1. Los indígenas que están siendo masacrados por los grupos ilegales, 2. Los campesinos que están regalando sus cosechas porque sale más barato importar productos que producirlos en nuestro país y 3. Quienes creyeron en el Acuerdo de Paz y hoy ven como se asesina la paz ante nuestros ojos.
Toda esta situación era un caldo de cultivo para que muchos grupos sociales se manifestaran pacíficamente, pero como si nada estuviera pasando el Gobierno decidió ciegamente presentar la reforma tributaria más ambiciosa de nuestra historia, pretendiendo recaudar 25 billones de pesos en un país quebrado. Ante esta situación, la clase media se montó a las protestas y la respuesta ciega del Gobierno fue la represión a través de la asistencia militar. El resultado ha sido visible: ahora se siente que se quiere reprimir la protesta con más violencia. Esto es como apagar un incendio con gasolina y se viene algo más fuerte: una conmoción interior que avivará las protestas.
Ante semejante escenario de descontento y caos ha sido muy fácil que los violentos también se monten al carro del caos. Mientras miles de personas protestan legítimamente también hay otros que se aprovechan para sacar partido, por ejemplo, lo que está sucediendo en Cali no tiene precedentes. Los ataques violentos contra los CAI o las URI son un reflejo que esto hace mucho se salió de las manos. Pero lo que viene es aún peor, muchos ya lanzan arengas irresponsables para que los ciudadanos afectados por el paro salgan con armas y camionetas para atacar a los manifestantes. Estamos a muy poco de una catástrofe sin precedentes. Estamos pasando de la polarización en redes a la polarización en las calles, colombiano contra colombiano, solo diferenciados por un trapo ideológico como hace 70 años.
De manera ciega la derecha nos está entregando al populismo, pensando que en 2022 volverá a servir la vieja fórmula del voto negativo del miedo contra la extrema izquierda, pero no calculan que para ese momento tal vez el país estará tan mal que eso ya no les funcione. Ojalá muchos líderes en Colombia leyeran el Ensayo sobre la ceguera y se dieran cuenta que ese libro no tiene un final feliz…