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Belisario Antonio Betancur Cuartas (Amagá, 1923 – Bogotá, 2018) fue un hombre sorprendente por muchos aspectos, entre ellos el cultural, el político y el haber sido el primer presidente que, por el tiempo en que las guerrillas cumplían 20 años de existencia (1982-1986), intentó la paz mediante el diálogo.
Recuerdo a BB no solo por haberlo seguido de lejos sino porque lo encontré personalmente varias veces y pude hacerle preguntas sobre aspectos de orden histórico que eran de mi interés, los cuales ya he reseñado en varias columnas en este diario (Belisario Betancur y María Cano, Ignacio Torres Giraldo).
La última vez que lo vi fue el 10 de abril de 2016 en asocio de jóvenes investigadores de la Universidad Nacional; lo había visitado en mayo de 2010 en compañía del historiador alemán Klaus Meschkat y en agosto de 1987 junto con el historiador Gonzalo Sánchez.
Estos encuentros, generosos en conversación por parte de él, tenían el propósito de indagar acerca de los meses en que tuvo oportunidad de vivir en casa de Ignacio Torres Giraldo y María Cano, poco después del 9 de abril de 1948, en el barrio La Candelaria, centro histórico de Bogotá. Ya durante su presidencia, a raíz de haberle colaborado con notas para una conferencia que daría en Medellín sobre la Encíclica Laborem Exercens del Papa Juan Pablo II, pude iniciar la conversación con él sobre este tema.
Mi inquietud al respecto nació en 1982 cuando BB era presidente electo y el expresidente Carlos Lleras en Nueva Frontera, en la sección Crónica de mi Propia Vida, contó al país la relación de Belisario con líderes de izquierda tan caracterizados como los ya nombrados.
Del último encuentro conservo fotografías y un libro de Los Inconformes de Ignacio Torres Giraldo donde BB escribió: “Para Luis Ignacio Sandoval Moreno, de uno de los primeros lectores de Los Inconformes, con la amistad de Belisario Betancur”.
Cuando pierde por poca diferencia las elecciones de 1978 ante Julio Cesar Turbay Ayala, BB no cesa en su actividad proselitista en ningún momento. En regiones y capitales colombianas y en importantes ciudades del exterior continúa explicando sus propuestas de gobierno. Yo lo encontré en Ginebra, Suiza, en mayo o junio del año 79, y allí se dio la curiosa circunstancia de que compartíamos el mismo automóvil, yo lo usaba por la mañana y él por la tarde. Era el carro de Jorge Tofiño, sindicalista, alto funcionario de la OIT.
En uno de esos momentos de encuentro por razón del carro, él dedica unos minutos a explicarme lo que entiende por “contratación del desarrollo”. Esa teoría la aplicó en su gobierno en relación con el campo. Tuve la oportunidad de ver un intento de ponerla en práctica al participar, en el equipo del Ministro de Agricultura Roberto Junguito, en la gestación del plan de destinar 500.000 hectáreas a la producción de alimentos, con adecuación de tierras por parte del Estado y con retribución del empresariado rural en dinero, si lo tenía, en tierra si no podía pagar la adecuación, en producción de alimentos o empleo de mano de obra rural. En eso consistía la “contratación del desarrollo”: un pacto mediante el cual el Estado se comprometía a facilitar ciertos medios y los privados se comprometían a producir ciertos resultados de orden económico y social.
Implicaba esa política una concertación múltiple y un nuevo impulso a la organización de los pobladores rurales con promotores de los propios movimientos campesinos. El programa no se llevó finalmente a cabo por oposición del Expresidente López Michelsen a cambiar los viejos funcionarios de organización campesina (60) que no eran tal sino calanchines politiqueros del anterior ministro Gustavo Dajer Chadid. Bastó un titular de prensa: “Gobierno conservador ha despedido 200.000 liberales, dice López”, para que todo se fuera a pique.
Como lo explica el propio BB, en entrevista que ahora se hace pública, las fuerzas que conformaron el Movimiento Nacional que lo llevó a la Presidencia no fueron leales y coherentes al momento de asumir responsabilidades de gobierno. Lo que he referido sobre el plan para el campo se repitió con mayor estrago en relación con la política de paz.
No se alcanzó a fraguar una voluntad nacional de paz. El presidente confiaba mucho en la mayoría con que había triunfado, pero no contaba con un acuerdo interpartidario sólido, no se propuso construirlo, ni las fuerzas armadas, con las cuales había tenido desencuentros en décadas y roces desde el momento mismo de su elección, secundaban su propósito de paz política. El presidente Betancur, dicho por él mismo, nunca tuvo gobernabilidad real de las fuerzas armadas, lo cual va a quedar al desnudo de manera dramática y trágica al momento de la toma del Palacio de Justicia por el M19 en noviembre de 1985.
Si el proceso de paz de BB, lanzado con franca determinación desde la posesión en la Plaza de Bolívar el 7 de agosto de 1982, hubiera sido exitoso el país se habría ahorrado 33 años de atroz conflicto armado interno. El fracaso no se debió a falta de voluntad del presidente sino a condiciones desfavorables dentro del propio gobierno, incluidas las mismas fuerzas armadas, y a errores de estrategia política que hoy aparecen evidentes cuando, por fin, se firmó un acuerdo de paz con la mayor de las guerrillas.
Betancur, Pastrana y Santos adelantaron sus correspondientes gestiones de paz como política de gobierno, no de Estado, nunca propusieron algo parecido a un verdadero gran acuerdo nacional por la paz con inclusión no solo de las diferentes expresiones políticas conservadoras y liberales sino también de las fuerzas independientes y de oposición. La paz, en los tres casos, pretendía ser un trofeo político que le permitiera al ganador continuar con su movimiento en el gobierno por varios períodos. Ni siquiera Juan Manuel Santos jugó a la paz de Estado, lo constaté como integrante del Consejo Nacional de Paz, por eso pierde el plebiscito refrendatario el 2 de octubre de 2016 y luego sus fuerzas son derrotadas en la elección presidencial que acaba de pasar. Pero los acuerdos, firmados en medio de enormes dificultades, tienen plena legalidad y legitimidad ratificados por el Congreso de la República, y deben dar lugar a una paz de Estado.
El Presidente Duque debería sacar la lección de estos difíciles antecedentes: no seguir una línea reduccionista de los acuerdos, al contrario, incluirlos en el Pacto por Colombia, hacer realidad este pacto, y de esa manera consolidar la paz como política de Estado que sea asumida con prioridad durante un tiempo considerable por los sucesivos gobiernos. En ello va la salud de Colombia.
BB fue un hombre de origen humilde que intentó en distintos momentos y formas avanzar hacia el Estado social y hacia la paz pero se encontró con poderes fácticos muy poderosos que impusieron su lógica regresiva y represiva.
Ojalá se hiciera muy pronto público el libro que se cree escribió sobre los sucesos del Palacio de Justicia y que, según previsión de él mismo, solo se conocería después de su muerte.
En marzo de 2015 ante Yesid Reyes, hijo de Alfonso Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia al momento de la toma del Palacio, BB expresó: "He llegado a esta universidad (en Ibagué) porque quiero pedir perdón a Alfonso, a ustedes y a Colombia. Y como en otros momentos lo he hecho, acepto mi responsabilidad por el accionar del Estado en ese momento trágico en que fueron sacrificadas tantas víctimas inocentes e indefensas, entre ellas los magistrados que murieron según su alma grande y su inmenso corazón".
Esta breve nota no exime de un examen más extendido del proyecto de Paz de BB y de las características y alcances de su gobierno. Un aporte lúcido y útil para los afanes del presente es la obra Betancur y la Crisis Nacional de Alfredo Vásquez Carrizosa (Ediciones Aurora, 1986).
Los hechos y proyectos del presente son una luz para iluminar el pasado, tanto como el pasado lo es para iluminar el presente. Belisario tuvo la entereza de pedir perdón y llamar a la reconciliación. Nada más actual y necesario. Acompañó sin ninguna vacilación el proceso de conversaciones en La Habana y votó siempre por la paz, lo resaltó con acierto su nieta Paula Gaviria Betancur en hermosas y sentidas palabras pronunciadas en el Gimnasio Moderno.
