Colombia viene de Colón que en latín es columbus, el masculino de columba: paloma.
En inglés Colón aún es Columbus y en italiano Colombo. O sea que Colombia etimológicamente es paloma y figurativamente es paz por cuanto la paloma sigue siendo símbolo universal de la paz. Increíble que este sea el nombre de un país azotado por la violencia política durante todos sus 205 años de vida independiente.
Pero hoy, en virtud del proceso de paz, esa realidad con tanto peso en el pasado puede cambiar. Se acerca un momento en que el país merezca el nombre que lleva.
Eso tiene que ver con dos cosas:
Con que la paz no se quede en el silenciamiento de los fusiles sino que signifique llenar la vida de los colombianos y colombianas de derechos y oportunidades. Empleo aquí palabras de William Ospina que comparto. “Lo cierto es que el país necesita mucho más de lo que se pueda acordar en La Habana…, pero somos los ciudadanos pacíficos quienes tenemos el derecho y la responsabilidad de emprender esas tareas mil veces postergadas. La paz no puede ser diseñada por guerreros ni por funcionarios: tiene que ser una apasionada construcción de la comunidad, que es la que sabe qué significaron estos 50, estos 80 años de violencia, de desconfianza, de incertidumbre, de soledad, de marginalidad, de desesperanza, de sangre, de orfandad, de desmemoria, de arbitrariedad, de corrupción, de zozobra, de pérdida de dignidad, orgullo y futuro…Todos necesitamos un cambio y ese cambio exige unas condiciones mínimas de dignidad para todos los ciudadanos”.
Tiene que ver con que todos los actores armados insurgentes se vinculen a los diálogos de paz y terminen pactando con el gobierno el fin de la confrontación política armada. Si la paz se firma con las Farc-Ep en La Habana, pero no con el Eln, estaremos ante la situación de una paz parcelada y ello en la práctica significará la continuación de la guerra. No es exageración. La persistencia de una o más guerrillas alentará la división en la filas de las Farc y los inconformes de este movimiento que no acepten los acuerdos pueden ir a encontrarse con el Eln. Esa será la circunstancia precisa que justifique la postura de los guerreristas existentes en muchos círculos institucionales, políticos y mediáticos.
Consecuencialmente se dificultará la implementación de los acuerdos y la configuración de una nueva realidad política con garantías plenas. El país no será envuelto en el júbilo de la paz y el entusiasmo por el cambio, sino en la sensación agridulce de que si bien un grupo importante hace dejación de las armas, otro menor pero también importante sigue en el protagonismo armado. ¿Cómo podrá este grupo soportar la ofensiva militar de un ejército que ahora descargará toda su capacidad de fuego en quienes se rehusaron a entrar al proceso? ¿No seguirá la persecución a organizaciones y dirigentes so pretexto de neutralizar a integrantes de una insurgencia que dice ser más social y política que militar?
El ELN parece no haber entendido que esta es la hora de la paz. Ha demandado todo tipo de manifestaciones de la sociedad, pero en el fondo para nada ha tomado en cuenta el amplísimo y profundo clamor existente en la sociedad civil y el movimiento popular a favor de la paz. Generan justificada preocupación las palabras de un amigo analista que hace poco dijo: si no se formalizan los diálogos públicos Gobierno-ELN en los próximos 40 días, el ELN habrá quedado definitivamente por fuera del actual proceso de paz. ¡Ay Colombia, ay paloma!