Protestar, dialogar, acordar, cumplir lo acordado es el ciclo completo de la protesta en democracia. A recorrer este ciclo están llamados ciudadanía e instituciones, gobernados y gobernantes, protestantes y protestados. Una convicción tiene que animarlos a todos: la protesta es un derecho básico, no una concesión gratuita y libérrima de la élite a la multitud.
Germán Gómez Polo ilustró muy bien hace pocos días en este diario el alcance del derecho de protesta (Art.37 de la CP), que no es un derecho secundario sino un derecho fundamental que está dentro de lo que se llama en Estados Unidos libertades preferentes. De ahí que, agrego ahora, el constitucionalista Roberto Gargarella ha podido establecer, en obra antológica, que el de protesta es en realidad el primer derecho de los pueblos (El derecho a la protesta, el primer derecho, Buenos Aires, 2005).
La democracia no se reduce al ejercicio ritual de libertades políticas, es también democratización como avance constante en equidad, igualdad y justicia social, ahí está la esencia del estado social de derecho. Hay derecho a tener derechos y derecho a crear derechos y ello, en la realidad de la vida de una sociedad, ocurre, en gran medida, en virtud de la protesta social.
El Presidente Duque, todo el gobierno, necesita hacerse a esta comprensión más actualizada de lo que es la protesta social en el siglo XXI. Ya las Cortes han proferido importantes sentencias en este sentido. La otra premisa de un auténtico diálogo es la empatía del gobernante con su sociedad como lo expuso también aquí en El Espectador el Profesor José Manuel Sabucedo de la facultad de Sicología Social de la Universidad de Santiago de Compostela.
“… es muy importante que los gobiernos y las autoridades muestren siempre empatía con la población: que si la población sale a la calle, protesta, la gran mayoría no lo hace por molestar, sino por expresar que está enfadada. La reacción nunca puede ser faltarles al respeto a los ciudadanos e insultarlos, porque están ejerciendo un derecho democrático. Esto implica que la respuesta de las fuerzas de seguridad sea proporcionada, a mí no me cabe en la cabeza hablar de fuerzas militares para paliar la transgresión en una sociedad democrática. Me parece un error político muy grave el recurrir a los militares”. De mucha utilidad que autoridades y líderes del paro lean completa la entrevista al Profesor Sabucedo.
Sobre esas premisas, todos y todas tenemos que jugarle limpio al diálogo. El diálogo no puede ser para cañar por parte de ninguno de los intervinientes en él. Cañar es simular, aparentar, burlar, engañar. Pues hay que decir que ni el Presidente, ni los ministros, ni los líderes y lideresas del paro pueden jugar a frustrar al país.
Le quedan 15 meses de gobierno al Presidente Iván Duque. Según resuelva el dilema que hoy tiene quedará en la historia como progresista o como retrógrado. El dilema es simple: permite, facilita, lidera un diálogo nacional en grande, serio y confiable, o sigue por el camino equivocado de la militarización y el abuso policial flagrante contra el pueblo inconforme movilizado; peor si apela a la conmoción interior y enrumba al país por el camino de la defensa a sangre y fuego del egoísmo de las minorías.
Presidente, no se equivoque: la protesta es la punta del iceberg, lo que hay tras ella es una inconformidad infinita del pueblo raso, la informalidad, el rebusque, el desempleo, los trabajadores de todo tipo empobrecidos, los empresarios pequeños, medianos y aún algunos grandes afectados por la pandemia, inconformidad de los jóvenes en todas partes. Hay un poderoso movimiento policlasista que tiene la razón: la razón del hambre, la miseria y la quiebra. Los únicos que no están ahí, ni se asoman, son los banqueros, cuyas escandalosas ganancias en nada se han visto afectadas.
Usted no tiene la culpa de los problemas estructurales que han aflorado, pero usted tiene la oportunidad –dolorosa pero afortunada oportunidad- de poner el comienzo de la solución: reconozca a todos sus compatriotas, dialogue con todos de verdad, cree las condiciones para que todos razonablemente hagan las concesiones que son indispensables.
El diálogo hay que acreditarlo con decisiones rápidas que se sientan como un alivio de las situaciones que más afectan a la gente. Considero, solo ejemplos, que materias como la derogación de la reforma tributaria de 2019 que, de entrada, significaría recuperar un recaudo de 13 billones de pesos, la adopción de una renta básica realmente significativa y la matrícula 0 para estudiantes universitarios de sectores populares deberían ser materia de rápido consenso. Y, por supuesto, la contención inmediata y eficaz del desbordamiento policial y militar que tanto dolor y muerte innecesarios está causando. La violencia no es justificable en ninguna orilla.
A mis amigos y amigas, líderes y lideresas que han estado en la primera línea de un paro épico les digo: estamos ante un poder social que literalmente ha costado sangre, sudor y lágrimas. Hagan valer ese poder con grandeza y, si llegan a ver que hay condiciones para dialogar en serio, dialoguen con firmeza pero háganlo con sentido de humanidad y de país.
Después de hechos tan graves como los que han ocurrido por falta de diálogo, esta apertura de diálogo multilateral no puede ser un fiasco. Si lo fuera, el infierno en que se sumiría el país sería aún peor que el desgobierno en que estamos.