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Antes de la mina está la casa

Madame Papita

10 de julio de 2026 - 12:00 a. m.

Siempre que pensamos en Zipaquirá, casi todos imaginamos el mismo destino: la Catedral de Sal. Y con razón, pues es uno de los lugares más impresionantes de Colombia. Sin embargo, las ciudades nunca se limitan a un solo atractivo. Antes de llegar a la mina hay calles, personas, historias y familias que llevan décadas construyendo silenciosamente experiencias para quienes las visitan.

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Eso encontré en el Hotel Camino de la Sal (@hotelcaminodelasal), y no porque sea el hotel más grande, ni el más lujoso. Todo lo contrario, ya que su mayor valor es que entendieron algo que hoy parece escaso: la hospitalidad no se compra, se aprende en la familia.

Hace años, cuando el turismo empezaba a crecer en Zipaquirá, sus fundadores decidieron emprender en hotelería, sin tener experiencia. No conocían protocolos, estándares internacionales ni manuales de servicio, pero tenían una profunda convicción de trabajo, heredada de sus raíces boyacenses: servir con honestidad, hacer las cosas bien y cuidar a quien llega como si estuviera entrando a su propia casa.

La esencia estaba, el conocimiento vino después. Quizás por eso el hotel nunca cayó en la tentación de competir desde la ostentación. Los recursos eran limitados, y cada peso debía invertirse con cuidado. Lo que comenzó como una necesidad económica terminó como filosofía: todo sin excesos ni adornos innecesarios Espacios sencillos, iluminados, funcionales y tranquilos: lo indispensable para que el huésped descanse de verdad y sienta la paz que ofrece Zipaquirá.

En un mundo donde muchos hoteles parecen competir por quién instala el lobby más espectacular o la habitación más “instagrameable”, aquí decidieron apostar por algo mucho más difícil: la comodidad auténtica, en especial para ejecutivos, viajeros y familias que llegan después de largas jornadas, y no necesitan más ruido visual, sino todo lo contrario: silencio.

Lo realmente interesante empieza cuando uno sale de la habitación. Detrás del hotel aparece un pequeño universo lleno de árboles frutales, plantas medicinales y saberes campesinos que durante décadas parecieron condenados al olvido. Curubos, uchuvas, duraznos, feijoas, toronjil, borraja, ruda, sauco, poleo y paico conviven como si el tiempo hubiera decidido detenerse.

No son un jardín ornamental: ¡Son memoria viva! Cada planta guarda una historia que muchas abuelas conocían de memoria. Cada hoja recuerda la época en que el remedio estaba en el patio y no en una estantería. Cada aroma despierta conversaciones que parecían perdidas. Lo admirable es que la familia decidió no reemplazar ese espacio por parqueaderos o nuevas construcciones: entendieron que también allí había patrimonio, porque viajar no consiste únicamente en visitar monumentos. También significa comprender la vida cotidiana que permitió que esos lugares existan.

Esa curiosidad por preservar la historia los llevó a recuperar un episodio fascinante del pasado de Zipaquirá. Mucho antes de convertirse en la capital de la sal, hubo una época en que era llamada Villa Ahumada. Decenas de hornos funcionaban al tiempo procesando la sal, llenando el paisaje de humo mientras se elaboraban los antiguos panes de sal que sirvieron como moneda de intercambio para los pueblos originarios.

Hoy trabajan en un espacio donde ollas de barro, cucharas de palo, totumas y canastos ayudarán a narrar ese pasado, que muchas veces permanece oculto detrás del éxito turístico contemporáneo. Y es que un destino necesita algo más que visitantes: necesita un relato. También preparan una experiencia alrededor del café, no para enseñar a preparar un cappuccino perfecto, sino para algo mucho más interesante: ayudar a que las personas aprendan a reconocer un buen café, de dónde viene, quién lo produce y qué significa consumir calidad.

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Educar también es una forma de recibir. Quizás ahí está la mayor enseñanza de este hotel familiar: que la hospitalidad no comienza cuando entregan la llave de una habitación, sino cuando alguien decide compartir el conocimiento heredado y entiende que el turismo también tiene la responsabilidad de proteger aquello que hace único a un territorio.

Los destinos más memorables no siempre son los que tienen más estrellas. Con frecuencia son aquellos donde una familia convierte su historia en patrimonio compartido, y logra que el visitante no solo conozca el lugar, sino que entienda por qué vale la pena cuidarlo. Porque antes de entrar a la mina siempre hay una casa que da la bienvenida al territorio y abre una conversación sobre su historia, su memoria y sus raíces.

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Último hervor. Dicen los expertos en política que no hay nada más peligroso que la tragicomedia de los dirigentes. Seguir alebrestando a los contradictores con desconocimientos de resultados, diatribas en “X” y, peor aún, con una constituyente que nadie sabe en qué va, puede llevarnos a repetir periodos muy sangrientos a los que Colombia juró no regresar.

@MadamePapita

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