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Bogotá respira

Madame Papita

29 de mayo de 2026 - 12:00 a. m.
Foto: Plaza de Mercado de Paloquemao / Valentina Santiago
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Hay lugares que permiten entender una ciudad sin necesidad de mapas, discursos políticos o campañas de turismo. Espacios donde basta caminar unos minutos para descubrir cómo se mueve realmente la vida. En Bogotá, Paloquemao, y en especial su emblemática plaza, siguen siendo uno de ellos. Y no importa cuántas veces se visite, siempre aparece algo nuevo: una fruta desconocida, una hierba medicinal que alguien jura cura hasta el cansancio del alma, un corte de carne distinto, una flor imposible o una cocinera capaz de explicar el país entero desde una olla.

Durante años, muchas plazas fueron vistas únicamente como espacios funcionales: lugares para abastecerse rápido y salir. Hoy la conversación es distinta. Paloquemao entendió algo fundamental: la gastronomía moderna no solamente se construye en restaurantes de mantel largo, sino también en los territorios donde nace el producto, donde se entiende la estacionalidad y donde todavía existen personas capaces de reconocer un tomate por el olor o una papa por la textura de la tierra que carga encima.

Y es que Paloquemao nunca ha sido simplemente una plaza de mercado: es una radiografía viva de no solo de Bogotá, sino de toda Colombia. Allí confluyen campesinos, comerciantes, chefs, cargadores, floristas, turistas, estudiantes de cocina, compradores de restaurantes y familias enteras que siguen creyendo que cocinar también es una manera de cuidar. Lo fascinante es que, lejos de quedarse atrapada en la nostalgia, la plaza ha sabido evolucionar con la ciudad, manteniendo un ritmo propio que muchas veces resulta más humano que el de las calles bogotanas.

Quizás por eso, los tours gastronómicos se han convertido en uno de los fenómenos más interesantes que vive actualmente Bogotá. Porque ya no se trata solo de ir a comer. Se trata de aprender a mirar, de entender por qué Colombia posee una de las despensas más biodiversas del planeta y cómo esa riqueza termina reflejándose en nuestras cocinas.

Hoy, recorrer este espacio, acompañado por cocineros, guías gastronómicos o expertos del sector, se ha convertido en una experiencia profundamente pedagógica. No solo explican qué se vende, sino de dónde viene, quién lo produce, cómo se consume y por qué ciertos ingredientes cuentan historias completas de migración, tradición y supervivencia. En un mismo recorrido conviven ajíes amazónicos, hierbas de la sabana cundiboyacense, frutas del Pacífico, quesos boyacenses, pescados traídos desde distintas regiones y preparaciones que llevan décadas alimentando generaciones enteras.

Lo más interesante es que estos recorridos también democratizan la gastronomía. Durante mucho tiempo, el conocimiento culinario parecía reservado para chefs, críticos o personas con acceso a ciertos restaurantes. Pero la plaza rompe esa barrera. Aquí cualquiera puede aprender. El turista extranjero, el estudiante, la señora que cocina para su familia o el bogotano que llevaba años sin pisar una plaza de mercado.

Además, está ocurriendo algo profundamente valioso: muchas cocinas tradicionales encuentran nuevas oportunidades gracias a estos recorridos. Pequeños locales que antes sobrevivían casi en silencio hoy aparecen recomendados en redes sociales, videos de viajeros y conversaciones gastronómicas internacionales. Hay cocineras que pasaron de atender clientes de barrio a convertirse en parada obligatoria para visitantes que quieren entender a qué sabe realmente Colombia.

Y sí, Bogotá huele distinto dentro de Paloquemao, a mezcla de aromas de cilantro recién cortado, flores húmedas de madrugada, chocolate caliente, empanadas fritas, humo, café y fruta madura. Además, respira trabajo duro. Porque detrás de cada pasillo existe una cadena humana inmensa que comienza mucho antes del amanecer. Personas que llegan desde distintos municipios para sostener uno de los ecosistemas comerciales y gastronómicos más importantes de la ciudad.

También respira transformación. Mientras muchas ciudades intentan convertir sus mercados tradicionales en centros culturales, Bogotá todavía tiene el privilegio de contar con uno que sigue vivo, activo y creciendo. Un lugar donde lo ancestral y lo contemporáneo conviven sin pelearse.

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Tal vez ahí está la verdadera importancia de Paloquemao hoy: recordarnos que la gastronomía no empieza en la mesa, sino mucho antes. Comienza en quien cultiva, transporta, corta flores, limpia pescado, acomoda frutas o sirve un caldo a las seis de la mañana. Y entender eso cambia completamente la forma en que comemos.

En tiempos donde tantas conversaciones giran alrededor de tendencias sin sentido, experiencias “instagrameables” o conceptos importados, regresar a la plaza también es una forma de volver al origen, para entender que la cocina colombiana sigue teniendo una fuerza inmensa precisamente porque nace de la diversidad, del intercambio y del trabajo colectivo.

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Último hervor. Llegó el día. Debemos entender que la institucionalidad, la democracia y el desarrollo del país también descansan sobre nuestras decisiones. No hay lechona, teja o bus con cerveza que pueda reemplazar la libertad que todavía tenemos. Claro que falta mucho por mejorar, pero la seguridad, la economía y el futuro de Colombia también se construyen desde la responsabilidad individual y colectiva.

@madamepapita

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