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De la montaña colombiana al paladar del mundo

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Madame Papita
01 de mayo de 2026 - 05:00 a. m.
“La caficultura colombiana es empleo, conocimiento acumulado, relevo generacional: es mucho más que paisaje”: Madame Papita.
“La caficultura colombiana es empleo, conocimiento acumulado, relevo generacional: es mucho más que paisaje”: Madame Papita.
Foto: Alejandro Osses / @alejosses
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Cuando uno empieza a identificar aromas, memorias y sabores en una taza de café, también va construyendo una memoria gustativa. Puede quedarse en lo conocido o viajar por el mundo en una cápsula, pues detrás de esos pequeños recipientes que reposan en cocinas de Sídney, París o Nueva York, hay mucho más que tecnología: hay una coreografía precisa que une ciencia, territorio y oficio.

Tuve el privilegio de conversar con Alexis Rodríguez, conocido como la “nariz” de Nespresso, un compatriota que, desde Suiza, custodia los perfiles sensoriales de una de las marcas más influyentes del café mundial. Su cargo de director de Desarrollo de Café exige técnica, pero también una sensibilidad entrenada para interpretar lo que ocurre mucho antes de que el café llegue a la taza.

Entender su oficio fue entender la complejidad del café. No estamos hablando de una bebida simple, sino de una materia viva capaz de desarrollar más de mil aromas. “Compuestos volátiles que pueden perderse con un error mínimo en la cadena”, explica Alexis. Ahí está la precisión: garantizar que lo que nace en la montaña llegue intacto a la taza.

Su historia, más que la de otro profesional exitoso en el exterior, evidencia algo que a veces olvidamos: el café colombiano no solo participa en el mercado global, lo sostiene. Cerca del 80 % de los productos de Nespresso tienen café de origen colombiano. Somos, literalmente, la columna vertebral de una industria que convierte el lujo en experiencias cotidianas.

Esta conversación también me dejó claro que la tecnología, por avanzada que sea, nunca reemplaza el origen. Para que alguien pueda identificar notas de panela en Cundinamarca o matices de cacao en Santander, hay una cadena humana que no se detiene, una columna que, en esencia, reconoce ese origen: a los caficultores y recolectores que sostienen una de las economías rurales más importantes del país.

La caficultura colombiana es empleo, conocimiento acumulado, relevo generacional: es mucho más que paisaje. En un país donde el campo sigue siendo un desafío, logra mantenerse como un motor de desarrollo real. Miles de familias dependen de cada cosecha, de cada lote, de cada decisión que se toma en la finca. Y hoy ese trabajo está evolucionando.

Alexis asegura que Colombia está a la vanguardia en procesos como fermentaciones controladas, maceraciones carbónicas, exploraciones que cruzan la frontera entre tradición y ciencia. Es lo que traen las nuevas generaciones que están regresando al campo con formación técnica, entendiendo que el café no es solo herencia, sino también innovación.

Así, el caficultor dejó de ser un proveedor invisible. Hoy es un diseñador de sabores, un arquitecto del gusto que impacta lo que se consume en el mundo. Y esa transformación tiene implicaciones profundas: dignifica el oficio, mejora las condiciones y redefine la relación entre productor y la marca.

Una estandarización global como la de Nespresso implica confianza, acuerdos que buscan calidad en taza y sostenibilidad en el territorio, y programas que, bien ejecutados, garantizan mejores prácticas agrícolas, ingresos más estables y visión de largo plazo. Hoy, día del Trabajo, vale la pena detenerse en ese detalle, para entender que el café colombiano no es solo un símbolo, sino una cadena productiva que genera empleo, sostiene regiones enteras y sigue siendo un pilar silencioso de nuestra economía. Mientras otros sectores hablan de automatización, en el café el conocimiento humano sigue definiendo la calidad.

A menudo olvidamos que nuestro café se recoge a mano, en montañas sin atajos. Cada grano pasa por el criterio de un recolector que decide, con precisión casi instintiva, qué sirve y qué no. Esa primera selección es, quizás, el filtro más importante de todos.

Alexis dice que el café es 70 % aroma y 30 % sabor. Para nosotros, también es memoria, territorio, identidad. Es el olor de una cocina familiar, el recuerdo de los abuelos y la certeza de que, incluso en un mundo acelerado, hay oficios que siguen haciéndose bien.

El reto es claro: cerrar la brecha de conocimiento y lograr que el campo siga siendo una opción viable para las nuevas generaciones, porque el futuro de nuestro café no está solo en exportar más, sino en entender mejor lo que somos. Consumir café colombiano como el de Nespresso, más que una elección de sabor, es una postura frente al país que queremos impulsar.

Último hervor. El café colombiano no necesita discursos, necesita más conciencia. Cada taza es una decisión: apoyar o ignorar una cadena que sostiene al país. Durante décadas, ser cafetero significó orgullo y desarrollo regional. En un momento donde el sector vuelve a tomar fuerza, es clave protegerlo con criterio. Apoyar lo que funciona, como la Federación Nacional de Cafeteros, exigir menos oportunismo y evitar que intereses ajenos desdibujen un sistema que sí puede sostenerse en el tiempo, como se ha demostrado.

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