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El valor de hacer menos

Madame Papita

17 de julio de 2026 - 12:02 a. m.

Hay personas que entierran a alguien sin funeral, no porque la muerte haya llegado, sino porque la vida les exige dejar atrás una versión de sí mismas. Laura Marcela Arciniegas de León decidió despedirse de Laura para darle paso a Lala (@lalacookiescol). No fue un cambio de nombre ni una estrategia de mercadeo. Fue una decisión profundamente humana: abandonar la ansiedad, la culpa y el miedo para construir una mujer capaz de dirigir su vida y su empresa desde otro lugar.

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Los duelos no siempre llegan vestidos de negro, a veces llegan convertidos en decisiones. Y, aunque ese proceso merece contarse, lo que me atrapó de su historia no fue la transformación personal, sino lo que hizo después. Durante siete años vivió haciendo tortas personalizadas (@lalapastelera). Como tantos emprendedores gastronómicos, trabajaba sin descanso, sacrificando fines de semana, cumpleaños, Navidad y tiempo con su familia, para cumplir los sueños de los demás. El negocio funcionaba, pero la vida no. Hasta que entendió una verdad que muchos tardan décadas en descubrir: crecer no siempre significa hacer más, ¡significa hacer mejor!

Después de estudiar el mercado y observar cómo funcionan los grandes referentes de la pastelería, decidió algo que, visto desde afuera, parecía una locura. Dejó atrás un portafolio enorme para concentrarse en un solo producto: ¡Una galleta!

Pero qué galleta…. No era cualquier galleta, era una diseñada con el mismo cuidado con el que una casa de moda elabora una colección. Cada ingrediente, cada textura, cada empaque y cada detalle responden a una idea clara de marca.

“Mi tienda de galletas es una boutique… un lugar donde cada detalle cuenta, porque quiero ofrecer la experiencia de sentir que te estás dando un regalo a ti mismo”, dice Lala.

Mientras muchos negocios buscan conquistar clientes ampliando su oferta, Lala hizo lo contrario: apostar por la especialización. Comprendió que un producto extraordinario vale mucho más que veinte productos correctos, y con esa decisión cambió su empresa.

Vivimos en una cultura que premia hacer de todo. Nos enseñan que diversificar siempre es crecer, cuando muchas veces significa dispersarse. En gastronomía sucede constantemente. Restaurantes con cartas interminables, panaderías que venden desde desayunos hasta sushi o emprendimientos que intentan responder a todas las tendencias al tiempo, perdiendo el alma y la inversión.

Lala decidió decir que no. Y ese “no” terminó siendo la mejor decisión de su negocio. Detrás de esa aparente simplicidad existe una disciplina enorme. La estandarización ya no es una palabra fría, ahora es la base de la creatividad. Cuando los procesos funcionan, la energía deja de gastarse resolviendo problemas y puede invertirse en imaginar sabores, experiencias y colecciones.

Ejemplo: su famosa galleta de tinto campesino no nació por accidente. Detrás hay investigación, selección rigurosa de ingredientes y la convicción de que la calidad nunca puede negociarse.

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También me llamó la atención otra reflexión, que sentí como un duro cachetadón. Durante años, Laura sintió que no encajaba en el modelo tradicional del éxito académico. Hoy sonríe reconociendo que las matemáticas nunca fueron su fuerte, y que la regla de tres sigue siendo una gran aliada. La vida terminó enseñándole que la química también vive en una masa bien hecha, que los porcentajes sostienen cualquier negocio rentable, y que la precisión es una forma de creatividad.

Quizá nunca fue un problema de capacidad: estaba intentando brillar en el escenario equivocado. Hay una frase que todavía resuena en mi cabeza. “La pastelería me sacó de escenarios de violencia económica fuertes. Tener un oficio y trabajar con mis manos me dio la posibilidad de tener libertad”.

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Poderosa afirmación en un país donde miles de mujeres encuentran en un oficio la posibilidad de reconstruir su autonomía. Porque cocinar puede alimentar, sí, pero también puede significar independencia, dignidad y futuro. Quizás por eso tampoco teme compartir lo que sabe: “No me da miedo compartir, porque nadie tiene la misma sazón”, repite Lala.

En tiempos donde parece que el conocimiento debe esconderse para tener ventaja, esa generosidad resulta profundamente refrescante. Compartir no le resta valor al talento, lo confirma.

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Al salir de Lala’s Cookies sentí que esta no era una historia sobre repostería o marketing, aunque ella defienda con razón su importancia. Es la reivindicación de alguien que entendió que el verdadero lujo no consiste en vender un producto caro, sino en construir una vida que ya no dependa del agotamiento permanente.

Quizás esa sea la mejor receta de todas. El éxito aparece calladito cuando uno encuentra aquello que sabe hacer extraordinariamente bien, y tiene el valor de dedicarle toda su vida.

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Último hervor: Falta trabajo, ministra encargada Vélez. A punta de estigmas y mensajes falsos repetidos, Santurbán terminó convertido en el ejemplo de que parecer ambientalista es muy distinto a ejercer como tal. Hoy, mientras la minería ilegal avanza, ¿quién responde? ¿Qué les dirán a los mineros legales de la zona? ¿Y cómo explicarán una resolución que contradice el discurso que defendieron durante años? ¿Ese es el legado?

@madamepapita

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