Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Pues esta vez, olvídense: el 31 pasó y nunca dije «sorpréndeme». Me cuidé profundamente de usar esa palabra; casi que la esquivé, como se esquivan los charcos cuando uno no quiere mojarse los zapatos nuevos. Este año no hay peligro de dejar nada al azar. Por el contrario, creo que estoy atravesando una fase de orden que algunos llamarían incluso exagerada: agenda con fechas importantes subrayadas, decisiones tomadas para capacitaciones, estudio de candidatos y políticas relacionadas con nuestro campo mediante el selector HORECA (una forma de analizar, elegir y gestionar proveedores, productos y servicios para el sector de Hoteles, Restaurantes y Cafeterías/Catering) y, en general, tratando de entender qué viene para el país en un año tan desafiante. ¡Ah!, y regando la huerta, porque las heladas están «muy machas», lo cual nos anuncia, desde ya y sin anestesia, un fruver costoso para el primer bimestre.
Ese pequeño ritual de salir temprano a revisar las matas, tocar la tierra fría y calcular daños posibles se parece mucho a lo que estamos haciendo como país: medir impactos, anticipar pérdidas y ajustar expectativas. El clima no está jugando y la economía tampoco. En medio de todo, uno aprende que planear no es una obsesión, sino una forma de cuidado: cuidarse uno, cuidar la casa, cuidar la mesa.
Al igual que en esta dura temporada climática, los colombianos también demostramos lo «machos» que somos logrando darle la vuelta a estas últimas celebraciones; por tiempos, por gastos y, claramente, por lo sentimentales que nos volvemos. Las fiestas ya no son solo luces y música: son cuentas, balances emocionales, ausencias que pesan y presencias que se agradecen más que nunca.
Esta primera semana de enero aún se siente rara porque creo que ni sabemos qué día es realmente. No me digan que llevan al dedillo el calendario: para mí, estas fechas fueron de las más complicadas de calcular porque casi todos los días se sentían lunes. Lunes con resaca emocional, lunes con restos de natilla, lunes con ganas de dormir un rato más.
Y en medio de esa deliciosa confusión aparece una verdad sencilla: no todo tiene que resolverse de inmediato. Hay decisiones que pueden esperar a que el cuerpo vuelva a su ritmo y la cabeza deje de zumbar. Por eso, ¡por fin!, ahora sí: a soltarse el cinturón. Relajarse. Desempolvar esos libros que llevan meses mirándonos desde la mesa de noche; buscar el Almanaque Bristol, ese que nunca falla, y el crucigrama que nos recuerda que pensar lento también es pensar bien. Practicar recetas para dejarlas guardadas en el libro de la memoria, ese que no se escribe, pero se hereda. Hacer un buen sancocho en leña —sin afán— y, claro está, algo de ejercicio, como para mantener la línea… cada vez más curva, pero línea.
Nos merecemos un par de días de descanso real. De soltar el teléfono, de no medir la vida en notificaciones, de recordar lo sabroso que era jugar parqués, caminar en silencio o ir al río simplemente a esperar a que el ruido del agua nos arrullara. Descansar también es una forma de resistencia en un mundo que todo el tiempo exige producir, opinar y responder.
Último hervor: como toda columna necesita su aterrizaje, aquí va mi cantaleta de tía, esa que tanto conocen: «no olviden congelar cuando los precios bajan en la plaza». Ya no es una recomendación amable, es una necesidad a la luz de lo que estamos viviendo. Municipios anegados y otros ya resecos por el verano son una combinación que inevitablemente nos tocará el bolsillo, como siempre, en los dos primeros meses del año. La gimnasia financiera de este año nos va a exigir muchísimo para poder sacarle provecho real al salario.
Planear la cocina será tan importante como planear la agenda. Volver al producto de temporada, reducir desperdicios, cocinar con intención y memoria. No es romanticismo: es supervivencia doméstica bien entendida porque, al final, la mesa sigue siendo nuestro punto de encuentro más honesto. Ahí se habla, se ríe, se ajusta el plan y se vuelve a empezar.
Este año no pedí sorpresas. Pedí claridad. Y con eso —aunque cueste— también se puede construir algo bueno.
