Hay algo profundamente frágil en los procesos bien hechos. Frágil no porque sean débiles, sino porque dependen de una suma de decisiones correctas que, si bien deben sostenerse en el tiempo, pueden quebrarse en un instante. Un restaurante no se construye solo con recetas. Un proveedor no se consolida solo con buenos productos. Un jefe no se vuelve líder por decreto. Todo se levanta con paciencia, con errores corregidos a tiempo, con respeto por el equipo, por el cliente y por la vida misma.
Más allá de eso, basta un minuto —uno solo— para que todo se tambalee. En el mundo gastronómico, el mismo de la vida cotidiana, la fragilidad es una constante. Lo sabemos quienes hemos visto proyectos levantarse desde cero, quienes hemos acompañado a pequeños productores a formalizarse, a cocineros a abrir su primer local, a meseros a convertirse en administradores.
Sabemos lo que cuesta convertirse en un buen proveedor: cumplir horarios, sostener calidad, pagar nóminas, responder a tiempo. Sabemos lo que significa ser un buen restaurantero en un país donde cada semana trae un desafío nuevo. Pero también sabemos que todo ese esfuerzo puede venirse abajo por decisiones impulsivas, por palabras mal dichas, por un momento de irrespeto, por un acto de violencia.
La cadena gastronómica es, en esencia, una cadena humana. Desde quien siembra hasta quien lava un plato, todos dependen de todos. Cuando uno falla, la onda expansiva alcanza a muchos más de los que imaginamos. Un proveedor que pierde su reputación afecta a decenas de restaurantes. Un restaurante que cierra deja sin ingresos a familias enteras. Un jefe que no mide sus decisiones erosiona la confianza de un equipo que tardó años en construir.
Y en un país atravesado por la violencia, la fragilidad se multiplica. Aquí, respetar la vida y los derechos de cada uno no debería ser un acto heroico sino una base mínima de convivencia. Sin embargo, seguimos viendo cómo decisiones impulsivas, cargadas de rabia o de soberbia, pueden destruir en segundos lo que tomó años construir.
La violencia, en cualquiera de sus formas, rompe procesos. Rompe la confianza entre equipos, rompe la seguridad de los barrios, rompe la posibilidad de que un pequeño negocio florezca. Un país que no protege la vida difícilmente puede sostener la prosperidad de sus proyectos productivos porque ningún emprendimiento, por sólido que sea, resiste indefinidamente el miedo. Pero reconocer la fragilidad no significa rendirse a ella. Al contrario: significa entender que construir es un acto consciente, diario, casi artesanal.
Ser buen proveedor implica constancia y humildad. Ser buen restaurantero implica escuchar y corregir. Ser buen jefe implica saber que cada decisión tiene consecuencias humanas, no solo financieras. Y ser buen ciudadano implica entender que la vida del otro es sagrada, incluso cuando pensamos distinto.
Hoy, más que nunca, necesitamos liderazgos que comprendan esa fragilidad. Liderazgos que sepan que gobernar, dirigir o emprender no es reaccionar impulsivamente, sino sostener procesos con visión de largo plazo. Construir país no es un acto grandilocuente: es cuidar la cadena, respetar la vida, fortalecer la confianza.
En la cocina, como en la vida, los procesos delicados exigen atención permanente. Un fuego mal regulado puede arruinar horas de trabajo. Una decisión mal tomada puede acabar años de esfuerzo. Por eso la resiliencia no se trata solo de levantarse después de la caída, sino de aprender a sostener con más cuidado aquello que estamos construyendo. Colombia es un país resiliente por necesidad. Hemos aprendido a reconstruirnos una y otra vez. Pero no deberíamos conformarnos con sobrevivir: deberíamos aspirar a construir sin destruir en el intento.
Mantener el tono positivo hoy es, quizás, un acto de fe. Creer en los procesos bien hechos, en la gente que trabaja con honestidad, en los equipos que se cuidan entre sí. Apostar por decisiones que sumen y no que arrasen. Porque al final, lo que realmente sostiene un restaurante, una empresa o un país no es la fuerza bruta ni la improvisación: es el respeto. Por los procesos, por las personas y, ante todo, por la vida.
Ultimo hervor. A veces parece que nos acostumbramos a contar muertos, a las muertes sicariales, a huérfanos y las familias destruidas. Sentíamos que habíamos salido de esa espiral, pero dio otra vuelta y hoy estamos hablando nuevamente de investigaciones por muertes que no debieron ocurrir. No nos podemos acostumbrar a estos crímenes, a desafiar a las familias cuando es el sistema el que falla, y mucho menos violentar las historias clínicas para tener un salvavidas en redes sociales. El fuego alto habla también de palabras y actos.