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La historia de La Oveja y el Lobo es el testimonio de una familia resiliente: de cómo un proyecto que nació “con las uñas”, tras un duro cierre en Medellín, terminó sentándose a la mesa con grandes marcas, como Coca-Cola. Quienes me conocen, o por lo menos me leen con frecuencia, saben que son las historias que me gusta encontrar y difundir, porque aquí la cocina nunca ha sido solo el plato, sino el camino recorrido para llegar a él.
Todo comenzó en 2021, en un garaje de Zipaquirá. No había épica, había humo. Equipos hechizos, un local lleno por la falta de una campana profesional, y apenas ocho mesas para atender a los curiosos. Sus fundadores, chefs con amplia experiencia en cocinas internacionales, venían de cerrar un restaurante de cocina de autor que los dejó, como decimos sin filtro, en los rines.
Montaron La Oveja casi por accidente, pensando en trabajar seis meses, vender el negocio e irse del país. Pero el territorio tenía otros planes. La propuesta —hamburguesas y pizzas con técnica de autor— empezó a hacer ruido en una ciudad en crecimiento, donde el servicio era, hasta entonces, obsoleto.
El salto a la relevancia regional no fue inmediato. Se inscribieron en el Burger Master en 2021 y 2022, pero no lograron entrar. Fue en 2023 que entraron, convirtiéndose rápidamente en una marca referente en La Sabana. El resultado no fue casualidad: ganaron el certamen local durante tres años consecutivos, 2023, 2024 y 2025. A esto se sumaron los Premios La Barra 2023 y 2024 como mejor propuesta de cocina rápida, una categoría que exige mucha más técnica de la que suele reconocerse.
Pero el verdadero punto de quiebre no fue un premio. Fue una idea bien ejecutada. En el Burger Master de este año inscribieron la “Tropicalia Burger”. Hasta ahí, podría parecer una jugada más dentro del circuito. Pero decidieron ir un paso más allá, e intervinieron también la bebida. No como acompañamiento, sino como parte integral de la experiencia. Así nació “Twist”, una bebida desarrollada a partir de la base clásica de Coca-Cola, pero con notas de guayaba, piña y cereza. No se trataba de disfrazar un sabor conocido, sino de reinterpretarlo, de demostrar que incluso lo más establecido puede tener una segunda lectura, cuando detrás hay criterio.
Esa idea clara los llevó a sentarse con sus aliados para darle vida a esta propuesta, pensada específicamente para el concurso. Un hito impensable para aquel pequeño garaje de 2021, pero también un reconocimiento lógico para quienes decidieron quedarse, insistir y construir desde el oficio.
Hoy, lo que empezó como un plan de escape es una empresa llamada Vórtice Food, que emplea a más de 65 personas y opera en Zipaquirá, Cajicá y Chía. La transición del humo en el garaje a las alianzas con marcas globales demuestra que, en la gastronomía local, la técnica y la consistencia sí pueden romper cualquier frontera comercial.
No es carne de lobo ni de oveja. Es trabajo del que sí se siente, tanto en la crítica como en los comensales, para quienes están pensadas esas innovaciones.
Último hervor. Estamos como Alicia en el País de las Maravillas: cada noticia parece más absurda que la anterior. Mientras vemos peleas entre gobiernos locales, discusiones en X (antes Twitter) y una frontera con Ecuador cada vez más deteriorada, hay algo que se está rompiendo en silencio. El trabajo de productores y campesinos de regiones como Santander, Cundinamarca y Norte de Santander se está debilitando a una velocidad alarmante. Entre paros, manifestaciones, un catastro multipropósito que resulta —en la práctica— un imposible matemático, y alcaldes incapaces de mediar con sus concejos municipales, están dejando nuevamente en los rines al campo.
Y cuando el campo entra en crisis, no solo pierden ellos. Pierde toda la cadena: las avícolas, los transportadores… y, por supuesto, lo que termina llegando a nuestra mesa.
