No importa que pasemos horas pensando en qué vamos a cocinar, qué ingredientes usar, si el punto de sal está correcto o si el pan alcanzará para todos. Lo que ocurre alrededor de la mesa va mucho más allá del plato servido, porque nunca se trata solo de comida. Comer es apenas la excusa visible de algo más profundo: el tiempo compartido, la conversación que se estira, el silencio cómodo o incómodo, el gesto de servir y dejarse servir.
La mesa no es un lugar de paso: es un territorio donde el tiempo baja la velocidad sin pedir permiso, y donde las jerarquías se desdibujan. Allí las peleas cambian de tono, y las alegrías se comparten. Nadie es más importante que otro cuando el plato llega al centro y se reparte. La mesa iguala, reúne, sostiene.
Ponemos la mesa casi siempre sin pensarlo: un mantel limpio, platos alineados, cubiertos que hacen juego o no, una servilleta doblada con cuidado. Son gestos pequeños, domésticos, que rara vez se reconocen como actos de amor, pero lo son. Poner la mesa es decir “aquí hay espacio para todos, aquí hay tiempo, aquí pueden sentarte sin afán”. Es una forma silenciosa de hospitalidad que no necesita discursos.
Luego está el tiempo, ese ingrediente invisible que no aparece en ninguna receta pero que lo cambia todo. El tiempo para cocinar sin afán, para dejar que el sofrito haga lo suyo, para esperar a que el agua hierva, para que el guiso repose. El tiempo para sentarse a comer sin mirar el reloj, para repetir, para alargar la sobremesa, aunque el café ya esté frío. Comer rápido alimenta el cuerpo; comer con tiempo alimenta la vida. Y son válidos los dos escenarios, pues no todos los días la vida nos da para la sobremesa.
La mesa también enseña: enseña a esperar el turno, a compartir el último bocado, a escuchar historias que ya hemos oído mil veces pero que igual nos reconfortan. Enseña a negociar, a ceder, a reírnos de nosotros mismos, a avisarle a los papás lo difícil que será la entrega de notas. Muchas de las conversaciones más importantes no ocurren en oficinas ni en reuniones formales, sino entre un plato que se pasa y un vaso que se vuelve a llenar. Además, los regaños se suavizan con un buen postre.
Hay otra parte del ritual que también alimenta y que casi nunca se nombra: lo que pasa después. Levantar la mesa, guardar lo que sobró, lavar los platos, dejar la cocina limpia. Ese cierre también es cuidado, y es el más desagradecido de todos, tanto, que generalmente, todo el mundo “escurre el bulto”. Es respeto por el espacio compartido y por quien vendrá después. Limpiar no borra lo vivido: lo hace parte del proceso. Es decirle a la casa, y a uno mismo, que el encuentro valió la pena.
En muchas cocinas, cuando cocinar es un acto colectivo, todo cambia. Uno pica, otro prueba, otro lava. No hay roles rígidos ni aplausos individuales. La comida no es una exhibición de talento: es un trabajo compartido, y eso se siente en el resultado. Los platos saben distinto cuando están hechos entre varios, cuando llevan risas, desacuerdos pequeños y acuerdos improvisados. Y eso sí, el que cocinó no lava platos.
Nunca se trata solo de comida porque la comida es memoria. Es la receta que se repite porque alguien la enseñó. Es el sabor que nos devuelve a una casa que ya no existe o a una persona que ya no está. Es identidad, es arraigo, es una forma de decir quiénes somos sin tener que explicarlo demasiado.
Hoy, cuando todo parece empujarnos a la rapidez, a comer de pie, frente a una pantalla, solos, defender la mesa es casi un acto de memoria colectiva. Sentarse a comer juntos, poner el celular boca abajo, mirarse a los ojos, es una manera concreta de recordarnos que seguimos aquí, que todavía nos importamos.
La mesa no exige perfección. No necesita platos sofisticados ni manteles impecables. Necesita presencia. Necesita ganas. Necesita tiempo. Desde ponerla hasta dejar la cocina limpia, todo el proceso es parte de alimentarnos. Porque al final, lo que realmente nos nutre no es solo lo que comemos, sino cómo, con quién y desde dónde lo hacemos. Y eso, por más simple que parezca, sigue siendo uno de los actos más poderosos que tenemos para cuidar la vida.
Último hervor. La agenda pública está dividida en dos temas: elecciones y Mundial. Aunque para algunos de nosotros las elecciones son fundamentales, el Mundial está generando una ola de viajeros que, sin importar el futuro del país, prefieren su momento de gloria. Como dirían por ahí, “colombianos”, no seamos tan irresponsables con la institucionalidad del país.