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Según la RAE, una de las acepciones de “presencia” es:
“Memoria de una imagen o idea, o representación de ella”.
La memoria se removió, los sentidos se exaltaron y el pánico nos acompañó a varios durante el terremoto. En segundos aparecen preguntas básicas: dónde está mi familia, hacia dónde salgo, qué puedo llevar conmigo y, quizás la más elemental de todas, ¿sobreviviremos? El tiempo se vuelve elástico y, entre la carrera y el miedo, aparece también uno que otro llamado a Dios para que se apiade de nosotros.
Es extraño cómo, frente a la posibilidad de una tragedia, hacemos un balance instantáneo de la vida. Pensamos en lo pendiente, en lo que dejamos a medias, en lo que aún nos falta. Pocas veces, en cambio, pensamos en agradecer lo vivido. La memoria suele llevarnos hacia la ausencia antes que hacia la gratitud.
El terremoto de esta semana volvió a poner en presencia a Pereira, Cali y Manizales, entre otros municipios afectados, y especialmente, al Chocó, donde estuvo localizado el epicentro y donde apenas comenzamos a dimensionar las consecuencias. Nos volcamos a apoyar puentes humanitarios, hacer colectas, respaldar bancos de sangre y compartir información. También regresaron imágenes de otras tragedias: ciudades destruidas, familias esperando noticias y territorios intentando levantarse. Sin embargo, entre esa avalancha, poco escuchábamos sobre la situación puntual del Chocó.
Nos hemos acostumbrado a recordarlo como un departamento que tiene que luchar por todo: uno de los territorios con más desafío del país, zona de conflicto, escenario de abandono y, durante años, tierra en disputa por la guerra. Pero Chocó es muchísimo más.
Tal como plantea la definición de presencia, el departamento permanece atrapado en un imaginario mal construido desde el centralismo, la comodidad de las grandes ciudades y, muchas veces, el desconocimiento.
Chocó es semillero de enormes talentos: cantantes, futbolistas, periodistas, cocineros, investigadores, biólogos, agricultores, guías y guardianes de una biodiversidad extraordinaria. Personas atravesadas por un denominador común: el orgullo por su tierra, sus raíces y su cultura. Además, conserva una de las cocinas más complejas y profundamente ligadas al territorio de Colombia, que no puede separarse del río, la selva, el mar, las lluvias, las azoteas, las mujeres y la tradición oral.
Hablar de gastronomía chocoana es hablar de mucho más que pescado, coco y plátano. Tienen bija, maíz, arroz, achín, cacao… hierbas y productos que narran la biodiversidad de una región. Están el poleo, orégano, cilantro cimarrón y albahaca, que crecen tradicionalmente en azoteas y que no solo sazonan: guardan conocimientos transmitidos entre generaciones.
También es hablar de arroces clavados con longaniza y queso, pasteles chocoanos, pescados de río y de mar; tapao, piangua, dulces de coco, bebidas espirituosas, fermentos y de técnicas nacidas, muchas veces, de la necesidad. Ahumar, salar o secar al sol fueron formas de conservar alimentos mucho antes de que una nevera llegara a ciertos territorios, y hoy las admiramos cuando aparecen sofisticadas en un restaurante de alta cocina, aunque llevan generaciones formando parte del conocimiento cotidiano de comunidades enteras.
Ahí aparece una de nuestras mayores contradicciones. Celebramos una técnica cuando llega a una mesa citadina, pero pocas veces preguntamos quién la conservó. Nos maravillamos ante un ingrediente desconocido en un menú, pero sabemos muy poco de la comunidad que aprendió a cultivarlo, recolectarlo, cocinarlo y protegerlo. ¡Eso también es olvido!
Cuando desaparece una cocinera tradicional no perdemos solamente una receta. Podemos perder una técnica, el conocimiento de una planta, una forma de conservar un alimento, combinaciones de sabores, relatos familiares y parte de la memoria colectiva de un territorio. Por eso quienes trabajan por preservar la tradición culinaria chocoana llevan años insistiendo en la necesidad de transmitir esos saberes a las nuevas generaciones.
Y entonces el terremoto debería obligarnos a formular una pregunta que va mucho más allá de reconstruir paredes: ¿qué estamos dispuestos a reconstruir? Reconstruir un territorio no puede significar únicamente levantar infraestructura, por urgente que sea. También implica ayudar a que sobrevivan mercados, pequeños negocios, cultivos, cocinas comunitarias, productores y quienes viven de transformar los productos de esa tierra.
Detrás de una casa afectada puede existir una azotea que alimentaba a una familia. Detrás de una cocina destruida, el sustento de una mujer y una receta aprendida de su madre. Detrás de una carretera cerrada, un productor que ya enfrentaba enormes dificultades para llevar sus productos a otros mercados.
Las tragedias destruyen estructuras, pero el olvido puede destruir culturas enteras. Tal vez por eso esta vez la solidaridad debería durar mucho más que las noticias y deberíamos aprender a conocer estos territorios sin esperar a que primero ocurra una tragedia. Porque presencia no debería significar acordarnos del Chocó cuando la tierra tiembla. Presencia debería significar no volver a olvidarlo.
Último hervor. Yo tengo admiración, agradecimiento y gratitud infinita por @iliacalderon, alguien que me ha sostenido muchas veces. Chocoana, hija, mamá, periodista, presentadora, madrina, amiga y sobre todo una colombiana que construye país desde el lugar este. Los invito a dedicar un par de minutos a escuchar su reflexión.