Bogotá se acostumbró a dejar la diversión para el fin de semana, como si un martes no mereciera una buena copa, un plato para compartir y una conversación que se alargue más de la cuenta. Frenchie (@frenchiebistrobar), en pleno Parkway, propone justo lo contrario: que salir bien no tenga un día marcado en el calendario. Y eso, que parece tan sencillo, dice mucho de la ciudad gastronómica que estamos construyendo.
Víctor (@victor.Inz) y Alexis (@alexsgss) no montaron Frenchie para crear otro templo donde hubiera que estudiar la carta antes de pedir, ni para obligarnos a entender veinte técnicas, diez fermentos y la genealogía completa de una botella. Querían un bar. Uno bueno, de esos donde se come en serio, se bebe mejor y nadie siente que necesita estar a la altura del lugar.
Empezaron su historia con los pies sobre la tierra. No hubo una gran chequera detrás del proyecto, y por eso encontraron un local que les permitía comenzar sin una inversión desbordada. Alexis se metió de frente a la obra, y Víctor salió a buscar muebles de segunda mano por Bogotá, varios provenientes de restaurantes que habían cerrado. Así armaron un rompecabezas con ecos de bistró, pub y bar de tapas europeo, pero sin intentar convertir el Parkway en París. ¡Y menos mal! En Frenchie cabemos todos, y funciona precisamente cuando se siente bogotano.
La cocina es diminuta. En vez de pelearse con esa limitación, decidieron diseñar la operación alrededor de ella. Los platos salen cuando están listos, llegan al centro de la mesa y se comparten. Aquí manda otro ritmo. Eso sí, cuidado con confundir sencillez con falta de técnica.
El crocante de pollo, que ronda los $19.000, lo prueba a la perfección. Pasa por una cura seca de 24 horas y una marinada con suero reducido de una fábrica artesanal de mantequilla. El apanado mezcla cereales, maní y especias tostadas, y llega con una mayonesa de cajú hecha con aceite aromatizado con especias de la India. Quien lo pide disfruta de cinco preparaciones detrás de algo que uno podría resumir alegremente como “pollo frito”, y que deben probar para saber de qué les hablo.
Y eso es lo que más me interesa. Durante años cierta gastronomía confundió complejidad con excelencia y terminó trasladándole al comensal no solo el costo, sino la obligación de admirar el esfuerzo. En Frenchie la técnica sucede atrás. Adelante llegan un plato rico y una cuenta que todavía permite pensar en regresar.
Ese concepto también gobierna la bebida. Alexis armó una cava de más de 70 referencias, manteniendo independencia frente a distribuidores y negociaciones que terminan decidiendo qué bebe el cliente. Aquí las botellas entran porque las prueban, funcionan y ofrecen una buena relación entre calidad y precio.
Hay copas desde aproximadamente $20.000, y hasta prosecco por copa. Parece un detalle menor, pero ayuda a romper esa costumbre colombiana de tratar el vino como invitado de matrimonio: aparece únicamente en ocasiones especiales. La coctelería también tiene personalidad. Explora, entre otros caminos, el ron agrícola de las Antillas francesas, elaborado con jugo fresco de caña, y abre conversaciones con nuestros propios destilados y la tradición del biche. Otra vez, sin conferencia ni reverencia: se pide, se bebe y se disfruta.
Entre semana Frenchie tiene algo delicioso de refugio urbano: una copa después del trabajo, una comida improvisada, una cita o la decisión de no irse todavía para la casa. El fin de semana cambia el pulso. Entra el DJ, aparecen los vinilos, sube la música y ese bar pequeño del Parkway se transforma, sin convertirse en discoteca. Comida, bebida, música y hospitalidad dejan claro que ninguno necesita competir con el otro.
Frenchie pertenece a una generación de negocios que está haciendo algo importante por Bogotá: devolverle valor al bar de barrio. Ese tercer espacio que una ciudad necesita para encontrarse, pues es cercano, con identidad, buena música, comida cuidada y una barra capaz de recibirnos tanto un miércoles cualquiera como un sábado que promete terminar tarde.
Al final, la verdadera sofisticación quizás sea esa: poder pasarla muy bien sin tener que organizar semejante acontecimiento. ¡Nos vemos en el Parkway!
Último hervor: Sobre incendios, pirómanos y otros demonios. Duele ver quemarse santuarios de flora y fauna como los del Tolima y Villa de Leyva. Peor saber que, según las primeras versiones, algunos de estos incendios pudieron haber sido provocados por personas. Esto deja una pregunta difícil: ¿qué puede llevar a alguien a destruir con semejante indiferencia animales, ecosistemas, viviendas y negocios que sostienen comunidades enteras? Villa de Leyva me toca especialmente. Es una tierra que me ha acompañado desde siempre y que, cada año o cada dos, vuelve a enfrentarse al mismo dolor. Cuidarla no puede seguir siendo una reacción cuando ya todo está ardiendo.