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Un pedacito de selva

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Madame Papita
28 de agosto de 2026 - 05:00 a. m.
“Camilo Ruiz y Marcela Olarte son la pareja detrás de un espacio donde hacer un terrario termina siendo apenas la excusa”: Madame Papita.
“Camilo Ruiz y Marcela Olarte son la pareja detrás de un espacio donde hacer un terrario termina siendo apenas la excusa”: Madame Papita.
Foto: Freepik
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Los tiempos modernos nos acostumbraron a pensar que necesitamos una mesa, una reserva, una copa o algo que comer para encontrarnos. Esto se hace más grave cuando, incluso estando reunidos, seguimos mirando una pantalla, contestando mensajes o pensando en lo que viene después. Entonces vemos que nos encontramos mucho, pero no necesariamente compartimos.

Por eso me llamó la atención una frase de Camilo Ruiz cuando visité La Miniselva (@laminiselva): “Nosotros no vendemos plantas, frascos, insumos o muñequitos. Nosotros vendemos tiempo de calidad”. Y quizás ahí está todo lo que necesitamos: tiempo.

Camilo Ruiz, diseñador industrial, y Marcela Olarte (@taigamisuki04), comunicadora social, son la pareja detrás de un espacio donde hacer un terrario termina siendo apenas la excusa. La propuesta consiste en sentarse durante dos horas, tocar la tierra, aprender, conversar, construir con las manos y tomarse un buen café.

Parece sencillo, pero en una ciudad como Bogotá, que vive de prisa, no lo es. La Miniselva funciona en la casa de Camilo, un lugar que duraron más de un año acondicionando. Desde afuera uno podría pensar que es una bodega o un parqueadero. Adentro aparecen la música, el café, las plantas y una atmósfera distinta. Por un rato queda afuera la ciudad y, de alguna manera, aquello que creemos que somos.

Camilo lo explica de una forma valiosa: allí uno no es periodista, diseñador, ejecutivo, mamá o empresario. “Durante el taller todos vuelven a ocupar una posición más sencilla: la de alguien intentando aprender algo que probablemente nunca había hecho, o que olvidó en el ensordecedor ruido de la ciudad: meter las manos en la tierra y crear”. Eso nos recuerda que no todo necesita ser productivo, publicable o inmediatamente útil.

Aunque la experiencia tiene un componente emocional evidente, detrás existe técnica. Después de tres años y más de 600 terrarios, Camilo y Marcela han desarrollado un método pensado para que incluso quienes aseguran que “se les mueren todas las plantas” puedan hacerlo. La construcción se enseña capa por capa, casi como preparar una torta. Hay pinzas, compactadores y herramientas específicas; plantas elegidas por su resistencia a la humedad, como fittonias, selaginelas y abrecaminos; materiales que se permiten y otros que no pueden entrar al pequeño ecosistema. Las suculentas y los cactus, por ejemplo, necesitan otras condiciones. Tampoco sirven las plantas aromáticas o comestibles. Sirven, en cambio, esas plantas que todos hemos visto en los andenes, en las casas de las abuelas y hasta en el mercado: plantas sin miedo a vivir y con mucho poder de adaptación.

Un terrario cerrado bien construido puede necesitar agua apenas cada seis u ocho meses. Pero mientras Camilo explicaba sustratos, humedad y mantenimiento, yo seguía pensando que la planta era casi secundaria. Porque alrededor de esos frascos pasan otras cosas: llegan parejas, familias, amigos y personas que celebran cumpleaños o fechas especiales. Algunas no se conocen y terminan conversando. Otras encuentran allí una posibilidad para volver a verse. Cada participante sale con su terrario, una fotografía instantánea, un certificado y una guía de cuidados.

Pero quizá lo más importante que se lleva no cabe dentro de la caja. Vivimos rodeados de herramientas creadas para conectarnos y, paradójicamente, cada vez hablamos más del aislamiento. Compartimos fotografías de casi todo, mientras disminuyen los momentos que vivimos sin documentarlos.

Por eso estos pequeños proyectos también hablan de ciudad. No porque vayan a resolver nuestra relación con las pantallas ni porque sembrar una fittonia sea una declaración revolucionaria. Lo interesante está en recuperar experiencias donde hacer algo con las manos nos obliga a permanecer en el presente: oler el abono, elegir una planta, equivocarse, preguntar, compactar la tierra, conversar con quien está sentado al lado. ¡Crear algo!

Camilo dice que quieren llevar “un pedacito de selva a esos lugares tan grises”. Pensé que hablaba de apartamentos, oficinas y edificios. Después entendí que podía referirse a algo más amplio. Tal vez también haya espacios grises dentro de nuestras rutinas. Y a veces basta un frasco, un poco de tierra y dos horas verdaderamente compartidas para volver a llenarlos de vida. Aunque muchos no entiendan que sembrar también es construir y que enseñar nunca debería ser un delito, proyectos como este nos devuelven a esos momentos en los que la vida parecía solucionarse con una planta.

Último hervor. Han pasado casi tres semanas y los colombianos estamos empezando a dimensionar lo que nos dejó el terremoto. En Chocó ya vimos que el movimiento no se llevó su cultura, su música ni su capacidad de bailar, incluso en la adversidad. Por el contrario, nos alegran el día, nos hacen más eficientes y, clarísimamente, más conectados con ese departamento milagro. Igual pasa con las portadoras de conocimiento del Petronio Álvarez, quienes quedaron con todo listo para compartir por la suspensión del festival. Los invito a contactarlas por redes y que exploremos vías de apoyo para ellas.

@MadamePapita

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